13.5.08


Poéticas & Rollos. El cantante de protesta

Pero esa noche ve aparecer al cantautor de protesta en el escenario del pub, ve su silueta avanzar desde el fondo, alta, desgarbada, rociada de aplausos y gritos mordidos, tanto que de golpe se hace difícil precisar si lo alientan o lo amenazan, y acomodarse con su guitarrita criolla en el taburete alto que han instalado en el proscenio, ve cómo un haz luminoso disparado desde el techo lo entuba de brillo y recorta su cabeza enrulada y el contorno de sus anteojos de miope, los dos hallazgos más persistentes de su iconografía personal –además, claro, de la sempiterna sonrisa, tan inseparable de su rostro que más de una vez la han atribuido a una forma benévola de atrofia muscular-, intactos, todos, a pesar de los siete años de exilio, y de algún modo puestos de relieve por el mameluco blanco que lleva puesto, uno de esos “carpinteros” que se abrochan a la altura del pecho y que usan no los carpinteros, que no han visto uno ni pintado, sino las mujeres embarazadas, las maestras jardineras y los actores que, hartos de probar suerte en audiciones multitudinarias y ser rechazados, terminan asilándose en el mundo de las obras de teatro para chicos o las comedias musicales, lo único nuevo, por otra parte, que parece haberse traído del molino sin luz ni agua potable en el que dicen que vivió en las afueras de Madrid, eso, el mameluco blanco, y una canción que esa noche no tarda en cantar, primicia para todos y revelación total para él, que al escucharla cree comprender algo decisivo para su vida –esa noche lo ve, él, que solo lo conoce por las tapas de sus discos, las fotos de las revistas, las presentaciones en programas de televisión, y se pregunta estupefacto a quién puede habérsele pasado por la cabeza que pueda ser peligroso, que valga la pena hostigarlo, hacerle la vida imposible, forzarlo a dejar el país, borrar del mapa sus canciones.

---El fragmento pertenece a Historia del llanto (Anagrama, 2008), la reciente novela de Alan Pauls (El pasado, Wasabi), donde se describe, no sin ironía, la (de)formación ideológica y posterior entrada en crisis de un adolescente latinoamericano de los años setenta. El cantante de protesta a que alude el párrafo -y de quien, más adelante, el narrador toma como leit motiv algunas de sus letras- es Piero, símbolo cultural de la oposición de izquierda en aquellos tiempos de dictadura.

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Límbicas

*Ajos & Zafiros. Mañana miércoles 14 de mayo se presenta en sociedad el número 8/9 (el mejor hasta ahora) de la acertadísima revista Ajos & Zafiros. Se vislumbra un condimentado intercambio sobre la crítica literaria a cargo de Alberto Valdivia, José Donayre y Víctor Vich. Qué dirán, qué diran sobre el ensayo devastador del profe Miguel Angel Huamán sobre Faverón. Mañana lo sabremos (y las preguntas de rigor haremos). Nos vemos por ahí.

13 comentarios:

  1. Anónimo14.5.08

    Coral, no le des importancia a Faverón, ya Ibarra lo ha revolcado varias veces. Creo que esta vez ha patinado tratando de burlarse de los estudiantes salvajemente golpeados por la policía. El verdadero trabalenguas es él mismo.

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  2. Anónimo14.5.08

    Coral: Hildebrandt, en su columna de "La Primera" compara a Faverón con una rata. No perderse el artículo.

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  3. El mismo Piero quien compuso Sinfonía en la mar, un tema para niños...

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  4. Sí, pues, me parece un toque injusto lo de la joda al gran Piero en el libro, pero está muy bien escrito. Yo sigo escuchando de cuando en cuando "Y todos los días..."

    Rodolfo revolcó a Faverón? Cuando, que ni me enteré... Desde hace meses estoy más metido en los blogs literarios de fuera, que son más interesantes...

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  5. Anónimo14.5.08

    Carslor Garcia chanca a Faveron en su blog:

    http://elpesodelasplumas.blogspot.com/

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  6. Anónimo14.5.08

    VETE A LA MIERDA

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  7. qué gran argumentación la del último comentarista, debe de haber estudiado en Trilce...

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  8. Anónimo15.5.08

    Voy a hablar tranquilo pero corto. Hay una ley en las presentaciones de libros según la cual cuanto más largo es el libro presentado, más cortas son las presentaciones. Voy a seguir esa ley:

