10.1.08


Los 18 del 90. Poesía de Ericka Ghersi

ERICKA GHERSI nació en Lima (1972). Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres. Ha publicado los poemarios Zenobia y el anciano (1994) y Contra la ausencia (2002). Actualmente se encuentra haciendo un doctorado en Literatura Latinoamericana y enseñando en la Universidad de Florida. Ha publicada en numerosas revistas literarias de toda Hispanoamérica.



Galería de arte

I
Picnic sobre la hierba (1862) de Edouard Manet

No dejes que las moscas acaben con el banquete, muchacha.
Dentro de este cuadro
la comida que está servida es poca,
el resto hay que buscarla entre los objetos
menos imaginados.
Los que se mueven dentro del cuadro
necesitan
una lamida de este doméstico animal.
Si estás quieta,
podrás acariciar el pelaje arisco y
el cuerpo flexible de algún gato comiendo
lo que más tarde lo habrá de cazar.
Quiero cargar esas piezas destrozadas por las hormigas
y como una mosca satisfecha
quiero
mirar desde arriba,
sacar mi lengua
y afilarme el ala izquierda
para caer y romper la ruta de carga:

el ir y venir de las hormigas.


II
Flores de la noche (1918) de Paul Klee

Estás en el jardín del gran cuadro,
eres alta y en tu piel
se han posado hormigas.

Estás echada sobre azahares
y desde tu vientre
la nube que elegiste
gira y ya no ves su perfil,
pero su cuerpo es aún perfecto,
un girasol invertido en la noche
que cruza el puente de la luna negra.

Voltea la mirada, muchacha.
Ve y hiere la hierba,
que no sea la luz la que interfiera,
sino el cielo.
Sube rápidamente muchacha al castillo rojo
y lánzate hacia el fondo del cuadro
para tocar sus imperceptibles espacios en blanco que
se descubren en tu movimiento torpe.
Una vez allí, recoge a las hormigas que reposan a las orillas del río
y llévalas al jardín,
allí circularán por los charcos de la noche.

Finalmente, corre hacia fuera, pero no voltees, muchacha
porque los golpes que vienen de adentro
podrían agobiar tu andar
en el camino que

no has de volver a ver.


III
Paseo de a tres (1914) de Auguste Macke

Otro agente ha llegado,
y la identidad
es el pasaporte difícil de esconder.
Tomó de la sangre
aún derramada en los rosales,
limpió su rostro
y en sus ojos cansados estabas tú,
tatuada sobre un fondo blanco.

Deja abiertas las ventanas que dan al jardín
para que las hojas vuelen
y caigan como cuando no hay nada qué decir.
Recuerda que en el último cuerpo
hubo culpa
y los gatos rasgaron el óleo.
Las hormigas guardaron algo de los cadáveres,
aquello que servirá para invierno. Y tú,
regresaste a besar mi pecho. Pero muchacha,
tengo la nostalgia de un vientre vacío,
y tus hormigas se angustian mientras camino,
esperando que mi cuerpo caiga
sobre las rutas abandonadas.

Es fácil para ti arrastrarme hacia tu bosque,
hundirme en la firmeza de los huesos de tus muertos,
herirme entre los rosales.
Sin embargo, me levantas.
No me quieres para las moscas.


IV
Mujer de vestido verde (1912) Jean Metzinger

Ofrecí mostrarte los elementos del cuadro,
pero insistes en observar desde las gradas.
Mi pequeña flor de quinua, recuerda que aun
no estás lista para recorrer este jardín.

Fuera del cuadro
busco ser una mosca
y aplastar los ojos sobre el papel.
Tu terquedad viene de mí,
y tus ansias de vomitar en este proyecto de panza
hacen que me lance sobre el charco,
pero aún no soy la mosca que quiero ser
y el tiempo pasa,
y la muchacha me empuja hacia sus rosales.

