11.3.08


Avance de novela

Como les indiqué en Límbicas de hace unos días, el escritor peruano Juan Carlos Guerrero ha puesto en venta en Lulu su nueva novela, Rapsodia Vagabunda (ver portada arriba). En exclusiva para LDL, me envía un capítulo de la misma, el cual dejo a la evaluación correspondiente. Felicitaciones al autor.


32

Todavía Tipo Galván no olvidaba aquel encuentro que años atrás sostuvo con un celebérrimo señor de la ciudad en la que él había nacido, mientras caminaba por Risso, buscando desesperadamente una oportunidad con Mariel Trylesinski, la bella descendiente de unos inmigrantes judíos-polacos que gracias a la Segunda Guerra Mundial habían encallado en el Perú, y daba las gracias a la Segunda Guerra Mundial, pues de no haber ocurrido tal desgracia ,para la familia Trylesinski y para un sinnúmero de judíos y para la humanidad misma, él jamás se hubiera topado con Mariel, quien años más adelante se convertiría en una reconocida modelo. La muchacha convivía con un diseñador homosexual, quien también gustaba de Tipo, y tenía como vecinos a otros dos muchachos de la misma opción sexual que su amiguito de departamento, quienes de igual modo andaban a la caza de Tipo. La muchachita bizarra, tal vez ni se encontraría en su domicilio, era ya un poco tarde para que la señorita Trylesinski aún esté quieta y sin pensar en cómo escaparle al automatismo de los dormitorios perezosos. Tal vez su cuerpo ya se había introducido a la desnudez de la noche que siempre promete algo, sobre todo galancetes dispuestos a derribar las puertas inseguras del averno por unos cuantos besos desordenados y mortales. Y si en realidad no estaba, ¿por dónde andaría ahora la chiquilla bonita?, ¿acaso refugiada en los brazos de otro? Reflexionó sobre la inutilidad de ir a su encuentro, quizás a esta hora estuviera devorándose las manzanas del paraíso o tocándole el rabo al anticristo o jugando desnuda con duendes perversos. Las inseguridades que le proporcionaban las prendas íntimas de Mariel que no querían saber absolutamente nada de dueños eternos ni de cosas semejantes, era una certeza calamitosa, pero aún así cruzó Julio C. Tello, y sin más preámbulos, se volvió a introducir en su memoria el encuentro con aquel ilustre señor:

El hombre de los bigotes renegridos se puso sus gafas y empezó a leer con atención una de las hojas que el entonces adolescente Tipo Galván le había alcanzado. Pero pronto perdió la concentración, sin dramas dejó la primera hoja y tomó otra, y así sucesivamente hasta terminar de escudriñar a vuelo de pájaro apresurado- para él esos poemas no se merecían otra cosa que ir casi corriendo por entre sus letras -los veinticinco poemas que el chico trajo con la esperanza de sorprenderlo con su intrepidez para escribir versos y obviamente escuchar de la boca de ese señor elegante y de buenas maneras, palabras de aliento que corroboren de que era una voz prometedora de la poesía peruana. Mientras aguardaba el veredicto de aquel hombre quien siempre vestía con pulcritud, se le ocurrió por contarle cosas íntimas a modo de preámbulo de la buena noticia referente a su talento que él ya daba por descontado.

-Le pongo al corriente, señor, que escribo a diario, con una ligera tendencia a escribir por las mañanas. En realidad tengo muchos poemas, creo más de cien, pero los que les he traído son los mejores, al menos en mi ranking. Como le decía: escribo por las mañanas, pues es a esas horas donde me viene la inspiración. Debo de confesarle además que nunca he temido a la hoja en blanco, dicen por ahí que es el terror de los escritores ¿es cierto lo que dicen, señor?, me apoyo en su experiencia para que me lo confirme, es una curiosidad que he tenido desde hace tiempo. Usted: es un señor de una vasta cultura, ya me lo han dicho, usted: tiene eso que se llama mundo.

El hombre de los bigotes repintados, se acomodó mejor en su sillón. Indudablemente que le agradaba que tengan un buen concepto de su persona. Era muy dado a la sensibilidad y a la desmesura cuando alguien se refería a él, sobre todo cuando alguien lo calificaba de buen poeta. La oficina en donde ambos se encontraban era un lugar algo estrecho para la personalidad desbordante del señor de los bigotes renegridos: un pupitre, unos cuantos mueblones anticuados, un armario y un estante repleto de libros de varios autores, y naturalmente de decenas de libros de su producción personal que llegaba a la suma de tres títulos: un poemario, un ensayo y uno sobre artículos periodísticos. Los mediodías en la pequeña ciudad en la que Tipo Galván había nacido, eran los mismos mediodías de siempre, sin alteración alguna, muy cercana al tedio a ratos. El adolescente continuó con la narración sobre sí mismo que, el señor de los bigotes repintados lo relacionó como parte de los mediodías de la ciudad.





-Mi fuente de inspiración son en ocasiones la naturaleza y otras la vida cotidiana - sentía vergüenza decir, que de igual modo se inspiraba en alguna que otra muchachita todavía en edad escolar, quién sabe si una de ellas, podría ser su hija o incluso su nieta -, no tengo modelos de poetas escribo en verso libre.

El señor de los bigotes consideraba que en verso cojo.

-Todavía no he leído a algunos poetas que quisiera leer.