    Yo vengo aquí como un lector de Bombardero, como una persona que lo ha leído, que le ha gustado. Y a explicar por qué me ha gustado y por qué me parece importante. Estas dos cosas, sobre todo. A mí me interesa Bombardero porque es un texto vanguardista y yo me he dedicado a estudiar en literatura los textos vanguardistas. Y es en el vanguardismo donde he encontrado una afinidad, una familiaridad.
    ¿Qué quiere decir vanguardismo en este caso? Quiere decir que es un libro que quiere apurar vertiginosamente la llegada de una modernidad a la conciencia cultural peruana. Quiere cortar camino, apurar las cosas y volvernos a todos los lectores más modernos.
    No es la primera vez que se ensaya y es un camino dificil y duro. Como decía en una frase inmejorable Aníbal Quijano, refiriéndose al vanguardismo de los años 20: "el vanguardismo es un intento de hacer imágenes crocantes, eléctricas, en un ambiente húmedo donde todo, comenzando por las galletas, se vuelve blando y después blandengue".
    Pero los textos vanguardistas sobreviven a eso. Y este es un texto, pues, como Cinco metros de poemas --que está en el otro extremo, que es un texto corto y que extrañamente también tiene físicamente, y más que físicamente, a Nueva York en el centro de su preocupacion en el año 1927--. Y este intento de apurar la modernidad tiene a su vez un parecido con la idea del bombardero, no solo el bombardero de Nueva York, todo bombardero tiene la urgencia de acelerar lo mas posible la llegada de su carga a su destino. El bombardero necesita bombardear, efectivamente, y un libro como éste necesita llegar a la gente.
    Y ese es, de alguna manera, uno de los dramas de esta obra. Porque aquí somos pocos y probalemente los compradores son pocos. Y probablemete los lectores son pocos. Y lo serán por un tiempo, porque un libro vanguardista es una de las cosas más difíciles, ¿no es cierto?, de imponer en un medio, de hacer llegar a un público. Y eso hace de nuestra reunión de hoy particularmente interesante, como las que han habido en el Británico y las muchas que habrán en el futuro.
    Esta idea de traer la modernidad, de entregarla, de tratar de proponérsela al país, es finalmente el juego conceptual que ilustra el libro entero de César Gutiérrez. Y es una experiencia transformadora, creo yo. Creo que, una vez leído, uno puede escuchar cómo el libro sigue cayendo a traves de nuestra curiosidad y manteniéndose en algún punto de ella.
    Porque con un libro tan novedoso, tan denso, tan lleno de niveles y subniveles, uno siempre se queda y se va a quedar --como en otros libros vanguardistas que ya mencionaré-- con la idea de que algo no ha llegado, de que algo no hemos comprendido.
    Es, por lo tanto, un libro para la relectura, mucho mas que un libro para el entretenimiento. Le iría muy bien si fuese un libro que se pueda leer de un tirón. A Dios gracias todavía hay libros que no se pueden leer de un tirón.
    Y en este caso la modernidad que Gutiérrez quiere apurar, trasladar y transportar es eso que ahora se llama "el tiempo real radical". Es decir, este presente absoluto que existe como una perplejidad en movimiento y que es inalcanzable por definición y que está definida, sobre todo, por la revolución tecnológica de las comunicaciones.
    Pero no solo eso, también hay presente real en las relaciones personales, en las relaciones laborales, en todas partes vemos que hay una especie de presente absoluto que, como se puede ver en el libro, se chupa el pasado y empieza a avanzar sobre el futuro desde ahora. Se va comiendo pedazos de futuro hacia adelante.
    Esto Gutiérrez lo entiende perfectamente bien como una revolución paralela de los sentidos, de los mercados y de los ritmos. Estas tres cosas --sentidos, mercados, ritmos-- creo que son finalmente los personajes en el libro. Y es notable, por lo menos en mi lectura, que haya logrado que tres cosas tan abstractas cobren una realidad y nos mantengan curiosos por saber qué nuevo giro, sentido, mercado y ritmo van a tomar más adelante.
    Y en esa medida el libro también es la introducción a un mundo que ya conocemos. Como es un libro que se asienta en el presente absoluto, es evidente que conocemos los acontecimientos, conocemos las marcas, conocemos muchas de las cosas sobre los personajes; sin embargo, no lo conocemos de la manera en que Gutiérrez lo presenta. Y eso es un desafio tremendo. Porque, claro, presentar mundos que no conocemos es un arte. Y es un arte que nos ha mantenido en muchas novelas. Pero leer a través del mundo cotidiano, del mundo familiar, del mundo de todos los dias, es realmente una cosa complicada. Y hacerlo a través de tantas páginas, muchísimo más.
    Yo compararía el libro y al autor con James Joyce en 1918 y con William Burroughs en 1959, hasta los años 70; es decir, Ulises, libro incomprensible en su momento que tuvo la suerte de ser prohibido y de ser censurado. Pero fuera de eso fue mucho más censurado que leído, en un primer momento, porque era difícil, era complicado. Y que levante la mano aquí la persona que pueda decir que ha leido el Ulises completo de una manera racional y razonable. Sigue siendo una experiencia complicada.
    Y lo mismo en el caso de William Burrougs con su famoso El almuerzo desnudo de 1959. Y como ellos, Gutiérrez ha pensado, ha considerado, que se puede acelerar la llegada bombardeadora de la realidad a través de una relación subversiva con el lenguaje. Y, en efecto, yo creo que se puede. Yo creo que esa es una de las maneras en que la modernidad --no la modernización, que está toda en los almacenes de Hiraoka--, la modernidad, que es la que está en nuestras conciencias, llega a través de la subversión del lenguaje.
    Y para este trabajo, el autor precisa mundos paralelos al suyo, mundos que no son solo el mundo de su lenguaje sino que son los mundos que se abren en este universo inmenso --con mil páginas creo que se puede decir inmenso--, universo de citas, alusiones, juegos, frases, donde todo el mundo va a encontrar su límite. Va a encontrar que Gutiérrez, como una especie de oráculo del presente, del presente absoluto y del mercado, siempre está hablando más allá de lo que nosotros vivimos como experiencia personal. Y ese es un pleanteamiento riesgoso porque es un libro que al menor descuido, en cualquier momento, se puede salir de la literatura.
    ¿Y donde encuentra esos mundos paralelos Gutiérrez? Yo pienso que los encuentra en esos presentes irónicos y absolutos de autores como Kurt Vonnegut, William Gibson, algo de Philip K. Dick y, ciertamente, David Mamet en su famoso Radiograma sobre el 9 de setiembre. Un mundo de citas y refrencias herméticas que no son, definitivamente, para los distraídos. Que son para los entendidos.
    A Vonnegut, sobre todo al Vonnegut inventor del famoso planeta Trafalmadore, Gutiérrez le debe el manejo amable del humor y el entendimiento de que la ciencia ficción y el ejercicicio de la imaginación no son contradictorios, como estamos descubriendo cada vez más en el cine norteamericano. Pueden ir juntos.
    A William Gibson, sobre todo al William Gibson de las novelas Neuromancer y Count Zero, y el célebre cuento "Burning Chrome", le debe Gutiérrez la vision de la tecnología como la saturación, en el sentido de la invasion del presente por parte del futuro. Es decir, "quemar a chrome", como en el cuento, como una versión de quemar Manhattan.
    Y esta es la parte que a mi más me ha interesado: este deseo exitoso de muchos lugares de liquidar el futuro, de hacernos sentir en algún momento que ya para qué, que ya lo estamos viviendo. Y que no va a haber más de lo que estamos viendo ahora. Es una perspectiva nihilista, aterradora, ¿no es cierto?, poco esperanzadora, pero que produce muy buena literatura.
    A William Burroughs le debe Gutiérrez, ciertamente, la idea del peligro, la idea de que todo este mundo novedoso de la tecnología es peligroso, no en el sentido reaccionario de la gente que dice "es peligroso el futuro, la cosa no es ya como era antes". No así. Es peligroso en el sentido de que, en el mundo que se viene, el peligro va a ser un elemento nuestro de cada día, si no lo es ya en algunos lugares. Y es Bourroughs y es Gutiérrez quien nos introduce a un mundo en el que casi uno podría decir la frase: "cómo podríamos vivir sin peligro".
