17.3.08


Microrrelato de Luisa Valenzuela

La ironía del texto –y su pertinencia en el contexto actual- me inhibe de todo comentario. Solo señalo que el microrrelato fue publicado por primera vez en Simetrías (1993), uno de los libros de cuentos más celebrados de la autora de La travesía y otras excelentes novelas


Transparencia

Debemos contactarnos con hombres y mujeres del mundo para establecer de una vez por todas las bases del club y redactar los estatutos. La tarea podría ser sencilla si nos pusiéramos de acuerdo, pero tememos que la cosa se complique con el problema de la diversidad de idiomas y, lo que es más, con el problema de los dialectos. ¡Cómo detesto los dialectos! Lo entorpecen todo, hacen que ciudadanos de tercera se sientan importantes, dueños de su habla, y despierten a la subversión. No quiero ni pensar lo que ocurre en el Africa, donde ni siquiera se entienden entre sí quienes viven a escasos kilómetros de distancia. O en Guatemala, donde se hablan hasta treinta y tres idiomas y dialectos diferentes. Nada nos importa que se entiendan entre sí, pues la mutua comprensión podría actuar en detrimento de las reglas del club, pero es imprescindible que haya consenso absoluto y por lo tanto la integración de negros y latinoamericanos resulta crucial para llevar a cabo nuestra magna labor. Un apostolado casi, como siempre señalo, y digo casi porque no quisiera espantar a los nuevos postulantes. Digamos mejor, a los reclutas. Cosa delicada, el lenguaje: debemos afinar nuestro instrumento a la perfección para que no quepa ni un adarme de duda, ni una mínima gota de ambigüedad o incertidumbre.
Todos lo sabrán todo y me veré así libre de obligaciones. El club no aspira a otra cosa que al saber, el club es (será) una asociación sin fines de lucro. Universal, eterna, envolvente, tal como lo asentarán nuestros estatutos. Claro que la eternidad no será una condición preliminar del club, será la causa. Mejor dicho, será el efecto al que aspiramos. Hay que hablar con propiedad, no nos cansamos de repetirlo, hay que darles a las palabras su justo valor, su peso.
Tendremos calibradores de palabras pero primero habremos optado por el lenguaje unificador del club. El Club, como de ahora en adelante denominaremos a este planeta, ex Tierra. Un nombre tan ambiguo, Tierra, de malsanas implicaciones, que borraremos de un plumazo, sí, dado con las plumas del plumero que es lo más indicado en estas circunstancias. Y llegará el día cuando el Universo entero sea el Club y ya no habrá más verso, en el doble sentido de poesía y engaño (una y la misma cosa). He aquí el problema con el doble sentido: se presta a confusión sin por eso ofrecernos la más mínima posibilidad de riqueza. Con el doble sentido no crecemos, nos vemos tan sólo aplastados bajo su enorme peso, y por eso mismo aquí os digo y repito: aboliremos el doble sentido por decreto. Nada de lo que sea dicho tendrá otro valor que el resplandeciente valor denotativo. Y por eso os digo: no habrá más medias tintas, ni lapsus de la lengua, ni aviesas intenciones, ni ocultamientos. Os digo y os repito, ya nadie podrá querer lo opuesto de aquello que reclama, no habrá más mensajes contradictorios. La Interpretación será tema del pasado; conservaremos eso sí su museo y recorriendo las largas galerías de divanes, las vastas bibliotecas inaccesibles, los gráficos falsos de la mente, podrán los miembros del Club (que muy pronto serán todos los habitantes del planeta), podrán tener, digo, una impresión fehaciente del horror que fue aquello.
Nadie dirá blanco si quiere decir negro, nadie diciendo malo hará referencia a lo bueno. Nadie usará la doble negativa, que es un asentimiento. Todo lenguaje será por demás transparente. Haremos de la transparencia nuestro culto.
Como es natural, la diplomacia quedará abolida por esta disposición sencilla, y también la política. Esas artes nefandas. Quedará abolido el arte que ha sido y fue la peor lacra. En todos los idiomas quedará abolida la palabra arte hasta que el lenguaje unificador del club vuelva obsoletos los idiomas y con ellos ese vocablo tan proclive a sembrar confusiones.
Y ni hablar de los llamados artistas. Merecerían todo nuestro desprecio si no fuera que también son humanos y por ello miembros potenciales del Club, distinguidos colegas. Habrá para los artistas campos especiales de rehabilitación, a considerable distancia de los campos de rehabilitación para políticos.
Reforzando la certidumbre mantendremos la paz.
Unificando el idioma tendremos todos unidad de sentido, de ideales, no habrá forma de generar presuposiciones ni de entablar conflictos. No habrá alusión alguna ni metáfora.
Cada miembro del club, cada habitante de este planeta Club, será designado por mí personalmente y registrado en el libro de socios.
De ahora en adelante llamaremos al pan, pan, y al vino, vino, como siempre debió haber sido. No habrá más malos entendidos, el pan no será mi Cuerpo ni el vino mi Sangre, los sexos estarán claramente definidos, así como las atribuciones individuales.
Ya no tendrán por qué llamarme Dios. Ni siquiera Presidente del Club. Me iré a retirar al campo, aunque retirarme no será más la palabra, ni será la palabra la palabra campo.

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Límbicas

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