6.6.08


Felisberto Hernández y el agua sagrada

Una lectura de “La casa inundada”. En la calidez de mi habitación, en un silencio tibio que es a su manera como estar rodeado de agua (placental, digamos). Una lectura que me arroja una serie casi continua de pequeñas sorpresas, de escándalos del pensamiento, nimios. Tengo a la mano algunos de los mejores diccionarios de símbolos, por fortuna. Reviso, en cada uno de ellos, la extensa y ordenada simbología de aquel elemento esencial. El más completo en este punto es el monumental Diccionario de los símbolos (1999) de Chevalier-Gheerbrandt, que sintetiza los sentidos del agua en tres grandes ámbitos: fuente de vida, medio de purificación, centro de regeneración. El agua es además –y esto está relacionado con aquellos significados- la materia prima por excelencia, la suma de todas las posibilidades de lo existente, la muerte final de todo lo creado (los diluvios).

Nada de eso, extrañamente, da una idea completa de lo que parece sugerir el relato de Felisberto Hernández; todo ello, a su vez, de algún modo alude al texto y a su historia. Comenzaré entonces por esto último, pues no hay duda que tendré que vérmelas yo solo, sin ayuda simbológica, contra semejante reto narrativo. Hay una mujer que vive y domina en una demencial residencia completamente inundada de agua. La mujer tiene una relación especial con ese elemento, una suerte de militancia o afiliación religiosa a él. El narrador protagonista es invitado a pasar una temporada en la casa. Es escritor, es perceptivo, es abierto. El relato es el minucioso recuento de todas las peripecias que ese escritor pasa en sus dos breves temporadas en aquella casa, de donde es desalojado y vuelto a alojar, hasta su desagüe (impropio decir “destierro”) final.

Nueva relación. El narrador establece poco a poco una relación de dependencia con la mujer. El narrador, paulatinamente también, es introducido en lo que llamaré una nueva relación con el agua. Me refiero no solo a una relación más allá de lo práctico con ese elemento, sino a un entendimiento superior de su naturaleza y de sus posibilidades:

Ella quería que el agua se confundiera con el silencio de sueños tranquilos, o de conversaciones bajas de familias felices (…)También quería andar sobre el agua con la lentitud de una nube y llevar en las manos libros, como aves inofensivas. Pero lo que más quería es comprender el agua (…) el agua lleva dentro de sí algo que ha recogido en otro lado y no sé de qué manera me entregará pensamientos que no son los míos y que son para mí. (pp 262)*

El narrador llega a recordar, con cierto nivel de precisión, algunos avances de la mujer entorno a su comprensión distinta del agua, en acuerdo a la idea general de que “hay que cultivar los recuerdos en el agua, que el agua elabora lo que en ella se refleja y que recibe el pensamiento”. (Como se ve, hay una dinámica especular con el agua, a ser desarrollada o desentrañada –emergida.). Un arroyo, por ejemplo, le parece que “corre con una esperanza desinteresada y nadie puede con ella”; pero si el agua que corre no es generosa, entonces puede empozarse y ese pozo ser “como la cabeza de un loco”. Esta nueva relación con un objeto de la realidad, por más prestigioso que sea, tiene un clímax cuando la señorita Margarita, luego de haber desfogado un llanto nostálgico, vuelve a su obsesión con las aguas quietas:

Yo debo preferir, seguía pensando, el agua que esté detenida en la noche para que el silencio se eche lentamente sobre ella y todo se llene de sueño y de plantas enmarañadas. Eso es más parecido al agua que llevo en mí; si cierro los ojos siento como si las manos de una ciega tantearan la superficie de su propia agua y recordara borrosamente un agua entre plantas que vio en la niñez, cuando aún le quedaba un poco de vista. (pp. 251)


Lógica ritual. No estamos aquí, es claro como el agua, en el terreno de la realidad causal, ni siquiera plenamente en el de la ficción convencional. Pero tampoco se trata de un mero fantaseo onanista o de un rol onírico de hechos inconexos o lejanamente asociados. Hay un rigor distinto en este relato donde lo ritual ejerce un poder de cohesión que la lógica formal y aún la ficcional no han llegado a establecer (o se ha desestimado que establezcan). Poco importa que el narrador anuncie inconvenientemente el reinicio de la historia que quiere contar desde otra perspectiva