    El peligro, una vez más, como una necesidad, como el pan llevar, como una necesidad básica del ser humano que, como todo vicio de ese tipo, se necesita en dosis cada vez más fuertes.
    De paso, Gutiérrez ha realizado una parte del sueño de Faulkner, quien en un texto de los años 30 reclamaba a su editor por qué en sus novelas no se podian usar colores distintos para distintos planos narrativos y para distintos personajes, de modo que hayan personajes que hablan en azul y ciudades donde todo es en rojo. O cosas de este tipo. Porque él creía que, con eso, se podía penetrar más a fondo en la explicación de las cosas.
    Nunca lo pudo hacer, pero Gutiérrez se acerca mucho, gracias a la computadora, cuando nos introduce a la gráfica de los nombres de los personajes y las personas. Esto es --para quienes no han leído el libro o no se han acercado--, no hay una sola marca registrada o nombre propio comercial que circule, no hay ningún logotipo que no aparezca en el texto tal cual aparece en la publicidad, en los cartelones y donde los veamos. Visa como Visa y Cocacola como Cocacola. Esto le da una textura a veces complicada de leer en el texto, y creo que es mucho más que un amaneramiento gráfico o un capricho computacional. Es parte de la estructura central del autismo no poder despegarse de las imágenes y rechazar, de alguna manera, la escritura como secuencia lineal y preferir esta forma de comunicación inmediata, que son los logotipos precisamente.
    Nosotros leemos frases pero miramos logotipos de una manera directa, de un solo golpe. Nadie mira Visa y lee "ve-i-ese-a". Visa es un logotipo familiar y la presencia de este tipo de invitación a una lectura distinta, creo yo, es una de las cosas que sostiene al lector en vilo, que lo mantiene en ese estado constantemente.
    Sin embargo, es una apuesta complicada porque un texto vanguardista es un texto kamikaze, es un texto exigente hasta el desafío. Primero, exigente con el propio autor. Yo lo he leído completo, pero sostengo que no es indispensable para todos llegar hasta el final porque, sostengo, es un libro difícil de leer. Donde además, como quería Juan Acha en el caso del arte plástico, que él estudiaba, Acha decía: "saquemos al entretenimiento de la ecuación". El arte no está allí para entretenernos. El arte está allí para muchísimas otras cosas, pero no necesariamente para entretenernos. Y yo casi diría que para mí no ha sido un libro entretenido, ha sido un libro formativo, ilustrativo, emocionante y muchas cosas.
    Pero exige, exige y exige.
    Más aun, mi sensación es que el primer capítulo, de alguna manera, cuenta toda la historia. Es probablemente --permítanme, somos pocos-- una hipérbole: probablemente uno de los dos o tres mejores primeros capítulos de una novela que yo pueda recordar en la narrativa peruana. Y en varias otras. A Dios gracias, por el largo del libro, es un primer capitulo que tiene 80 páginas. Es una novela corta en sí mismo. Y es realmente extraordinario. Y lo mantiene a uno suspendido, en vilo.
    Doble mérito, además, porque uno diría, bueno, el acto de dos aviones chocando contra dos edificios en Manhattan ya es espectacular de por sí, ¿qué se puede mejorar?, ¿qué se puede añadir? Pues sí: está todo añadido en ese capítulo. El capítulo no es una crónica: es una historia, es un relato en el que empezamos a descubrir cosas probablemente mucho más provocadoras que este acto aeronaútico. Y esto queda muy fuerte y es, de aguna manera, el telón de fondo de la novela.
    Y desde el capítulo dos la novela es para mí, para mí, una búsqueda obsesiva del autor. ¿Qué busca? Busca nuestra complicidad. Busca que ahora lo acompañemos en la detallada peripecia de su vida sometida a esa trituración que es el presente absoluto, que es lo actual radical, que es el devenir del ahora, de una manera tal que va borrando lo que queda detrás y comiéndose lo que iba a venir delante y quizás ya no venga.
    Esta es una exigencia de la lectura de novela en el país. Porque la lectura de novela en el país se ha vuelto un ejercicio que, desde hace por lo menos 30 años, viene siendo ablandado por la complicidad con lo lineal y lo previsible, por aquello que de alguna manera (un autor) llamó "prosa de mercado": la prosa de las grandes editoriales.
    Bombardero, como dije, trabaja con el anti-entretenimiento. Es decir, trabaja sí con la incomodidad del lector. Un proceso que, además, comienza con el peso y el volumen físico del libro: un kilo con docientos gramos, casi imposible de sostener. Y en esa medida, además, Gutiérrez es un erudito y es un académico a su manera, que apuesta a la existencia, a la supervivencia en el Perú de lectores que todavía sean capaces de ser a la narración lo que algunos teóricos de la música moderna llaman "la escucha activa": oyentes de música capaces de no convertir todo lo que oyen en música de fondo, poder verla como una presencia inmediata y viva.
    Y por eso digo que después de un primer capítulo de infarto (literalmente en el caso de algunos pasajeros, supongo), la obra se vuelve cada vez más exigente. Y en eso, cada vez más interesante. ¿Cuál es la historia? La historia es que vivimos en medio de la catástrofe personal y que la suma de catástrofes personales está barriendo con todo lo demás.
    ¿Hay una relación entre el contenido terrible y la densidad de esta obra literaria? ¿Por qué la necesidad de 500 páginas, que son en verdad mil cuando uno las mide bien en su extensión? Pero es que Gutiérrez quiere expresarse también a través de un formato: obligar al lector a un compromiso inusitado es clave en todo esfuerzo vanguardista, es crear un cenáculo, crear una célula de lectores para una obra que sucede, virtualmente toda, fuera del territorio geográfico.
    Lo cual tiene que ver con fundar otro territorio para los peruanos: de la misma manera en que Joyce funda otro territorio para los europeos y prácticamente inventa Irlanda para Europa, o como Malcom Lowry inventa méxico para los ingleses, aquí yo siento que hay nada menos que la invención del mundo cosmopolita para beneficio de los peruanos. Es decir, cuando se hable de globalización en el mundo de la cultura, sería indispensable entender que aquí ha habido un esfuerzo de ponerle carne a esa osamenta más bien abstracta de la globalización.
    Su mejor público, por eso, quizás esté en un incicio entre los hijos de los dos millones de migrantes salidos del Perú en los últimos años. Aunque si algo quiere decir el éxito del espléndido narrador Alarcón, quizás a ellos todavía les interesa más la nostalgia que la vanguardia.
    ¿Cómo se va a vincular el stablishment literario y, a partir de allí, el público con este libro? Yo contemplo un proceso lento, pero a la vez siento, me siento parte ya del proceso de formación de un culto entorno a esta obra. No un culto satánico, por favor: un culto literario, un culto de entendimiento hermético y cerrado de algunas cosas que no todo el mundo va a poder compartir.
    Un proceso lento porque, además, se trata --lo he dicho y lo repetiré--, como suele suceder con las novelas vanguardistas, de una novela de lenguaje. Y además, en este caso, de una novela de la tipografía.
    A nadie le va a escapar la relación entre este drama en las alturas protagonizado por aviones y rascacielos, y el hybris, el desafío a los dioses en la búsqueda de altura que fue la Torre de Babel y todos sus idiomas juntos.
    Como dijo alguna vez un famoso vanguardista, y era Vallejo: "este libro ha nacido en la más absoluta orfandad, soy el único responsable de su estética". Orfandad quizás es mucho decir en esta época. Pero que Gutiérrez ha incursionado y nos presenta una estética de la cual él es, en este instante, el único responsable y se va a tener que abrir un camino en el Perú, estoy convencido.
    Felicitaciones.

