8.1.08


Isabel cantaba, por Jorge Ibargüengoitia

El reciente número de Letras Libres trae un texto inédito de uno de los escritores mexicanos más importantes del siglo pasado, Jorge Ibargüengoitia. Guillermo Sheridan escribe una sustanciosa introducción a dicho texto, que pueden leer aquí.


Guillermo Sheridan

Hace veinticinco años, cuando murió a los cincuenta y cinco, Jorge Ibargüengoitia, que hoy cumpliría ochenta, estaba escribiendo una narración y una novela. Ignoraba aún si la narración, titulada “Los papeles de Amaral”, llegaría a novela o a guión cinematográfico (Letras Libres publicó el proyecto en su número 59, noviembre de 2003). Más adelantada, la novela cambiaba de nombre mientras Jorge iba encontrando la trama y la temperatura de la historia. Primero se llama “La vida imaginada”, “De lejos”, “Vista de lejos”, “Fin de un affaire”, “Así era” y “Figuras en la distancia”; más tarde, “Isabel cantaba”. En la evocación que hizo de su marido (“Llevaba el sol adentro”, Vuelta, 100, marzo de 1985), la pintora Joy Laville dice que al final había cambiado nuevamente de título y se llamaba “Los amigos”.

Ibargüengoitia decía escribir narrativa con “dos tendencias”: “Hay una parte de mí que quisiera contar mi vida –como La ley de Herodes (1967) o Estas ruinas que ves (1974)–, y hay otra que quisiera contar cosas que no tienen nada que ver con mi vida –como Los relámpagos de agosto (1964) o Las muertas (1977)”.1 Este inédito, “Isabel cantaba”, pertenece a la primera categoría. En otra parte, agrega que las narraciones autobiográficas están hechas con una escritura “más íntima, generalmente humorística, a veces sexual”.2 Imposible decidir cuál de las dos tendencias es mejor: ambas suponen confirmar que su gracia rabiosa es insuperable, así como su habilidad para encontrarle el lado ridículo a todo, su pericia para convertir cualquier situación en un tramado perfecto de acidez e ingenio, el don para mirar a los seres más conmovedores o abominables con la mezcla exacta de canallez y compasión.

En su evocación, Joy cuenta que Jorge “siempre acompañaba su trabajo en las novelas con un cuaderno de reflexiones sobre el desarrollo de la trama y sus personajes” y que “disfrutaba enormemente el largo proceso de escribir y reescribir sus libros”. Los cuadernos de “Los amigos” evidencian ese disfrute. Son deliciosos, una suerte de recetario cuyas fórmulas e ingredientes prometen un guiso formidable. Es muy divertido observar cómo pesca una madeja y la deshila, conjeturando personajes y acciones, temperaturas, lugares, nombres. Merecerían ser publicados, además, porque obviamente arrojan luz pertinente sobre la forma en que, con laboriosa simplicidad, trabajaban su imaginación y su sentido narrativo.

Se desprende de esos cuadernos que “Los amigos” comenzó como un proyecto que iba a contar, entre el relato y la autobiografía, la historia sentimental y profesional de un grupo de amigos, así como de la forma en que más o menos se subliman o se echan a perder (o a ganar). Aunque la novela iba a cubrir treinta años en la historia de ese grupo, el nudo más tirante de la acción se ubicaría entre 1956 y 1961. Habría desde luego evocaciones hacia la infancia de los personajes y anticipos de su futuro, pues la historia estaría evocativamente contada en 1982 por un personaje que regresa a México luego de años de autoexilio. (Los aficionados a Ibargüengoitia recordarán que había huido de México con Joy en 1975, luego de una racha de sinsabores que culminó cuando vio, durante una caminata, a dos coyotes –que son el emblema de Coyoacán– encerrados en una jaula apestosa afuera de la Casa de la Cultura de Coyoacán.)

El grupo de amigos (uno de ellos muy parecido a Jorge, el dramaturgo y antiguo estudiante de ingeniería Pablo Escarpia) gira alrededor de una figura desquiciante, la enigmática actriz Isabel Aparicio. La novela elaboraría un vasto cuadro de costumbres nutrido con las peripecias de esos personajes en varios ámbitos: el “intelectual”, el del cine y el de la política –que en el México de los cincuenta y sesenta es sin duda una de las grandes épocas de oro de la vesania–. Poco a poco se entreveran un secuestro, un asesinato, un suicidio y algunos infartos que le proporcionarían una tensión próxima a la novela negra, al estilo de Dos crímenes (1979), pero en la capital y entre “gente de mundo”.

Más en detalle, “Los amigos” emparentaría con el tono que tienen los cuentos de La ley de Herodes en general y, en particular, con “La mujer que no” –que es la historia de una mujer que, en efecto, nomás no–, y con “El episodio cinematográfico”, la historia de un escritor y dramaturgo que escribe, con pésima fortuna, guiones cinematográficos para directores y productores notablemente desprovistos de gusto y escrúpulos. Otro texto muy presente (tanto en este capítulo de “Los amigos” como en “Los papeles de Amaral”) es una breve pieza de teatro que Jorge escribió por 1956, El loco amor viene: un falso cuento de hadas sobre los impulsos inescrutables que conducen a ciertas damas a cometer adulterio y a urdir con sus amantes cómo matar a su marido.

Se conservaron de “Los amigos” un centenar de páginas de notas manuscritas llenas de diagramas, cálculos e hipótesis narrativas que no dejan de ser, como dice Jorge, el “boceto de un boceto”. También se conservaron las veintitrés cuartillas tituladas “Isabel cantaba”, ya a máquina, que sería quizás el primer capítulo, pero que no deja de ser un borrador. A diferencia de todo lo que se conjetura en los cuadernos, en este ensayo el narrador en primera persona ya no es el personaje que esconde a Jorge, sino un sinuoso director de cine que se llama Paco Matarrubia. Los cuadernos están fechados de julio de 1981 al 14 de octubre de 1983, pero este fragmento carece de fecha. En marzo de 1985, en las páginas del número de Vuelta en parte dedicado a Jorge, aparecieron las últimas cuatro páginas del texto con el título “Los amigos”. Hoy aparece completo. ~

(Ibargüengoitia.)
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Límbicas

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