4.4.08


Microrrelato de Rebeca Martín Gil

La autora nació en Barcelona, en 1983. Es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Y obtuvo el segundo premio del Certamen de Poesía Ciudad de Priego (Cuenca) en 2001 por el poema Ha caído la noche. El relato espigado aparece publicado en Los inéditos del síndrome de Chéjov, blog anexo de El síndrome de Chéjov, uno de los blogs españoles más serios en cuanto a narrativa se trata.


Ascensor

Las puertas del ascensor no la reconocían. Los sensores no se percataban de su presencia, y una y otra vez las puertas metálicas golpeaban su cuerpo.
En el suelo, en el rellano de la décima planta, su parte superior. La oscura cabellera, ahora sucia y despeinada. Las gafas, a unos metros, un cristal resquebrajado. El bolso, abierto, y sus pertenencias desparramadas sobre las baldosas grises: unas llaves, un teléfono, un neceser, una cartera...
Cintura y caderas recibían las continuas embestidas de las puertas metálicas.
Dentro del ascensor, sus piernas, o lo que quedaba de ellas. Un zapato en el pie, y el otro, con el tacón partido, al fondo del cubículo. La falda estaba destrozada. Había sido devorada por una jauría humana. Con un hambre voraz, en cuanto cayó se abalanzaron sobre ella, sobre sus piernas. Parecían idas, enfermas, llevadas por un extraño semi-Dios, parecía que comerse a su compañera hubiera sido un sueño anhelado desde hacía mucho tiempo.
Sin reservas, sin pudor.
De sus piernas recién bronceadas al principio de la primavera solo quedaban huesos y algún que otro tendón.
Las comensales, tras terminar el festín, se adecentaron: se peinaron, se retocaron el carmín, se perfumaron y se alisaron los trajes de ejecutivas, para retomar su cotidianeidad; así, nada de aquello habría ocurrido.
Una de ellas comentó, quizás los remordimientos la reconcomían y trataba de justificarse:
- No era de las nuestras.
Con un “llegamos tarde a la reunión”, acompañado de un tirón del brazo, la otra la arrastró hacia el final de la escalera, mientras un cadáver todavía inodoro alargaba su brazo, su mano izquierda y su puño abierto, tratando de levantarse rápidamente de aquella caída, de escapar de ese siniestro tres por dos.

(Siniestro ascensor)
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Límbicas

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