11.1.08


Morir, de Arthur Schnitzler + monólogo interior

Como he dicho antes aquí, este escritor austríaco de lengua alemana, ilustre habitante de la Viena maravillosa de fines del diecinueve y principios del veinte, es para mí uno de los maestros de la novela corta, con títulos axiales como La señorita Else (1924, sindicada como la novela que inaugura la técnica del monólogo interior en Alemania), El retorno de Casanova (1917) y Novela soñada (1926). A este grupo de las novelas cortas más conocidas de Schnitzler debo agregar ahora Morir (1894), una joya casi perfecta de este tipo de narración.

La historia: María y Félix son un matrimonio joven, burgués y culto que súbitamente ve afectada su estabilidad emocional y espiritual con la aparición en su horizonte idílico de un elemento muy distorsionante: la enfermedad mortal. A Félix se le ha dicho que va a morir debido a una enfermedad sin cura y esto introduce la fatalidad y la discordia entre los amantes. Un poco para escapar a su destino, los esposos se afincan en un pueblito al borde de un hermoso lago, en busca de tranquilidad. María ha prometido, más bien distraídamente, ir a la muerte con su amado; él muestra inmensa frustración y desgano por la vida. Siente que en el fondo nadie comprende su dolor y tal vez acierte.

En ese pueblo lacustre, por primera vez, los propósitos altruistas y compasivos de María flaquean. Un episodio con ciertos jóvenes que la galantean a la pasada le demuestra que es capaz de olvidarse del dolor y actitud fúnebre del amado y atender a la vida, que a ella le sonreía en su juventud y vitalidad. A partir de ese momento la historia se desarrolla pendularmente, entre los esporádicos momentos de recuperación de ánimo del esposo –lo que lleva a proyectos y más viajes en busca de conjurar la muerte- y las terribles sensaciones de miedo y repulsión de ella frente a un hombre desgastado, enloquecido y agriado por la muerte inminente.


María, pese a todo, sigue fielmente a su esposo. Lo acompaña solícita, servicial -suprimiendo sus ansias de vivir y su repugnancia frente a lo retorcido de su espíritu- en ese camino tortuoso hacia el fin al cual él está seguro que ella debe acompañarle. Un día, María alucina la recuperación de la libertad de su vida coactada por la imposición enfermiza de su amante:

Lo ve ante ella, frío, sonriente. Le tiende la mano y dice: “Te lo agradezco”. Luego se aparta de su lado y ella sale de prisa. Es una mañana de verano, exultante de alegría y felicidad que despierta gratas sensaciones. Y ella sigue corriendo hacia la dorada mañana, solo por alejarse de él lo más pronto posible. Ha sido despojada del hechizo. Está sola, libre de compasión. Ya no siente posarse sobre ella la mirada triste, acechante y moribunda que tan terriblemente la ha torturado todos estos últimos meses. Pertenece a la alegría, a la vida; puede ser joven de nuevo. Se aleja velozmente y el viento matinal, riendo, flota tras ella.

Mas no crean que la liberación final de María –si así puede llamarse a lo que sucede en la última página de la novela- va a ser tan grácil como esta fantasía. Situaciones fantasmáticas y aun brutales esperan a un alma que empieza también a ser trasegada por la muerte. Una mujer que no solo espera sino que necesita liberarse para no ser arrastrada por la corriente destructora de la muerte.

El monólogo interior: Todas las novelas y relatos de Schnitzler entrecruzan con notable armonía vectores psicológicos y sociológicos. No en vano fue amigo dilecto de Sigmund Freud, quien de hecho utilizó varios de sus relatos como ejemplos para algunas de sus interpretaciones psicoanalíticas. Tomadas en conjunto sus novelas cortas, uno puede obtener un magnífico y prolijo fresco de la gran Viena finisecular, pero sobre todo una cartografía íntima del habitante de una ciudad en la cual Schnitzler fue un personaje conocido que participó en algunos debates, escándalos y movidas culturales bien desmenuzados por los especialistas.

Los estudiosos más acuciosos han dicho que el monólogo interior aparece en su obra en 1900, con el relato El teniente Gusti. Es decir que anticipa a Joyce y solo es anticipado por el famoso Edouard Dujardin y su Les Lauriers sont coupés (1888). Yo he hallado, sin embargo, un pasaje con todas las características de esta técnica literaria en Morir, que data de 1894. Aquí la cita (discurre la conciencia del enfermo):

Ya viene el otoño… El otoño es tan triste y quedo… Esta noche volveremos a estar en nuestra habitación en Viena… Me parecerá como si nunca me hubiera ausentado… ¡Ah!, está bien que María duerma ahora; no me gustaría oírla hablar en este momento… ¿Habrá también alguno de la fiesta de anoche en el tren?.. Solo estoy cansado, no es que esté enfermo. Los hay muchos más enfermos en el tren… ¡Ah!, qué bien me hace la soledad… ¿Cómo pasé el día de hoy? ¿Fue en realidad hoy que me hallaba en Salzburgo sobre el sofá? Hace tanto de eso… Sí, tiempo y espacio, ¿qué sabemos de eso?.. El enigma del mundo –cuando morimos- lo solucionamos tal vez…



Símbolos: Resulta delicado remitir al ámbito simbólico un relato tan vívido y perfecto –el único reparo, lábil, que podría hacérsele es que resulta ligeramente forzado que luego del intento de estrangulamiento por parte de él, ella conservara su cuidado intacto-. Siento que traiciono la fuerza de la historia, su veracidad ficcional, al remitirla a elementos determinados. Sin embargo, vista en amplia perspectiva, puedo decir que la historia de Félix y María simboliza el terrible poder corrosivo de la enfermedad mortal, que presiona a los amantes (y hostiga a los otros), los desactiva pasionalmente hasta el punto que la idea de la muerte como liberación para todos, se instala casi como una necesidad.

Lacan decía en su seminario 20, de hermoso título: Encore, que el gran problema del hombre es que el amor es imposible, que la relación se abisma en el sin-sentido, cosas que en nada deberían menguar el interés que debemos conservar por los demás. Si algo en el mundo nos muestra con brutal claridad esta aporía de la existencia -la imposibilidad del amor- es la intrusión de la muerte. Arthur Schnitzler le otorga deslumbrante belleza a esta hosca verdad. Al final la muerte vence, sí, pero el sentimiento solidario por los demás queda intacto.

(Arthur Schnitzler. Portada. Viena, el Ringstrass, hacia fines del diecinueve )
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Límbicas
*Pollarolo sobre el INC. En Perú 21 la poeta de La ceremonia del adiós resalta la publicación de la obra completa de Gonzalo Rose por el INC, pero deplora que esa institución se la haya tomado con los poetas. La editora del libro de Rose, May Rivas, poeta, fue despedida hace un tiempo de esa institución, y hace poco el también poeta Enrique Hulerig -este dato le faltó a Giovanna- fue separado de su cargo de editor de la Gaceta Cultural. ¿Quién sigue?
*Se van los poetas. A los rumores, por confirmar, de la desaparición física del poeta Juan Ramírez Ruiz (Un par de vueltas por la realidad, Vida perpetua, Las armas molidas), se suman hoy dos noticias fatídicas para la poesía. Un clabe informa que el poeta español Angel González acaba de fallecer. Y El Universal de México cuenta que el propio presidente mexicano hace guardia en las exequias del poeta, narrador y ensayista Andrés Henestrosa.

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