Pero ahora yo debo esforzarme en empezar esta historia por su verdadero principio, y no detenerme demasiado en las preferencias de los recuerdos. (pp 237),

pues el lector ya está engagé con la suave obsesividad con que el narrador empieza a seguir hasta el final las instrucciones rituálicas, casi chamánicas, de esa enorme y oscuramente maternal mujer. Las restricciones que implementa en la casa, la sutileza enigmática con que maneja la relación con el narrador, sus elaboraciones conceptuales sorprendentes y de una extraña poeticidad, las arduas ceremonias acuáticas a que somete a su invitado, apuntan secretamente a la implementación de una lógica sacra (en el más amplio sentido) que tiene que ver con una visión religiosa de la realidad y, obvio, del agua:

y a medida que el relato avanzaba el agua se iba presentando como el espíritu de una religión que nos sorprendiera en formas diferentes, y los pecados, en esa agua, tenían otro sentido y no importaba tanto su significado. El sentimiento de una religión del agua era cada vez más fuerte. Aunque la señora Margarita y yo éramos los únicos fieles de carne y hueso, los recuerdos de agua que yo recibía en mi propia vida, en las intermitencias del relato, también me parecían fieles de esa religión; llegaban con lentitud, como si hubieran emprendido el viaje desde hacía mucho tiempo y apenas cometido un gran pecado. (pp 252)

De hecho la ruptura por parte del narrador de un delicado trance ceremonial -que incluía la adoración de un sugerente “chivo blanco de barba parado sobre sus patas traseras”- desencadena su expulsión de la casa inundada y el final de su relación con la mujer, y del cuento en sí. No es, pues, la desconfianza, el escepticismo (manifiesto veladamente por ahí) o la desilusión (acaso esbozada en las páginas finales) surgidos en él lo que determina el final del juego sagrado, sino el incumplimiento de una liturgia secreta e inmarcesible.

Estrategias expresivas. ¿Cómo hace Felisberto para equilibrar en el nivel expresivo la alucinante tarea de hacer creíble semejante historia? El espacio no me deja explayarme, así que solo señalaré dos rasgos complementarios: recurre, cuando es conveniente, al uso de expresiones que introducen una profunda subjetividad e incertidumbre en el relato:

“tuve la impresión de que…”


“no sé por qué tenía miedo…”

“yo pensaba que…”

“aquella región me pareció…”

No sé por qué causa, Alcides…”

“y no sé en qué pensamientos andaría cuando…”



Y cuando es adecuado a su personal estrategia narrativa, el relato se vuelve afirmativo, seguro, de un gran rigor descriptivo y asertivo.

Me dijo que me invitaba para el atardecer a una sesión de homenaje al agua. Al atardecer yo oí el ruido de las budineras, con las corridas de María, y confirmé mis temores: tendría que acompañarla en su “velorio”. Ella me esperó al pie de la escalera cuando era casi de noche. Al entrar, de espaldas a la primera habitación, me di cuenta de que había estado oyendo un ruido de agua y ahora era más intenso. En esa habitación vi un trinchante. (Las ondas del bote lo hicieron mover sobre sus gomas infladas, y sonaron un poco las copas y las cadenas con que estaba sujeto a la pared.) Al otro lado de la habitación había una especia de balsa, redonda, con una mesa en el centro y sillas recostadas a una baranda…” (pp 258)

Me eximo de registrar aquella elaborada ceremonia de homenaje al agua. Ha sido descrita con fruitivo detenimiento, con un detallismo tan vívido que el pasaje se destaca como si la ambigüedad y la falta de certidumbre del narrador constituyeran la aleación en la que se engasta la joya (litúrgica) de aquella ceremonia final -más que onírica, más que “surrealista”, más que paranoide-, para mostrarse en todo su fulgor. Un fulgor religioso, sin duda.

*Todas las citas son de la sexta edición de las Obras completas publicadas por Siglo XXI (2000).

Comentario de Enrique Vila-Matas (y foto): "Leyendo tu nota sobre Felisberto y el agua, me ha venido a la memoria una cita de Abel Bonnard sobre el agua y los peces:


"El mundo de los peces es una fiesta sin alegría; maravilla los ojos dejando indiferente el corazón".

Para no perder la costumbre, mando otra foto de mi nueva etapa. Un abrazo. Enrique"


No está demás recordar que Abel Bonnard fue un poeta y novelista francés del siglo veinte, autor de Elogio de la ignorancia (1926) y otros títulos tal vez olvidados.


Comentario de Fernando Ampuero: "Muy buena tu nota sobre Filisberto. Yo descubrí tarde a este autor, hace cosa de diez años, gracias a un artículo de Julio Cortázar, que lo enzalzaba y prácticamente lo reconocía como su antecesor directo. Me impresionó sobre todo el cuento que citas, La casa inundada, un texto en el que el lector flota suavemente a la deriva, pero con el pulso acelerado. Filisberto tiene la veracidad de los sueños, en el momento justo en que los estamos soñando. Por varias partes yo encontré vasos comunicantes con mi cuento Malos modales, donde también hay una mujer y una casa al borde del mar que, en días de mareas altas, se inunda. Esa casa, que quedaba en La Punta, existió y yo la visité mucho. Las olas rompían estrepitosamente contra la puerta falsa e inundaban lo que había sido el garage de los botes, zonas ya inutilizadas. La familia de La zurda ocupaba solo la parte delantera de la casa.
Gran abrazo, Fernando."




(Felisberto Hernández. Portada. Enrique Vila-Matas.)

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