3.5.08


CONVERSACIONES CON JOSÉ “PEPÍN” BELLO
Rebeca Martín

La joven escritora española me envía una reseña a un libro muy interesante publicado por Anagrama recientemente. Se trata de una serie de entrevistas a un personaje que fue testigo presencial de varios de los esplendores de las letras españolas del siglo veinte. Con este texto se inicia un ciclo de colaboraciones internacionales en LDL.


Pepín Bello (1904-2008) no era fotógrafo, pero cuando hablamos de la generación del 27, nos viene a la mente la instantánea tomada en el homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla. Detrás de la cámara, estaba él. Meses antes de que muriera el último superviviente de la generación del 27, se publicaron las “Conversaciones con José Pepín Bello”, libro publicado por Anagrama, que recoge las charlas de Bello con los periodistas y escritores Marc Sardà y David Castillo (director del suplemento cultural del periódico catalán Avui).
En las conversaciones, Bello se atribuye el descubrimiento del talento artístico de Dalí, al poco de llegar este a la Residencia de Estudiantes. Reivindica, asimismo, ideas para las películas de Buñuel, que el de Calanda nunca reconoció en los títulos de crédito. Y de lo que más se enorgullece es de los juegos literarios, como los anaglifos, que consistían en poner la palabra gallina entre tres sustantivos, el último de los cuales debía chocar con el primero elegido. De sus textos, solo nos queda una obra de teatro escrita con Buñuel, Hamlet.
Pepín entró en la Residencia con solo once años, y el primer poeta al que conoció fue Emilio Prados. Más tarde llegarían Buñuel, García Lorca y Dalí. Parece que el entrevistado siga viviendo en el célebre edificio madrileño. Recuerda con nostalgia su juventud y se estremece al recordar la muerte en la plaza de Ignacio Sánchez Mejías y el fusilamiento de Lorca, negando que fuera un crimen político, y alega que ni era comunista ni era republicano.
Coloca a Lorca y a Alberti (a quien “exculpa” de ser comunista, y lo achaca a la influencia de su mujer, María Teresa León, y de quien recuerda que le escribió un soneto para una chica de quien Bello estaba enamorado, Araceli) por encima del resto y reconoce que el Nobel Aleixandre es el poeta que menos le interesó del grupo. Menciona el enfrentamiento de Guillén y Salinas con Juan Ramón Jiménez, reconoce que Gala le alejó de Dalí, critica el amaneramiento de Cernuda, define a Garfias como un “personaje”, y ofrece sugerentes pinceladas del mundo que le rodeó en su juventud.
Estas conversaciones suponen un importante testimonio, si bien parcial, de la vida cultural española durante la dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República, aunque es una lástima que parezca que la vida de Bello se acabara en la Guerra Civil. Poco puede aportar desde entonces a nivel literario (afirma que ya solo lee a Lorca y el Quijote) a las preguntas formuladas, y es una pena que, a pesar de su intensa juventud, la evolución social y política de España le hayan pasado por delante y no se haya enterado de ello.


(Pepín Bello, a la izquierda, junto con sus amigos Federico García Lorca y Salvador Dalí. 1927)
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