    MIRKO LAUER

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  9. Anónimo15.5.08

    Voy a hablar tranquilo pero corto. Hay una ley en las presentaciones de libros según la cual cuanto más largo es el libro presentado, más cortas son las presentaciones. Voy a seguir esa ley:

    Yo vengo aquí como un lector de Bombardero, como una persona que lo ha leído, que le ha gustado. Y a explicar por qué me ha gustado y por qué me parece importante. Estas dos cosas, sobre todo. A mí me interesa Bombardero porque es un texto vanguardista y yo me he dedicado a estudiar en literatura los textos vanguardistas. Y es en el vanguardismo donde he encontrado una afinidad, una familiaridad.
    ¿Qué quiere decir vanguardismo en este caso? Quiere decir que es un libro que quiere apurar vertiginosamente la llegada de una modernidad a la conciencia cultural peruana. Quiere cortar camino, apurar las cosas y volvernos a todos los lectores más modernos.
    No es la primera vez que se ensaya y es un camino dificil y duro. Como decía en una frase inmejorable Aníbal Quijano, refiriéndose al vanguardismo de los años 20: "el vanguardismo es un intento de hacer imágenes crocantes, eléctricas, en un ambiente húmedo donde todo, comenzando por las galletas, se vuelve blando y después blandengue".
    Pero los textos vanguardistas sobreviven a eso. Y este es un texto, pues, como Cinco metros de poemas --que está en el otro extremo, que es un texto corto y que extrañamente también tiene físicamente, y más que físicamente, a Nueva York en el centro de su preocupacion en el año 1927--. Y este intento de apurar la modernidad tiene a su vez un parecido con la idea del bombardero, no solo el bombardero de Nueva York, todo bombardero tiene la urgencia de acelerar lo mas posible la llegada de su carga a su destino. El bombardero necesita bombardear, efectivamente, y un libro como éste necesita llegar a la gente.
    Y ese es, de alguna manera, uno de los dramas de esta obra. Porque aquí somos pocos y probalemente los compradores son pocos. Y probablemete los lectores son pocos. Y lo serán por un tiempo, porque un libro vanguardista es una de las cosas más difíciles, ¿no es cierto?, de imponer en un medio, de hacer llegar a un público. Y eso hace de nuestra reunión de hoy particularmente interesante, como las que han habido en el Británico y las muchas que habrán en el futuro.
    Esta idea de traer la modernidad, de entregarla, de tratar de proponérsela al país, es finalmente el juego conceptual que ilustra el libro entero de César Gutiérrez. Y es una experiencia transformadora, creo yo. Creo que, una vez leído, uno puede escuchar cómo el libro sigue cayendo a traves de nuestra curiosidad y manteniéndose en algún punto de ella.
    Porque con un libro tan novedoso, tan denso, tan lleno de niveles y subniveles, uno siempre se queda y se va a quedar --como en otros libros vanguardistas que ya mencionaré-- con la idea de que algo no ha llegado, de que algo no hemos comprendido.
    Es, por lo tanto, un libro para la relectura, mucho mas que un libro para el entretenimiento. Le iría muy bien si fuese un libro que se pueda leer de un tirón. A Dios gracias todavía hay libros que no se pueden leer de un tirón.
    Y en este caso la modernidad que Gutiérrez quiere apurar, trasladar y transportar es eso que ahora se llama "el tiempo real radical". Es decir, este presente absoluto que existe como una perplejidad en movimiento y que es inalcanzable por definición y que está definida, sobre todo, por la revolución tecnológica de las comunicaciones.
    Pero no solo eso, también hay presente real en las relaciones personales, en las relaciones laborales, en todas partes vemos que hay una especie de presente absoluto que, como se puede ver en el libro, se chupa el pasado y empieza a avanzar sobre el futuro desde ahora. Se va comiendo pedazos de futuro hacia adelante.
    Esto Gutiérrez lo entiende perfectamente bien como una revolución paralela de los sentidos, de los mercados y de los ritmos. Estas tres cosas --sentidos, mercados, ritmos-- creo que son finalmente los personajes en el libro. Y es notable, por lo menos en mi lectura, que haya logrado que tres cosas tan abstractas cobren una realidad y nos mantengan curiosos por saber qué nuevo giro, sentido, mercado y ritmo van a tomar más adelante.
    Y en esa medida el libro también es la introducción a un mundo que ya conocemos. Como es un libro que se asienta en el presente absoluto, es evidente que conocemos los acontecimientos, conocemos las marcas, conocemos muchas de las cosas sobre los personajes; sin embargo, no lo conocemos de la manera en que Gutiérrez lo presenta. Y eso es un desafio tremendo. Porque, claro, presentar mundos que no conocemos es un arte. Y es un arte que nos ha mantenido en muchas novelas. Pero leer a través del mundo cotidiano, del mundo familiar, del mundo de todos los dias, es realmente una cosa complicada. Y hacerlo a través de tantas páginas, muchísimo más.
    Yo compararía el libro y al autor con James Joyce en 1918 y con William Burroughs en 1959, hasta los años 70; es decir, Ulises, libro incomprensible en su momento que tuvo la suerte de ser prohibido y de ser censurado. Pero fuera de eso fue mucho más censurado que leído, en un primer momento, porque era difícil, era complicado. Y que levante la mano aquí la persona que pueda decir que ha leido el Ulises completo de una manera racional y razonable. Sigue siendo una experiencia complicada.
    Y lo mismo en el caso de William Burrougs con su famoso El almuerzo desnudo de 1959. Y como ellos, Gutiérrez ha pensado, ha considerado, que se puede acelerar la llegada bombardeadora de la realidad a través de una relación subversiva con el lenguaje. Y, en efecto, yo creo que se puede. Yo creo que esa es una de las maneras en que la modernidad --no la modernización, que está toda en los almacenes de Hiraoka--, la modernidad, que es la que está en nuestras conciencias, llega a través de la subversión del lenguaje.
    Y para este trabajo, el autor precisa mundos paralelos al suyo, mundos que no son solo el mundo de su lenguaje sino que son los mundos que se abren en este universo inmenso --con mil páginas creo que se puede decir inmenso--, universo de citas, alusiones, juegos, frases, donde todo el mundo va a encontrar su límite. Va a encontrar que Gutiérrez, como una especie de oráculo del presente, del presente absoluto y del mercado, siempre está hablando más allá de lo que nosotros vivimos como experiencia personal. Y ese es un pleanteamiento riesgoso porque es un libro que al menor descuido, en cualquier momento, se puede salir de la literatura.
    ¿Y donde encuentra esos mundos paralelos Gutiérrez? Yo pienso que los encuentra en esos presentes irónicos y absolutos de autores como Kurt Vonnegut, William Gibson, algo de Philip K. Dick y, ciertamente, David Mamet en su famoso Radiograma sobre el 9 de setiembre. Un mundo de citas y refrencias herméticas que no son, definitivamente, para los distraídos. Que son para los entendidos.
    A Vonnegut, sobre todo al Vonnegut inventor del famoso planeta Trafalmadore, Gutiérrez le debe el manejo amable del humor y el entendimiento de que la ciencia ficción y el ejercicicio de la imaginación no son contradictorios, como estamos descubriendo cada vez más en el cine norteamericano. Pueden ir juntos.
    A William Gibson, sobre todo al William Gibson de las novelas Neuromancer y Count Zero, y el célebre cuento "Burning Chrome", le debe Gutiérrez la vision de la tecnología como la saturación, en el sentido de la invasion del presente por parte del futuro. Es decir, "quemar a chrome", como en el cuento, como una versión de quemar Manhattan.
    Y esta es la parte que a mi más me ha interesado: este deseo exitoso de muchos lugares de liquidar el futuro, de hacernos sentir en algún momento que ya para qué, que ya lo estamos viviendo. Y que no va a haber más de lo que estamos viendo ahora. Es una perspectiva nihilista, aterradora, ¿no es cierto?, poco esperanzadora, pero que produce muy buena literatura.
