23.5.08




Nombrar lo innombrable

En el blog El síndrome de Chéjov le han hecho una extensa entrevista al narrador español Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971), una de las revelaciones literarias de los últimos años. De hecho su más reciente libro fue designado por la revista Quimera como el más importante del año pasado. Pueden leer la entrevista completa, yo les pego algunos pasajes que me parecieron interesantes.


Todos los escritores que admiro han sido escritores de obsesiones. Las obsesiones generan relaciones que van más allá de la vida presente de cada individuo, dibujando redes íntimas que atentan contra la naturaleza del tiempo, que es, por definición, irreversible. En realidad, yo siempre he escrito el mismo libro, uno que, bajo el aspecto del relato o la estructura de la novela, gira alrededor de unas pocas preguntas fundamentales: ¿por qué existen el dolor y el mal en el mundo?, ¿posee la belleza una capacidad redentora?, ¿cómo podemos sobrevivir al sinsentido de la existencia?

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Citaría a Chéjov, Bábel y Carver por un lado, como escritores de lo íntimo, de lo cotidiano, y a O’Connor y Cheever por otro, como autores con inquietudes metafísicas. Luego está el caso sin parangón de Kafka, un escritor al que, cuanto más leo, más admiro. En español me han influido la obra breve de Borges y Onetti. Y en nuestro país admiro muchísimo las narraciones de Benet, a menudo menospreciadas al ser comparadas con sus grandes novelas.

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La posmodernidad está repleta de hallazgos, caso del cuestionamiento de la realidad y de su pregunta por las culturas del simulacro, o de su concepción de la literatura como un documento capaz de reconfigurar la realidad antes que como un texto antropológico, por no hablar de sus novedosas metáforas, pero en la posmodernidad se da cita una suerte de olvido a propósito de las estaciones culturales de las que procedemos, un olvido que, en ocasiones, puede conducir a declaraciones más o menos resonantes pero casi siempre vacuas, y que a mí, honestamente, me irritan. Como respondí en cierta ocasión, el oficio de enterrador es muy digno, cierto, pero exige un alto grado de responsabilidad, no vaya a ser que enterremos a gente que está viva, muy viva. Luego, por descontado, existe esa obscenidad de la elocuencia que no comparto, la idea de que una declaración de principios epatante (algo así como: «Olvidemos a Joyce y a Cortázar de una puta vez») es la quintaesencia del talento, cuando es lo que todos los artistas han hecho en un momento u otro de su vida: matar al padre. Recuerdo haber empleado al respecto la imagen de la madriguera: el escritor es una alimaña cuya guarida está rodeada por los cadáveres que marcan su genealogía. Yo escucho a Tortoise y no le hago ascos a Palahniuk, pero eso no significa que olvide mi deuda con Bach y que, después de la cena, prefiera irme a la cama con Sciascia que con Baricco.



La brevedad de mis libros obedece a mi forma de escribir, equívoca en vez de unívoca, connotativa antes que denotativa, prácticamente carente de diálogos, una escritura que lo basa casi todo en el poder de la imagen y en la vida interior de los personajes, una literatura de la conciencia, en una palabra, que confía en la capacidad del lenguaje para emocionar y desvelar antes que en funciones más objetivas. Un periodista se refería a mí hace unos días, durante la presentación de la edición italiana de La ofensa, como el hermano pequeño de Jonathan Littell. Sospecho que en el uso de la palabra piccolo pesaba tanto el prejuicio de la calidad como el de la cantidad, un prejuicio este último que, sinceramente, no comprendo. A mí, por ejemplo, el Tolstói más admirable no me parece el de Guerra y paz, con sus 1.000 poderosas páginas de historia de las mentalidades, sino el de La muerte de Iván Ílich, capaz de contarnos en apenas 100 páginas en qué consiste morir.

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Yo no contrapongo belleza y maldad, simplemente tomo nota de que la primera nada pueda contra los poderes de la segunda, salvo consolarnos ocasionalmente. En realidad, lo que a mí me obsesiona no es tanto que belleza y maldad sean rutas paralelas, como insinúas, sino que coexistan en la misma conciencia. En La vida de los otros hay una escena en la que Dreyman, el dramaturgo vigilado por la Stasi, interpreta al piano una sonata. Al otro lado del espejo, el espía Wiesler está escuchando. Dreyman dice entonces: «Nadie puede escuchar esta música de verdad y ser al mismo tiempo una mala persona». El espectador, reconfortado, acepta que, desde ese instante, algo ha cambiado en el interior de Wiesler, que sus horas como miembro de una organización asesina están contadas. Uno de los tópicos de nuestra cultura es que la música y, por extensión, el arte nos hace mejores. Pero este lugar común es difícil de probar. La belleza no posee una correspondencia moral; el goce estético no adjudica ropajes éticos; las obras de arte no se compadecen de la bondad de sus fruidores. Lo cierto es que, nos guste o no, se puede gozar de Proust y tener el corazón de un Pinochet. Céline, que fue un gigante de la literatura, uno de los mayores talentos de todos los tiempos, fue también un hijo de puta sin paliativos. O, dicho de otro modo, un pueblo ágrafo, sin literatura, puede ser infinitamente más moral que una sociedad con millones de lectores del Quijote. Quizás, como al Dreyman de La vida de los otros, nos aterra pensar que el arte carece de una dimensión salvífica, que al escuchar a Stravinski la maldad pueda permanecer indemne. Pero algo me dice que, de existir, ese infierno urdido por las religiones sería un lugar lleno de bibliotecas.

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DeLillo es, para mí, el lector más privilegiado de nuestro tiempo, algo así como el Kafka contemporáneo. Nadie como él ha sabido descifrar la entraña del nuevo milenarismo y anticipar los miedos actuales: el terrorismo en Jugadores o El hombre del salto; la muerte en Ruido de fondo y Body art; el simulacro en Fascinación y Submundo. Y en todas ellas, por supuesto, la amenaza tecnológica. Me siento honrado con la comparación. Dostoievski es otro de los pilares que sustentan Derrumbe. La lectura de Los demonios me conmocionó. Confieso que mi personaje literario favorito de todas las épocas es Stavrogin. Creo que Los demonios es un texto decisivo para comprender el mundo desde 1860 hasta nuestros días, uno de esos libros que demuestran que la gran literatura es siempre contemporánea.

(El escritor. Portada de uno de sus libros.)

3 comentarios:

  1. Dicen que de alguna forma se empieza, y aquí estamos.
    Somos un grupo de jóvenes que promovemos el intercambio cultural a través del arte y del conocimiento compartido.
    Trabajamos por un espacio de encuentro, expresión y participación.

    Gracias por el espacio.

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  2. Gracias, no lo conocía.
    Un saludo

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  3. suerte a los amigos de la ronda, y saludos a Jenni.

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