30.4.08


Sobre Richard Ford

El Babelia de esta semana ha sido dedicado a la obra y figura de Richard Ford (Día de la independencia, El periodista deportivo, Rock springs) con ocasión de la publicación en castellano de Acción de gracias (Anagrama, 2008), su más reciente entrega. Hay una entrevista más bien superficial al autor, a cargo de Pablo Guimón, y una reseña del libro de marras por José María Guelbenzu, donde el crítico filia al escritor norteamericano con lo que llama “la narrativa judía del pasado siglo”:

Richard Ford es lo que podríamos llamar un "realista exhaustivo". Sin duda pertenece a la tradición que constituyen (y son su inmediato antecedente) los grandes maestros de la narrativa judía del pasado siglo (Bellow, Malamud, Philip Roth...); pero a diferencia de ellos, el mundo de Ford no es tan selectivo; quiero decir: los tres mencionados, cada uno a su manera, retratan la realidad norteamericana apoyándose en momentos dramáticos muy intensos que empapan la cotidianidad de los personajes y la trascienden. Ford, por el contrario, es un minucioso acumulador de detalles que casi nunca cristalizan en una situación dramática de envergadura; de hecho, la única situación que se alza sobre la línea constante y sin sobresaltos del relato es la consecuencia de la reaparición del esposo de Sally.

En otro texto, el escritor español Ray Loriga, de larga recordación por acá durante los ochentas y principios de los noventa, ha vinculado a Ford con el consabido “realismo sucio” estadounidense. La cita:

Richard Ford es, asimismo, un escritor propio y diferente. Lo que Carver reduce, y Wolff observa con gracia y cautela, Ford lo expande hasta conseguir crear un universo de lo inmediato. Su atención por el detalle y sus maneras de prolijo cronista consiguen mostrarnos las cosas aparentemente sin intervención. Ford es a menudo el escritor invisible y su mundo parece forjado por quien ve lo que ve, en lugar de imponer la memoria y el acento de quien ya lo ha visto. Por supuesto sabemos que tal cosa no es posible, y eso habla mucho y bien del talento de Richard Ford.
Conseguir que lo inventado sea, o parezca, el mundo real, con su exacta cadencia y sus paisajes reconocibles, extraer de su propia experiencia el reconocimiento de la nuestra como lectores, es una tarea nada sencilla y al alcance de pocos y elegidos escritores. La carretera nunca es aburrida, nos dice Ford, pero su carretera no es la de Kerouac, sino una carretera no distorsionada por la histeria de su autor. Esto no es una puñalada al gran Jack, sino la constatación de una personalidad literaria muy diferente. Si hay algo que une a estos tres magníficos escritores es su renuncia voluntaria al ruido y la bravuconería que caracterizó a los grandes osos armados, Faulkner, Hemingway, y su descaro a la hora de narrar desde posiciones sensatas tan alejadas del narcisismo Beat. Poco más tienen en común sus enormes logros literarios que la voluntad de hacerse oír, hablando a menudo en voz baja.

Si bien la contradicción puede verse como solo formal (Ford puede ser, extremando, un “realista sucio” y a la vez estar inscrito en el grupo señalado por Guelbenzu), me deja un resabio de imprecisión todo esto. (Un dato lateral: no sé cómo se puede hablar de ese dudoso subgénero señalado por Loriga sin nombrar a John Cheever.)

Creo que el estilo sosegado y levemente sombrío de Ford, el espectro temático amplio, controlado por la voluntad de construir un personaje (Frank Bascombe) que trasiegue buena parte de la sociedad norteamericana contemporánea con una mirada que bordea, sin tocar, la resignación ante una crisis general; son rasgos que lo sitúan más firmemente en el Olimpo de Philip Roth, Saul Below y Bernard Malamud que en la línea sugerida por Loriga.
--Y por supuesto, Ford sigue siendo explicable por Cheever, como muchos de sus contemporáneos, verbigracia el admirado Raymond Carver.

(Portada. Cuando me llegue el libro afinaré y ampliaré estas ideas.)
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Límbicas

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