    A William Burroughs le debe Gutiérrez, ciertamente, la idea del peligro, la idea de que todo este mundo novedoso de la tecnología es peligroso, no en el sentido reaccionario de la gente que dice "es peligroso el futuro, la cosa no es ya como era antes". No así. Es peligroso en el sentido de que, en el mundo que se viene, el peligro va a ser un elemento nuestro de cada día, si no lo es ya en algunos lugares. Y es Bourroughs y es Gutiérrez quien nos introduce a un mundo en el que casi uno podría decir la frase: "cómo podríamos vivir sin peligro".
    El peligro, una vez más, como una necesidad, como el pan llevar, como una necesidad básica del ser humano que, como todo vicio de ese tipo, se necesita en dosis cada vez más fuertes.
    De paso, Gutiérrez ha realizado una parte del sueño de Faulkner, quien en un texto de los años 30 reclamaba a su editor por qué en sus novelas no se podian usar colores distintos para distintos planos narrativos y para distintos personajes, de modo que hayan personajes que hablan en azul y ciudades donde todo es en rojo. O cosas de este tipo. Porque él creía que, con eso, se podía penetrar más a fondo en la explicación de las cosas.
    Nunca lo pudo hacer, pero Gutiérrez se acerca mucho, gracias a la computadora, cuando nos introduce a la gráfica de los nombres de los personajes y las personas. Esto es --para quienes no han leído el libro o no se han acercado--, no hay una sola marca registrada o nombre propio comercial que circule, no hay ningún logotipo que no aparezca en el texto tal cual aparece en la publicidad, en los cartelones y donde los veamos. Visa como Visa y Cocacola como Cocacola. Esto le da una textura a veces complicada de leer en el texto, y creo que es mucho más que un amaneramiento gráfico o un capricho computacional. Es parte de la estructura central del autismo no poder despegarse de las imágenes y rechazar, de alguna manera, la escritura como secuencia lineal y preferir esta forma de comunicación inmediata, que son los logotipos precisamente.
    Nosotros leemos frases pero miramos logotipos de una manera directa, de un solo golpe. Nadie mira Visa y lee "ve-i-ese-a". Visa es un logotipo familiar y la presencia de este tipo de invitación a una lectura distinta, creo yo, es una de las cosas que sostiene al lector en vilo, que lo mantiene en ese estado constantemente.
    Sin embargo, es una apuesta complicada porque un texto vanguardista es un texto kamikaze, es un texto exigente hasta el desafío. Primero, exigente con el propio autor. Yo lo he leído completo, pero sostengo que no es indispensable para todos llegar hasta el final porque, sostengo, es un libro difícil de leer. Donde además, como quería Juan Acha en el caso del arte plástico, que él estudiaba, Acha decía: "saquemos al entretenimiento de la ecuación". El arte no está allí para entretenernos. El arte está allí para muchísimas otras cosas, pero no necesariamente para entretenernos. Y yo casi diría que para mí no ha sido un libro entretenido, ha sido un libro formativo, ilustrativo, emocionante y muchas cosas.
    Pero exige, exige y exige.
    Más aun, mi sensación es que el primer capítulo, de alguna manera, cuenta toda la historia. Es probablemente --permítanme, somos pocos-- una hipérbole: probablemente uno de los dos o tres mejores primeros capítulos de una novela que yo pueda recordar en la narrativa peruana. Y en varias otras. A Dios gracias, por el largo del libro, es un primer capitulo que tiene 80 páginas. Es una novela corta en sí mismo. Y es realmente extraordinario. Y lo mantiene a uno suspendido, en vilo.
    Doble mérito, además, porque uno diría, bueno, el acto de dos aviones chocando contra dos edificios en Manhattan ya es espectacular de por sí, ¿qué se puede mejorar?, ¿qué se puede añadir? Pues sí: está todo añadido en ese capítulo. El capítulo no es una crónica: es una historia, es un relato en el que empezamos a descubrir cosas probablemente mucho más provocadoras que este acto aeronaútico. Y esto queda muy fuerte y es, de aguna manera, el telón de fondo de la novela.
    Y desde el capítulo dos la novela es para mí, para mí, una búsqueda obsesiva del autor. ¿Qué busca? Busca nuestra complicidad. Busca que ahora lo acompañemos en la detallada peripecia de su vida sometida a esa trituración que es el presente absoluto, que es lo actual radical, que es el devenir del ahora, de una manera tal que va borrando lo que queda detrás y comiéndose lo que iba a venir delante y quizás ya no venga.
    Esta es una exigencia de la lectura de novela en el país. Porque la lectura de novela en el país se ha vuelto un ejercicio que, desde hace por lo menos 30 años, viene siendo ablandado por la complicidad con lo lineal y lo previsible, por aquello que de alguna manera (un autor) llamó "prosa de mercado": la prosa de las grandes editoriales.
    Bombardero, como dije, trabaja con el anti-entretenimiento. Es decir, trabaja sí con la incomodidad del lector. Un proceso que, además, comienza con el peso y el volumen físico del libro: un kilo con docientos gramos, casi imposible de sostener. Y en esa medida, además, Gutiérrez es un erudito y es un académico a su manera, que apuesta a la existencia, a la supervivencia en el Perú de lectores que todavía sean capaces de ser a la narración lo que algunos teóricos de la música moderna llaman "la escucha activa": oyentes de música capaces de no convertir todo lo que oyen en música de fondo, poder verla como una presencia inmediata y viva.
    Y por eso digo que después de un primer capítulo de infarto (literalmente en el caso de algunos pasajeros, supongo), la obra se vuelve cada vez más exigente. Y en eso, cada vez más interesante. ¿Cuál es la historia? La historia es que vivimos en medio de la catástrofe personal y que la suma de catástrofes personales está barriendo con todo lo demás.
    ¿Hay una relación entre el contenido terrible y la densidad de esta obra literaria? ¿Por qué la necesidad de 500 páginas, que son en verdad mil cuando uno las mide bien en su extensión? Pero es que Gutiérrez quiere expresarse también a través de un formato: obligar al lector a un compromiso inusitado es clave en todo esfuerzo vanguardista, es crear un cenáculo, crear una célula de lectores para una obra que sucede, virtualmente toda, fuera del territorio geográfico.
    Lo cual tiene que ver con fundar otro territorio para los peruanos: de la misma manera en que Joyce funda otro territorio para los europeos y prácticamente inventa Irlanda para Europa, o como Malcom Lowry inventa méxico para los ingleses, aquí yo siento que hay nada menos que la invención del mundo cosmopolita para beneficio de los peruanos. Es decir, cuando se hable de globalización en el mundo de la cultura, sería indispensable entender que aquí ha habido un esfuerzo de ponerle carne a esa osamenta más bien abstracta de la globalización.
    Su mejor público, por eso, quizás esté en un incicio entre los hijos de los dos millones de migrantes salidos del Perú en los últimos años. Aunque si algo quiere decir el éxito del espléndido narrador Alarcón, quizás a ellos todavía les interesa más la nostalgia que la vanguardia.
    ¿Cómo se va a vincular el stablishment literario y, a partir de allí, el público con este libro? Yo contemplo un proceso lento, pero a la vez siento, me siento parte ya del proceso de formación de un culto entorno a esta obra. No un culto satánico, por favor: un culto literario, un culto de entendimiento hermético y cerrado de algunas cosas que no todo el mundo va a poder compartir.
    Un proceso lento porque, además, se trata --lo he dicho y lo repetiré--, como suele suceder con las novelas vanguardistas, de una novela de lenguaje. Y además, en este caso, de una novela de la tipografía.
    A nadie le va a escapar la relación entre este drama en las alturas protagonizado por aviones y rascacielos, y el hybris, el desafío a los dioses en la búsqueda de altura que fue la Torre de Babel y todos sus idiomas juntos.
    Como dijo alguna vez un famoso vanguardista, y era Vallejo: "este libro ha nacido en la más absoluta orfandad, soy el único responsable de su estética". Orfandad quizás es mucho decir en esta época. Pero que Gutiérrez ha incursionado y nos presenta una estética de la cual él es, en este instante, el único responsable y se va a tener que abrir un camino en el Perú, estoy convencido.
    Felicitaciones.

