15.8.08


O’Connor: “Revelación” y Gracia

La escritora norteamericana Flannery O’Connor (1925–1964) dejó a sus tempranos 39 años, cuando murió, un legado cuentístico tal vez insuperable dentro de la narrativa escrita por mujeres en lengua inglesa. Ni la repotenciada Carson McCullers ni la siempre admirable Katherine Mansfield pueden alcanzar la complejidad ética y la vivacidad de sus historias de campesinos, negros, burgueses católicos y asesinos del sur gringo.

Acabo de leer “Revelación” (en Cuentos completos, Mondadori, 2007), un cuento que parece sintetizar las obsesiones de la escritora. Lo que al principio es una reunión intrascendente de un grupo de personas en la sala de espera de un médico, se convierte, poco a poco, en una suerte de pesadilla social, primero, y luego en una brutal anagnórisis donde a una buena señora burguesa y muy segura de sí, se le revela una identidad secreta y odiosa. Casi diabólica. (El personaje habla con Dios):

–¿por qué me mandaste un mensaje así? –dijo con voz queda y enfadada; apenas era un susurro, pero tenía la fuerza de un grito, tanta era la furia concentrada en él–. ¿Cómo puedo ser un cerdo y yo misma a la vez? ¿Cómo puedo sentirme salvada y venir del infierno al mismo tiempo?

Los personajes de O’Connor están siempre al borde de la des-gracia, del derrumbamiento moral, de la abyección, sumidos en la ignorancia. Pero resulta que algo los quiere despertar, algo los conmociona y los pulsa, mas casi nunca tiene éxito. Dios no llega al hombre. La gracia no termina de instalarse en lo real y no hay cabida, así, para la esperanza.

En la escena final del relato, enfrentada a los cerdos que ella cría, como quien se enfrenta a una imagen desagradable de sí en el espejo –una muchacha enajenada (Mary Grace, ojo con el nombre) la había ofendido, a ella, tan buena y bien criada, gritándole: “vieja cerda* y verrugosa salida del infierno”–, la señora Turpin tiene una visión: los lisiados, los locos, la “gentuza”, blanca o negra, que tanto detesta, ascienden al cielo antes que las personas que siempre se habían distinguido por su “orden y por su sentido común y por su comportamiento respetable”.

Los diccionarios de teología definen “gracia” como la participación de los hombres en la vida divina. Es un estado inopinado, que no tiene que ver necesariamente con méritos o necesidades. La gracia es súbita, y lo único que podemos frente a ella es gratificarnos o, ay, rechazarla, dejarla pasar (gracias al libre albedrío).

La ceguera moral de los personajes de O’Connor, su incapacidad para conectar con lo trascendente, no solo los hacen cada vez más actuales: aquellas características explican el olvido y el malentendido que, con intrigante persistencia, persigue a la obra de esta estremecedora escritora. La confusión y el malentendido, también, son recurrentes en sus cuentos. La señora Turpin no termina de entender por qué la enajenada le dirigió ese feroz mensaje cuando, hasta el narrador lo afirma, "en aquella sala de espera había gentuza que lo hubiera merecido más justamente".

Abismo social y abismo moral. Una prosa limpia, directa y contundente como el puñetazo en el rostro que Kafka reclamaba. Eso es Flannery O'Connor. Y más.

*El cerdo, dentro de las religiones monoteístas, es símbolo de lascivia, ignorancia y suciedad. En el relato la señora Turpin reconoce en este animal una inteligencia superior a la del perro.

(Flannery.)

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