7.5.08

Razones para escribir

Cuando se encuentra un sentido ético a la escritura resultan superficiales las discusiones –y además, refritas- sobre la muerte del género de la novela y veleidades afines. David Grossman conforma la trinidad contemporánea de la novela israelí junto con A. B. Yehoshua y Amos Oz. Hace poco escribió una carta muy sentida pidiendo por la paz en el Medio Oriente, y hace unas semanas apenas perdió a su hijo de 20 años en una guerra tan estúpida como fuerte. Ahora publica un Yo escribo en el reciente numero de Letras Libres, que consigno por partes:

Es difícil hablar de uno mismo, así que antes de hablar sobre mi experiencia en la escritura, en este momento de mi vida, quiero decir unas cuantas cosas sobre el impacto que una catástrofe, una situación traumática, tiene sobre una sociedad entera, sobre un pueblo entero.
(…)
Siento que yo, y la gente que veo y que conozco a mi alrededor, llevamos una pesada carga, precio de este continuo estado de guerra. En él, el “área superficial” del alma que tiene contacto con el mundo violento y amenazante se encoge. La habilidad –y la disposición– de identificarse, incluso un poco, con el dolor de los otros se limita; el juicio moral se suspende. Casi todos sentimos desesperación ante la imposibilidad de llegar a comprender nuestros verdaderos pensamientos, inmersos como estamos en un estado de cosas que es demasiado aterrador y engañoso y complejo, tanto en términos morales como prácticos; de ahí que uno se convenza de que sería mejor no pensar, y opte por no saber… quizá esté mejor si dejo la tarea de pensar y de actuar y de establecer normas morales en manos de aquellos que, supuestamente, podrían saber más.
(…)
Mis pensamientos no sólo se refieren al conflicto en Medio Oriente. En demasiadas partes del mundo, hoy día, miles de millones de personas se enfrentan a una “situación” de alguna clase en la que la existencia personal y los valores, la libertad y la identidad están, hasta cierto punto, bajo amenaza. Casi todos nosotros tenemos una “situación” propia, una maldición propia. Cada uno de nosotros siente –o puede intuir– cómo nuestra “situación” especial puede convertirse rápidamente en una trampa que nos arrebatará la libertad, el sentido de hogar que nuestro país nos da, nuestro lenguaje privado, nuestro libre albedrío.
(…)
En lo que a mí respecta, en la ficción que he escrito en años recientes he dado la espalda, casi intencionalmente, a la feroz realidad de mi país, esa realidad del último cable informativo. Ya antes había escrito libros sobre esta realidad, e incluso en años recientes nunca dejé de escribir sobre ella, nunca dejé de hacer un intento por comprenderla, en artículos y en ensayos y en entrevistas. Participé en decenas de protestas, en iniciativas internacionales por la paz. Me reuní con mis vecinos –algunos de ellos enemigos míos– en cada oportunidad que estimé cargada de posibilidad para el diálogo. Y, sin embargo, en años recientes, fruto de una decisión consciente, y casi a manera de protesta, no escribí sobre estas zonas de desastre en mi literatura.
¿Por qué? Porque quería escribir sobre otras cosas igualmente importantes, que no gozan del tiempo y de la pasión y de la completa atención de la gente cuando la guerra, casi eterna, retumba.
(…)
Es difícil hablar sobre uno mismo, sobre todo cuando se trata de estos temas. Sólo diré lo que puedo decir en este momento, y desde el lugar donde me encuentro.
Escribo. A raíz de la muerte de mi hijo Uri, el verano pasado en la guerra entre Israel y Líbano, la conciencia de lo sucedido está presente en cada momento de mi vida. El poder de la memoria es realmente enorme y pesado, y por momentos tiene una cualidad paralizante. Sin embargo, el acto mismo de escribir en esos momentos crea un espacio para mí, una perspectiva que nunca he conocido antes, donde la muerte no es sólo la negación absoluta, unidimensional de la vida.