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  10. Anónimo15.5.08

    Voy a hablar tranquilo pero corto. Hay una ley en las presentaciones de libros según la cual cuanto más largo es el libro presentado, más cortas son las presentaciones. Voy a seguir esa ley:

    Yo vengo aquí como un lector de Bombardero, como una persona que lo ha leído, que le ha gustado. Y a explicar por qué me ha gustado y por qué me parece importante. Estas dos cosas, sobre todo. A mí me interesa Bombardero porque es un texto vanguardista y yo me he dedicado a estudiar en literatura los textos vanguardistas. Y es en el vanguardismo donde he encontrado una afinidad, una familiaridad.
    ¿Qué quiere decir vanguardismo en este caso? Quiere decir que es un libro que quiere apurar vertiginosamente la llegada de una modernidad a la conciencia cultural peruana. Quiere cortar camino, apurar las cosas y volvernos a todos los lectores más modernos.
    No es la primera vez que se ensaya y es un camino dificil y duro. Como decía en una frase inmejorable Aníbal Quijano, refiriéndose al vanguardismo de los años 20: "el vanguardismo es un intento de hacer imágenes crocantes, eléctricas, en un ambiente húmedo donde todo, comenzando por las galletas, se vuelve blando y después blandengue".
    Pero los textos vanguardistas sobreviven a eso. Y este es un texto, pues, como Cinco metros de poemas --que está en el otro extremo, que es un texto corto y que extrañamente también tiene físicamente, y más que físicamente, a Nueva York en el centro de su preocupacion en el año 1927--. Y este intento de apurar la modernidad tiene a su vez un parecido con la idea del bombardero, no solo el bombardero de Nueva York, todo bombardero tiene la urgencia de acelerar lo mas posible la llegada de su carga a su destino. El bombardero necesita bombardear, efectivamente, y un libro como éste necesita llegar a la gente.
    Y ese es, de alguna manera, uno de los dramas de esta obra. Porque aquí somos pocos y probalemente los compradores son pocos. Y probablemete los lectores son pocos. Y lo serán por un tiempo, porque un libro vanguardista es una de las cosas más difíciles, ¿no es cierto?, de imponer en un medio, de hacer llegar a un público. Y eso hace de nuestra reunión de hoy particularmente interesante, como las que han habido en el Británico y las muchas que habrán en el futuro.
    Esta idea de traer la modernidad, de entregarla, de tratar de proponérsela al país, es finalmente el juego conceptual que ilustra el libro entero de César Gutiérrez. Y es una experiencia transformadora, creo yo. Creo que, una vez leído, uno puede escuchar cómo el libro sigue cayendo a traves de nuestra curiosidad y manteniéndose en algún punto de ella.
    Porque con un libro tan novedoso, tan denso, tan lleno de niveles y subniveles, uno siempre se queda y se va a quedar --como en otros libros vanguardistas que ya mencionaré-- con la idea de que algo no ha llegado, de que algo no hemos comprendido.
    Es, por lo tanto, un libro para la relectura, mucho mas que un libro para el entretenimiento. Le iría muy bien si fuese un libro que se pueda leer de un tirón. A Dios gracias todavía hay libros que no se pueden leer de un tirón.
    Y en este caso la modernidad que Gutiérrez quiere apurar, trasladar y transportar es eso que ahora se llama "el tiempo real radical". Es decir, este presente absoluto que existe como una perplejidad en movimiento y que es inalcanzable por definición y que está definida, sobre todo, por la revolución tecnológica de las comunicaciones.
    Pero no solo eso, también hay presente real en las relaciones personales, en las relaciones laborales, en todas partes vemos que hay una especie de presente absoluto que, como se puede ver en el libro, se chupa el pasado y empieza a avanzar sobre el futuro desde ahora. Se va comiendo pedazos de futuro hacia adelante.
    Esto Gutiérrez lo entiende perfectamente bien como una revolución paralela de los sentidos, de los mercados y de los ritmos. Estas tres cosas --sentidos, mercados, ritmos-- creo que son finalmente los personajes en el libro. Y es notable, por lo menos en mi lectura, que haya logrado que tres cosas tan abstractas cobren una realidad y nos mantengan curiosos por saber qué nuevo giro, sentido, mercado y ritmo van a tomar más adelante.
    Y en esa medida el libro también es la introducción a un mundo que ya conocemos. Como es un libro que se asienta en el presente absoluto, es evidente que conocemos los acontecimientos, conocemos las marcas, conocemos muchas de las cosas sobre los personajes; sin embargo, no lo conocemos de la manera en que Gutiérrez lo presenta. Y eso es un desafio tremendo. Porque, claro, presentar mundos que no conocemos es un arte. Y es un arte que nos ha mantenido en muchas novelas. Pero leer a través del mundo cotidiano, del mundo familiar, del mundo de todos los dias, es realmente una cosa complicada. Y hacerlo a través de tantas páginas, muchísimo más.
    Yo compararía el libro y al autor con James Joyce en 1918 y con William Burroughs en 1959, hasta los años 70; es decir, Ulises, libro incomprensible en su momento que tuvo la suerte de ser prohibido y de ser censurado. Pero fuera de eso fue mucho más censurado que leído, en un primer momento, porque era difícil, era complicado. Y que levante la mano aquí la persona que pueda decir que ha leido el Ulises completo de una manera racional y razonable. Sigue siendo una experiencia complicada.
    Y lo mismo en el caso de William Burrougs con su famoso El almuerzo desnudo de 1959. Y como ellos, Gutiérrez ha pensado, ha considerado, que se puede acelerar la llegada bombardeadora de la realidad a través de una relación subversiva con el lenguaje. Y, en efecto, yo creo que se puede. Yo creo que esa es una de las maneras en que la modernidad --no la modernización, que está toda en los almacenes de Hiraoka--, la modernidad, que es la que está en nuestras conciencias, llega a través de la subversión del lenguaje.