Las hormigas de tu cuerpo van a ser iguales a las mías,
pero deja que llegue el agente apropiado
con su misión casi terminada.
En el cuadro siempre habrá árboles
de moras y limones
para prepararte helados.


V
El sueño (1910) de Henri Rousseau

Te he escrito un poema, mi pequeña flor.
Tú corres y estás muy segura de
que puedes saltar las gradas sola y
yo no estaba allí para animarte.
Estaba aquel que trajo tu llegada.

Gracias, mi flor de quinua.
Ahora puedo mirar a través del pequeño cristal
del gran cuadro
y sin miedo ni dudas
alejarme sin llevar pertenencias.


Entre faroles

Detén esa música que ahoga, pequeña.
Apaga el silencio de esta noche.
Dame tu espalda, muchacha
ve hacia la hierba
y hiere tus ojos con los rosales.
Dile al heladero que aquí no hay niños,
sólo hormigas
en luz y blanco.

Son las seis

El camión blanco ha llegado.
Nubes limón y mora para mi lengua
y aún estás lejos de mis planes.
No te enojes, mi flor de quinua,
del campo de guerra
nadie se libra.
Ven, ya llegará el momento.
Calla,
no esperes allí agachadita
bajo esas gradas del jardín
sino de aquéllas
las que están fuera del cuadro.


VII
El taller rojo (1911) de Henri Matisse

Quiero lamer las hormigas de tu pecho
y escribir
que nuestro gato murió indigestado
de muslos, entrepiernas, espaldas y manos.
Y nosotros que creíamos
que sólo discutía con las moscas.

Las hormigas sobrevivientes almacenaron sus restos,
y tú, muchacha, pensaste
que nos habían limpiado la ruta.

Alza tus piernas una por una
y atraviesa los cuerpos invisibles.
Desde afuera
nadie sabe qué pasó, entonces
tu andar simulará una danza.


VIII
Rosales bajo los árboles (1905) de Gustav Klimt

Haré de este ruido un canto de despedida.
No más cuerpos fragmentados para mañana.
He decidido dejarte ciega en los rosales
y recoger del charco
lo que te podría contaminar. Luego,
volaré y construiré una ruta
sobre el sendero de las hormigas.
Será tan mía que ellas
arderán en su enloquecido andar.

Allí aprovecharé para buscarte, mi pequeña flor de quinua
debajo de las gradas o
fuera del cuadro
y te mostraré el agente
que fracasó en su huída lenta.

También hay otra salida fácil,
mirar hacia el otro lado
y caminar sin llevar pertenencias,
pero si tus palabras son
canto de montaña,
aún estás pensando en la posibilidad
de volar
y no sentir la caída.
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Límbicas

*Agreda y su calificativo favorito (Conclusiones). Muchas veces las personas que no están acostumbradas a reflexionar sobre sí mismas y a cuestionarse saludablemente, desarrollan taras, conceptuales y verbales. La situación se agrava cuando los rodean y defienden sujetos inescrupulosos que apañan la mediocridad guiados por el odio y la envidia. Javier Agreda es un crítico medianamente correcto que tiene la acendrada mala costumbre -estamos hablando de un hombre de unos 40 años- de publicar sus impresiones en sus reseñas sin justificarlas. Una de sus impresiones más recurrentes y perniciosas es el calificativo kitsch, que ya he desarrollado largamente aquí.
Es claro que Agreda utiliza esa palabra, tan problemática y compleja, como sinónimo de sus simples percepciones (cuando quiere decir “pretencioso”, “huachafo”, “retórico”, y por el estilo). Agreda ha endilgado alegremente este calificativo a escritores respetables como Marco García Falcón, Miguel Ildefonso, José de Piérola y Roberto Zariquey. Eso está mal y ya era tiempo de que alguien se lo diga, para que el reseñista corrija ese error. Aunque las voces de un energúmeno se levanten. Eso es todo con este tema, por ahora.

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