9.5.08


Microrrelato de Cristina García Morales

Nacida en 1986, esta joven escritora es una de las voces más prometedoras de la nueva narrativa española. Ha sido incluida en la antología Ficción Sur, aparecida este año. Aunque aún cursa estudios en la Universidad de Granada, Cristina ha ganado ya algunos reconocimientos literarios.


CUENTO DE INVIERNO

En Alaska, o en Siberia quizás, vivía una pareja de zorros. Zorros árticos, claro, color de plata y de nieve sucia. Escarbada en la tierra helada tenían una madriguera que descendía hasta cuatro metros. Ése era su hogar, el del zorrito y la zorrita. Iban en pareja a cazar ratones y a robarle huevos a las gaviotas y a las perdices, o esperaban a que los osos se comieran una foca para ponerse a roer las sobras. En los meses más duros del invierno, como era más difícil hacerse con una presa, salía cada uno por la mañana en una dirección distinta. Si al anochecer alguno de los dos había conseguido algo olfateaba hasta encontrar al otro y compartían la pieza. Si los dos tenían suerte, cada cual festejaba celosamente su banquete, y si ninguno de los dos, ni el zorrito ni la zorrita, habían tenido suerte y llegaban con las fauces vacías al agujero, pues dormían. Se hacían un ovillo con las colas, se pegaban el uno al otro para darse más calor. Sus respiraciones eran lentas y había momentos que se sincronizaban.
Una tarde oscura en que el zorrito acechaba a un conejo, un cañón negro susurró entre la maleza. Tras un chasquido y el silbido de un objeto afilado rajando el aire, el zorrito, perdida la concentración, bailó sobre las patas traseras y se cayó con un dardo de plumas rojas clavado en el lomo. A la zorrita, que volvía a la madriguera sin haber hecho otra cosa que mirar el lento pastar de los renos, se le pusieron las orejas de punta y levantó una pata. Salió corriendo hacia donde le marcaron los sentidos y a pocos metros de ella, donde el olor del zorrito se hacía tan intenso, la sorprendió el cañón, el chasquido y el silbido. El golpe de dardo la hizo retroceder torpemente en su carrera, hacer una ese y por último caer. Después de unos cuantos espasmos y de un ladrido ahogado se quedó quieta. El hombre salió de los arbustos, metió a los zorritos en un saco que se echó a la espalda y se fue en su moto.
Debajo de un alógeno, en una pequeña tarima, un maniquí sin cabeza y sin extremidades, con tan sólo una gran pata de madera, muestra los zorritos, zorros según la cartulina acristalada. El escaparatista, siempre atento a los detalles, vistió el tronco con una sábana de seda roja que ajustó en la cintura con alfileres y dejó el resto de la tela arrastrando por el suelo. Probó varias maneras y finalmente colocó los zorritos en torno al cuello. Como están cosidos por el hocico ha puesto esa parte, la de las cabezas, en la nuca, y así los cuerpos vacíos bajan desde los hombros hasta un poco más allá de las caderas, en paralelo, doblándose en un suave ángulo a la altura de los pechos. Escogió esa disposición, además de porque así se apreciaban la pulcritud y todos los matices de las pieles, porque así los ojos de cristal y las orejitas cartilaginosas no están a la vista, que suelen causarle aprensión al público. Pero un señor que los ha querido observar de cerca y acariciarlos (se ha quitado los guantes y ha hundido las manos en su espesura, y las ha deslizado) se fija en las caras y en las miradas opacas, y le gusta.
- Señorita, ¿se ha dado cuenta de que los zorros se están besando?
Sin dejar de sonreír, la dependienta se detiene un segundo en los morritos sellados y asiente:
- ¿Se los lleva, entonces?
El señor, sin reparar en el precio, contesta que sí. Es maravilloso estar enamorado.
(La autora)

1 comentario:

  1. Anto`n19.5.08

    Hay tantas cosas que dan pena,las miro acongojado sin poder hacer nada por el momento ,no se sabe si algun dia se puede hacer algo,nadie tiene derecho a quitar la vida que tuvimos puede que por casualidad o no se por que la tuvimos, la vida es la salud la alegria el amor.

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