Los escritores que están aquí sentados en este auditorio lo saben: cuando escribimos, sentimos que el mundo se mueve, flexible, rebosante de posibilidades. Sin duda no está congelado. Dondequiera que la existencia humana perviva, no hay congelamiento ni hay parálisis y, de hecho, no hay statu quo. Incluso si en ocasiones erramos al pensar que hay un statu quo; incluso si algunos se empeñan en hacernos creer que existe un statu quo.
Cuando escribo, incluso ahora, el mundo no se cierra sobre mí, y no se hace cada vez más pequeño: muestra signos de apertura y de futuro.
Escribo. Imagino. El acto de imaginar por sí mismo me vivifica. No estoy congelado y paralizado ante el depredador.
Invento personajes. Por momentos me siento como si estuviera desenterrando a la gente del hielo con que la realidad los ha cubierto, pero quizás, más que nada, es a mí mismo a quien desentierro ahora.
Escribo. Siento la riqueza de posibilidades inherente a cualquier situación humana. Percibo mi capacidad de elegir entre ellas. La dulzura de la libertad, que creía perdida para mí. Me dejo llevar por la exuberancia de un lenguaje verdadero, personal, íntimo. Recuerdo el deleite de la respiración natural y plena cuando logro escapar de la claustrofobia del eslogan y el cliché. Súbitamente comienzo a respirar con ambos pulmones.
Escribo, y siento cómo el uso correcto y preciso de las palabras es a veces como una cura para la enfermedad. Una forma de purificar el aire que respiro de la turbiedad y las manipulaciones de los villanos de la lengua. Escribo y siento cómo la ternura y la intimidad que guardo respecto del lenguaje, en sus diversos estratos, su erotismo y su humor y su alma, me devuelven a la persona que solía ser, antes de que mi Ser fuese nacionalizado y confiscado por el conflicto, por gobiernos y por ejércitos, por la desesperanza y la tragedia.
Escribo. Me eximo de una dudosa y distintiva capacidad que se tiene en el estado de guerra en que vivo: la capacidad de ser un enemigo, de ser sólo un enemigo. Hago lo más que puedo por no escudarme ante la justedad y el sufrimiento de mi enemigo. Ni ante la tragedia y la confusión de su vida. Ni ante sus errores o sus crímenes, ni ante la conciencia de lo que yo mismo le inflijo. Y tampoco ante las sorprendentes similitudes que encuentro entre él y yo.
(…)
Escribo. Le doy a un mundo externo y extraño mis palabras más íntimas y privadas. En cierto sentido, hago de ése mi mundo. En cierto sentido, regreso después de sentirme exiliado y extranjero para sentirme ahora en Casa. Así, ya estoy produciendo un pequeño cambio en lo que antes me parecía imposible de cambiar. Y cuando describo la más impenetrable arbitrariedad que signa mi destino –ya esté dicha arbitrariedad en manos de un hombre, o en manos del hado– descubro repentinamente nuevos matices, nuevas sutilezas. Descubro que el mero acto de escribir sobre la arbitrariedad me permite sentir una libertad de movimientos asociada a dicho acto. Siento que con el solo hecho de enfrentar la arbitrariedad me es otorgada la libertad –quizás la única libertad que un hombre pueda tener contra la arbitrariedad– la libertad de verter la propia tragedia en las propias palabras. La libertad de expresarse de forma diferente, nueva, ante eso que amenaza con encadenarnos e imponernos las definiciones limitadas, fosilizadas de la arbitrariedad.
Escribo también sobre lo que ya no puede volver. Y sobre eso para lo que no tenemos consuelo. También entonces, de una forma que aún encuentro inexplicable, las circunstancias de mi vida no se cierran sobre mí dejándome paralizado. Muchas veces cada día, cuando me siento ante mi escritorio, toco la aflicción y la pérdida como alguien que tocara la electricidad con sus manos desnudas y, sin embargo, no muero. No puedo entender cómo opera este milagro. Quizás una vez que termine de escribir esta novela trate de comprenderlo. Pero ahora no. Es muy pronto.
(…)
Escribimos. El mundo no se cierra sobre nosotros. Qué afortunados somos. El mundo no se hace cada vez más pequeño. ~


El texto es la transcripción de una conferencia que diera el escritor en la famosa Catedra Arthur Miller. La traduccion estuvo a cargo de Marianela Santoveña. Si desean pueden visitar Letras Libres.

(David Grossman, novelista)

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