27.5.08


El poeta Pablo Palacio

La edición de la colección Archivos de la obra completa del narrador ecuatoriano Pablo Palacio (1906-1947) rescata, además de una serie de textos narrativos hasta el momento inéditos, traudcciones y ensayos, cinco poemas juveniles que publicara Palacio en los años veinte. El conjunto es tan exiguo que poco da para elaborar en torno a ellos, salvo que se quiera caer en un tour de force exegético como el de Adriana Castillo de Berchenko, quien en su “Pablo Palacio y las formas breves: poemas y cuentos”, incluido en el volumen referido, dedica la parte de los poemas a la adjetivación de uno de ellos

microsoneto en versos octosilabos de abundante adjetivación tópica que respira un candor sentimental adolescente impregnado de sensibiidad postmodernista.
y a una obvia comparación entre los dos últimos, en la que se empeña -con gran despliegue de talento crítico, es verdad- en demostrar que aquellas “obritas” “vehiculan también las opciones éticas y estéticas profundas que animan al creador”. Castillo agrega en sus párrafos finales que los poemas de Palacio

resultan extraños, sorprendentes un sí es no es herméticos (sic). Pero estas obras son algo más que el lugar de experimentación de la brevedad y de la palabra. Ellos son también el espacio en el que cristalizan ciertas constantes estéticas definitorias del autor.

Me cuesta mucho no pensar que esta última conclusión responde al juicio previo ampliamente difundido pero no siempre cierto, que afirma que las primeras expresiones literarias de los grandes escritores deben prefigurar de una forma u otra la producción posterior. He leído los cinco poemas de Palacio luego de leer el ensayo de la crítico sureña, y la verdad apenas he encontrado jirones macilentos de todo lo que dice. Les pego un poema para que tengan una idea.


As de diamantes Isabel León

Quien corta con echar el aliento escalosfría pupilas de vidrio enamoradas.
Mitilana nacida de un surco de la tierra,
Mujer de líneas suaves,
Miró como un dios guiñar el párpado.
E indujo al Hombre, descendiente del vandolero Valmiki, en inmovilidad de un millar de años
para que se encontrara su cuerpo taladrado por los nidos de los malos pensamientos.
Isabel León, As de Diamantes para las sortijas en manos de los ladrones, escurridizas, fugitivas, tan inquietas como lágrimas a la orilla de las pestañas. (Hace llorar el que no venga la madre a darnos el último beso del día.)
As de Diamantes, para cortarnos el respiro.

(Pablo Palacio. El anuncio rimbombante de la presencia de sus obras completas en la red no pasó de ser otro invento más.)

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