    Y para este trabajo, el autor precisa mundos paralelos al suyo, mundos que no son solo el mundo de su lenguaje sino que son los mundos que se abren en este universo inmenso --con mil páginas creo que se puede decir inmenso--, universo de citas, alusiones, juegos, frases, donde todo el mundo va a encontrar su límite. Va a encontrar que Gutiérrez, como una especie de oráculo del presente, del presente absoluto y del mercado, siempre está hablando más allá de lo que nosotros vivimos como experiencia personal. Y ese es un pleanteamiento riesgoso porque es un libro que al menor descuido, en cualquier momento, se puede salir de la literatura.
    ¿Y donde encuentra esos mundos paralelos Gutiérrez? Yo pienso que los encuentra en esos presentes irónicos y absolutos de autores como Kurt Vonnegut, William Gibson, algo de Philip K. Dick y, ciertamente, David Mamet en su famoso Radiograma sobre el 9 de setiembre. Un mundo de citas y refrencias herméticas que no son, definitivamente, para los distraídos. Que son para los entendidos.
    A Vonnegut, sobre todo al Vonnegut inventor del famoso planeta Trafalmadore, Gutiérrez le debe el manejo amable del humor y el entendimiento de que la ciencia ficción y el ejercicicio de la imaginación no son contradictorios, como estamos descubriendo cada vez más en el cine norteamericano. Pueden ir juntos.
    A William Gibson, sobre todo al William Gibson de las novelas Neuromancer y Count Zero, y el célebre cuento "Burning Chrome", le debe Gutiérrez la vision de la tecnología como la saturación, en el sentido de la invasion del presente por parte del futuro. Es decir, "quemar a chrome", como en el cuento, como una versión de quemar Manhattan.
    Y esta es la parte que a mi más me ha interesado: este deseo exitoso de muchos lugares de liquidar el futuro, de hacernos sentir en algún momento que ya para qué, que ya lo estamos viviendo. Y que no va a haber más de lo que estamos viendo ahora. Es una perspectiva nihilista, aterradora, ¿no es cierto?, poco esperanzadora, pero que produce muy buena literatura.
    A William Burroughs le debe Gutiérrez, ciertamente, la idea del peligro, la idea de que todo este mundo novedoso de la tecnología es peligroso, no en el sentido reaccionario de la gente que dice "es peligroso el futuro, la cosa no es ya como era antes". No así. Es peligroso en el sentido de que, en el mundo que se viene, el peligro va a ser un elemento nuestro de cada día, si no lo es ya en algunos lugares. Y es Bourroughs y es Gutiérrez quien nos introduce a un mundo en el que casi uno podría decir la frase: "cómo podríamos vivir sin peligro".
    El peligro, una vez más, como una necesidad, como el pan llevar, como una necesidad básica del ser humano que, como todo vicio de ese tipo, se necesita en dosis cada vez más fuertes.
    De paso, Gutiérrez ha realizado una parte del sueño de Faulkner, quien en un texto de los años 30 reclamaba a su editor por qué en sus novelas no se podian usar colores distintos para distintos planos narrativos y para distintos personajes, de modo que hayan personajes que hablan en azul y ciudades donde todo es en rojo. O cosas de este tipo. Porque él creía que, con eso, se podía penetrar más a fondo en la explicación de las cosas.
    Nunca lo pudo hacer, pero Gutiérrez se acerca mucho, gracias a la computadora, cuando nos introduce a la gráfica de los nombres de los personajes y las personas. Esto es --para quienes no han leído el libro o no se han acercado--, no hay una sola marca registrada o nombre propio comercial que circule, no hay ningún logotipo que no aparezca en el texto tal cual aparece en la publicidad, en los cartelones y donde los veamos. Visa como Visa y Cocacola como Cocacola. Esto le da una textura a veces complicada de leer en el texto, y creo que es mucho más que un amaneramiento gráfico o un capricho computacional. Es parte de la estructura central del autismo no poder despegarse de las imágenes y rechazar, de alguna manera, la escritura como secuencia lineal y preferir esta forma de comunicación inmediata, que son los logotipos precisamente.
    Nosotros leemos frases pero miramos logotipos de una manera directa, de un solo golpe. Nadie mira Visa y lee "ve-i-ese-a". Visa es un logotipo familiar y la presencia de este tipo de invitación a una lectura distinta, creo yo, es una de las cosas que sostiene al lector en vilo, que lo mantiene en ese estado constantemente.
    Sin embargo, es una apuesta complicada porque un texto vanguardista es un texto kamikaze, es un texto exigente hasta el desafío. Primero, exigente con el propio autor. Yo lo he leído completo, pero sostengo que no es indispensable para todos llegar hasta el final porque, sostengo, es un libro difícil de leer. Donde además, como quería Juan Acha en el caso del arte plástico, que él estudiaba, Acha decía: "saquemos al entretenimiento de la ecuación". El arte no está allí para entretenernos. El arte está allí para muchísimas otras cosas, pero no necesariamente para entretenernos. Y yo casi diría que para mí no ha sido un libro entretenido, ha sido un libro formativo, ilustrativo, emocionante y muchas cosas.
    Pero exige, exige y exige.
    Más aun, mi sensación es que el primer capítulo, de alguna manera, cuenta toda la historia. Es probablemente --permítanme, somos pocos-- una hipérbole: probablemente uno de los dos o tres mejores primeros capítulos de una novela que yo pueda recordar en la narrativa peruana. Y en varias otras. A Dios gracias, por el largo del libro, es un primer capitulo que tiene 80 páginas. Es una novela corta en sí mismo. Y es realmente extraordinario. Y lo mantiene a uno suspendido, en vilo.