-Pierde cuidado, niño inculto que eso se nota a leguas- dijo para sí, el señor elegante.

-Seguramente se preguntara porqué escribo, y hasta podría pensar que por aburrimiento, pero tampoco es así, sepa, usted, y eso no se lo he contado a nadie: escribo porque creo que, no podría hacer otra cosa, escribir es mi razón de ser, ya lo descubrí, me sería muy difícil dedicarme a otra cosa que no sea la literatura.

-Valdría la pena que intentes dedicarte a otra cosa, pues te vas a morir de hambre, si insistes en escribir- volvió a pensar el señor del aspecto pulcro.

-Me place leer biografías de escritores, diría que hasta me divierte, en ellas uno encuentra vidas opuestas en muchas de esas historias. En casa nadie sabe sobre mi afición por la literatura, supongo que tampoco les interesaría saberlo, en mi hogar no son muy apegados a la lectura. Pero si reconozco algo, es la paciencia que han tenido mis hermanas mayores para conmigo, una en particular, quien casi todas las noches me narraba cuentos en la cama antes de dormirme, le subrayo que si eso no sucedía armaba unas pataletas, sin embargo, eran raras las noches en que llegaba a esos extremos. Vuelvo a reiterar y agradecer la cortesía de mi hermana por narrarme aquellos relatos que me hicieron tan feliz. Tal vez la estaría pasando mal en estos momentos si eso no hubiera ocurrido.

-Ya decía yo, eres es un simple niño engreído que se ve genial, pero espera mocoso inservible, espera un segundo, que ahora mismo te voy hacer pisar tierra.

-Si estoy hablado más de la cuenta, perdone, usted, pero es que a veces suelo ser muy locuaz, me entran unas ganas de hablar y hablar, hasta no sé dónde, aunque hay ocasiones en que estoy calladito y no digo nada, quizá sean los nervios ¿no, señor?

El hombre de los mostachos renegridos, presumió que ya era el momento de hablar claro y contundente. Carraspeó con el propósito de afinar la garganta. Volvió a darle una somera mirada a los poemas de Tipo Galván, y sin más dilatación, soltó lo que se tenía guardado:

-Para empezar jovencito, deberías aprender a manejar la gramática y la ortografía, pues el mal uso de tales herramientas, indispensables, en toda labor literaria, entorpece o anula todo intento de creación, además y lamento tener que señalártelo que, a tus poemas les falta sustancia, esencia quiero decir, que una buena composición poética debe tener. Cuando terminó de decir eso, el hombre del pulcro vestir, se paró de su sillón y comenzó a hurgar por entre su estante, buscando algún libro que simbolizara como ningún otro, la excelente escritura. No tuvo problemas para encontrar uno de sus poemarios, puesto que permanentemente estaban allí, a la mano. Luego de hallar lo que buscaba, volvió a su sillón y pronunció:

-Mira, este es mi poemario - le mostró su libro con orgullo a Tipo Galván, quien estaba al borde del hundimiento, por todo lo que había salido con referencia a sus escritos de la boca de aquel hombre-, te lo voy a prestar, pero primero te voy a leer un par de poemas. Y sin más demora, empezó a leer en voz alta y con un manifiesto estado de exaltación. Lo que leía era una especie de oda a la ciudad y a sus pasos de dignísimo señor: amante de los espejos burgueses. Al concluir y ya completamente emborrachado por la lectura, especuló, sobre su notable talento para la composición poética.

- Cuando llegues a este nivel, podrás considerar que has alcanzado la excelencia, te convendría antes leer mucho, la falta de lectura es un atentado contra el escritor mismo, leer es el único vehículo posible, no conozco otro, espero que lo entiendas muchacho, puesto que todavía eres demasiado joven. Para que sepas que no soy injusto contigo, te voy a prestar junto a mi poemario, un par de libros más. Sin mediar palabras depositó en las manos del dolorido Tipo Galván, su poemario y dos libros que anteriormente estuvieron ocultos en uno de los cajones de su escritorio. Aquel par de libros fueron: El Aleph de Jorge Luis Borges y un libro de un escritor desconocido de apellido asiático. La lucha con El Aleph fue titánica para Tipo Galván, no comprendió casi nada lo que le quiso decir Borges, que no era para aventureros, para lectores principiantes. Cualquier despistado podría rotularlo de escritor aburrido y ser injusto con el prodigioso arte del argentino en el asunto de armar laberintos metafísicos. Se llevó mejor con aquel libro del autor desconocido, el tema que trataba el libro irónicamente era sobre metafísica, aunque narrada de una manera sencilla. Llana aproximación al origen de la humanidad que deslumbró al adolescente, y que agradeció que hubiera llegado a sus manos, como agradeció en cierta ocasión haber descubierto: “Los Gladiadores” de Arthur Koestler, sobre todo por su encuentro, que había sido barajada por las manos del azar. Lo había hallado en una habitación abandonada por un hombre que había mudado de casa y que por olvido o porque tal vez renunciando al libro, no se lo llevó consigo. Inquieto como siempre el púber Tipo Galván hurgó la habitación ya sin dueño, antes que su abuela materna ordenara su limpieza para que quede apta para un futuro alquiler. Mientras el muchacho hurgaba por los desperdicios, se topó con Koestler.

(El autor al centro, papeles en mano)

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