4.3.08


Tres microrrelatos de Víctor Cabrera

Mi tocayo, poeta y editor mexicano de fuste, me envía especialmente para LDL tres textos de un libro de microrrelatos que tiene en preparación. El humor y la reelaboración de los mitos son alternativas que, bien procesadas como es el caso, los microrrelatos explotan con frecuencia en la actualidad.


Nimio episodio de la felicidad

“¡Allí está! ¡Es ella, es ella!”, gritaron los niños al verla pasar en el desfile de los placeres. Sólo ellos pudieron reconocer su paso fugaz, su breve soplo.
Sí, ella era, sin ningún maquillaje, in velo alguno. Tan desnuda iba, tan transparente, tan sin chiste.
“¿La has visto? ¡Era ella!”, preguntaban los pequeños a sus padres. Pero éstos no los escuchaban. Impacientes, seguían esperándola, la buscaban en los rostros de la multitud de la acera de enfrente, deseaban verla aparecer en cualquier momento entre fanfarrias de júbilo, tal vez caída del cielo, tal vez -quién sabe- cerrando el desfile.


Génesis

Abel y Caín viajan al fondo del vagón, subterráneo edén pervertido. Caín tiene nueve años y un prurito de jiotes blancuzcos que exhibe sobre su carne oscura como un estigma olvidado. A Abel aún le faltan dientes pero mira a su hermano y le sonríe con malicia, pensando, tal vez, cobrarle alguna afrenta antigua. Caín mide el tamaño de esa sonrisa, la prueba, la pasea por su boca hasta convertirla en otra cosa, un rencor espeso y tibio que arroja sobre el pecho de su hermano. Pero éste no borra la sonrisa: la hace crecer antes de irse a puñetazos sobre el otro.

Caín y Abel se muerden como hienas escuálidas, en una batalla que los demás prefieren ignorar clavando los ojos en los tubos de neón que alumbran el túnel. Desde su asiento la madre, una Eva grasosa y despeinada, los reprende sin mucho ánimo “chist, ya’stense”. A su lado duerme Adán con la boca abierta.

Abel y Caín se arrinconan contra el fondo del vagón, infernal edén subterráneo, ríen a cada zape, con cada golpe descubren que es una la sangre que los une y los separa. Precisa ceremonia de siempre, se riñen con amor, juegan a odiarse. Con la mano uno simula el arma -¿quijada, pistola?- y amenaza sin ruido. Algún día se matarán en serio, por la mujer o por el vino. Ahora sólo ensayan.


Muy breve, brevísimo, episodio de la desidia

Frente a la gran ventana de la holganza el novel poeta se daba a la tarea siempre ardua de contemplar el mundo. De pronto, alcanzado por un rayo de inspiración divina, bostezó y estiró un poco los huesos; después volvió a lo mismo.

-Te diré una cosa -comentó aquella misma tarde a su musa-: He podido intuir mi obra maestra, he alcanzado a divisar sus dimensiones colosales, tengo en la punta de la lengua sus versos más conmovedores. Podría decirse que la traigo ya entre ceja y ceja... Y comenzaré a escribirla, esta vez sí lo prometo, en el preciso instante, justo en el momento en que se me escape de las manos.

(Víctor Cabrera, poeta. Ver su blog Asuntos Domésticos.)

1 comentario:

  1. Anónimo4.3.08

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