    Doble mérito, además, porque uno diría, bueno, el acto de dos aviones chocando contra dos edificios en Manhattan ya es espectacular de por sí, ¿qué se puede mejorar?, ¿qué se puede añadir? Pues sí: está todo añadido en ese capítulo. El capítulo no es una crónica: es una historia, es un relato en el que empezamos a descubrir cosas probablemente mucho más provocadoras que este acto aeronaútico. Y esto queda muy fuerte y es, de aguna manera, el telón de fondo de la novela.
    Y desde el capítulo dos la novela es para mí, para mí, una búsqueda obsesiva del autor. ¿Qué busca? Busca nuestra complicidad. Busca que ahora lo acompañemos en la detallada peripecia de su vida sometida a esa trituración que es el presente absoluto, que es lo actual radical, que es el devenir del ahora, de una manera tal que va borrando lo que queda detrás y comiéndose lo que iba a venir delante y quizás ya no venga.
    Esta es una exigencia de la lectura de novela en el país. Porque la lectura de novela en el país se ha vuelto un ejercicio que, desde hace por lo menos 30 años, viene siendo ablandado por la complicidad con lo lineal y lo previsible, por aquello que de alguna manera (un autor) llamó "prosa de mercado": la prosa de las grandes editoriales.
    Bombardero, como dije, trabaja con el anti-entretenimiento. Es decir, trabaja sí con la incomodidad del lector. Un proceso que, además, comienza con el peso y el volumen físico del libro: un kilo con docientos gramos, casi imposible de sostener. Y en esa medida, además, Gutiérrez es un erudito y es un académico a su manera, que apuesta a la existencia, a la supervivencia en el Perú de lectores que todavía sean capaces de ser a la narración lo que algunos teóricos de la música moderna llaman "la escucha activa": oyentes de música capaces de no convertir todo lo que oyen en música de fondo, poder verla como una presencia inmediata y viva.
    Y por eso digo que después de un primer capítulo de infarto (literalmente en el caso de algunos pasajeros, supongo), la obra se vuelve cada vez más exigente. Y en eso, cada vez más interesante. ¿Cuál es la historia? La historia es que vivimos en medio de la catástrofe personal y que la suma de catástrofes personales está barriendo con todo lo demás.
    ¿Hay una relación entre el contenido terrible y la densidad de esta obra literaria? ¿Por qué la necesidad de 500 páginas, que son en verdad mil cuando uno las mide bien en su extensión? Pero es que Gutiérrez quiere expresarse también a través de un formato: obligar al lector a un compromiso inusitado es clave en todo esfuerzo vanguardista, es crear un cenáculo, crear una célula de lectores para una obra que sucede, virtualmente toda, fuera del territorio geográfico.
    Lo cual tiene que ver con fundar otro territorio para los peruanos: de la misma manera en que Joyce funda otro territorio para los europeos y prácticamente inventa Irlanda para Europa, o como Malcom Lowry inventa méxico para los ingleses, aquí yo siento que hay nada menos que la invención del mundo cosmopolita para beneficio de los peruanos. Es decir, cuando se hable de globalización en el mundo de la cultura, sería indispensable entender que aquí ha habido un esfuerzo de ponerle carne a esa osamenta más bien abstracta de la globalización.
    Su mejor público, por eso, quizás esté en un incicio entre los hijos de los dos millones de migrantes salidos del Perú en los últimos años. Aunque si algo quiere decir el éxito del espléndido narrador Alarcón, quizás a ellos todavía les interesa más la nostalgia que la vanguardia.
    ¿Cómo se va a vincular el stablishment literario y, a partir de allí, el público con este libro? Yo contemplo un proceso lento, pero a la vez siento, me siento parte ya del proceso de formación de un culto entorno a esta obra. No un culto satánico, por favor: un culto literario, un culto de entendimiento hermético y cerrado de algunas cosas que no todo el mundo va a poder compartir.
    Un proceso lento porque, además, se trata --lo he dicho y lo repetiré--, como suele suceder con las novelas vanguardistas, de una novela de lenguaje. Y además, en este caso, de una novela de la tipografía.
    A nadie le va a escapar la relación entre este drama en las alturas protagonizado por aviones y rascacielos, y el hybris, el desafío a los dioses en la búsqueda de altura que fue la Torre de Babel y todos sus idiomas juntos.
    Como dijo alguna vez un famoso vanguardista, y era Vallejo: "este libro ha nacido en la más absoluta orfandad, soy el único responsable de su estética". Orfandad quizás es mucho decir en esta época. Pero que Gutiérrez ha incursionado y nos presenta una estética de la cual él es, en este instante, el único responsable y se va a tener que abrir un camino en el Perú, estoy convencido.
    Felicitaciones.

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  11. Anónimo15.5.08

    WUAW! QUÉ AFAN DE NOTORIEDAD! No el de Lauer ni el de Ampuero, claro está. sino el de Cesarín Guti.

    Perleche vanguardista

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  12. ¿Vanguardia en el siglo XXI, cuando ésta se ha convertido ya en tradicional, y cada vez es más representativa del statu quo? Por favor, Mirko, -como le dijo una vez Luis Alberto Sánchez a Martín Adán-, "ya estamos viejos para esas cojudeces"
    Por mi parte, por lo que dice Mirko, diría esa es la novela más provinciana de los los últimos años -no ha pasado por allí nada de lo se ha hecho en los últimos cincuenta años en literatura más de avanzada (parodiar la vanguardia, por ejemplo), típico en un escritor que desde la provincia -Arequipa- quiere dárselas de cosmopolita.

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  13. Anónimo17.5.08

    y cuál sería el problema, Carlos, de "dársela de cosmpolita desde la provincia?

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