24.9.08


Jorge Cuesta y el neobarroco

No faltará quien nos reproche la ausencia de Jorge Cuesta. La influencia de su pensamiento fue muy profunda en los poetas de su generación y aún en la mía, pero su poesía no está en sus poemas sino en la obra de aquellos que tuvimos la suerte de escucharlo.

Con estas sinuosas palabras Octavio Paz justificó la exclusión del poeta mexicano Jorge Cuesta, loco y alquimista, de su ya célebre antología Poesía en movimiento (1966), sellando así una de las más grandes injusticias de la poesía mexicana en un género –el antológico- por naturaleza injusto.

Cuesta había ya muerto por mano propia –evitaré la sorprendente anécdota de su vida de alquimista y extraño asceta, y de su muerte de doble suicida- cuando lo de Paz, dejando magníficos ensayos, sonetos admirables y este extraño poema:

En la sempiteromia Samarkanda

En la sempiteromia Samarkanda
En la sempiteromia Samarkanda
Urge una extenua charamusca ilesa
La estreptococcia de una burinesa
Con miríficos buergos de charanda.

Mi pedúnculo cálido tropieza
Con el ropijo númido de organda.

(s. f. agosto de 1942)


Aunque no lo refleje el poema anterior, el carácter* y la crítica eran más que presupuestos poéticos en el pensamiento de Cuesta: eran los pilares de su creación. En el caso del poema citado, es claro que no es el concepto o, siquiera, pese a la forma, el “versismo” (Milán), lo que fundamenta el poema, sino la materialidad de su propia existencia, obviamente sostenida por la movilización de valores lingüísticos de eufonía y riesgo.

Vuelvo al terreno firme. En concreto, el poema de Cuesta parece prefigurar una obra fundadora del llamado neobarroco: En la masmédula (1954), de Oliverio Girondo. Y no solo por los 14 años de ventaja del poema (simpleza cronológica); sobre todo por la renuncia a un sentido determinado y la despreocupada incursión en la exploración verbal, además de la oblicua ironía.

Cuesta murió a los 39 años apenas, poco después de escribir el poema. Cuesta pensar sin tristeza lo que hubiera obtenido de haber continuado con estas incursiones creativas.

*Ver este ensayo de Francisco Segovia sobre este punto.

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Límbicas

*¿Por qué Alan no bota a Garrido Lecca? Ver en Útero de Marita.

(Jorge Cuesta. Hace tres días se cumplió una aniversario de su nacimiento. Portada. Imagen.)

5 comentarios:

  1. Anónimo25.9.08

    He leído el ensayo que linkeas y se refiere en términos negativos a ese poema. dice que es producto de la locura, no sé por qué tú dices lo contrario. En cuanto a lo del neobarroso, estoy de acuerdo.

    Miguel A.

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  2. A ver. copio lo que dice Segovia:

    ""No son versos vacíos estos seis últimos endecasílabos escritos por Jorge Cuesta, pero es quizá imposible decir qué los llena. Están en la frontera de lo indecible,de lo inaudito, como las palabras de los locos en La carrera de un libertino de
    Stravinski"

    Tú tratas de decir más bien, cuando dices que es producto de "la locura", que son palabras sin sentido, pero ese abandono aparente del sentido es su sino. No es que carezcan de sentido los versos, es que no sé sabe bien qué sentido tienen (pero lo tienen). No digo en el post que el poema exprese la poética de Cuesta, digo que fue un tanteo neobarroco que pudo llevar a cosas nuevas. Estamos?.

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  3. ajos, zafiros y huamanes26.9.08

    De Puente Aéreo, para que le des pan a tu Huamán:


    Esta es una nueva sección de Puente Aéreo. Digamos, una suerte de miniserie metacrítica.

    Hace unos meses, el profesor sanmarquino Miguel Ángel Huamán publicó un ensayo sobre la introducción que escribí para la antología Toda la sangre: cuentos peruanos de la violencia política. Por un tiempo estuve tentado de responder con otro artículo, pero ahora prefiero hacerlo por partes y cucharadas.

    Desde hoy publicaré con cierta frecuencia fragmentos del ensayo del profesor Huamán e iré respondiendo y comentándolos paulatinamente. En la medida de lo posible, intentaré comentar, a la larga, todo el ensayo, de manera que mi crítica no abuse de la descontextualización.

    De cualquier forma, quienes quieran leer el ensayo completo del profesor Huamán pueden hacerlo en el número 8/9 de la revista Ajos y Zafiros.

    Luego de una introducción formulaica, el argumento del profesor Huamán empieza con este párrafo:
    “Desde la invasión española a nuestro territorio en el siglo XVI se han impuesto visiones de nuestra realidad sociocultural que refuerzan arquetipos de dominación. Por un lado, nos ven como el buen salvaje, lo que supone una cierta mirada condescendiente porque somos dados a la diversión, a los placeres, propio [sic] de seres de una colectividad inmadura e infantil. Por otro lado, nos califican, de acuerdo con la llamada leyenda negra, como desalmados y agresivos, razas inferiores, seres torvos y falsos, proclives al engaño, la violencia y la corrupción. Ambas lecturas refuerzan nuestra condición de formaciones sociales dependientes”.

    Mi comentario
    Es por lo menos un anacronismo suponer que la mirada occidental sobre los pueblos latinoamericanos responde en el siglo veintiuno al estereotipo del buen salvaje o que está crucialmente influida por la leyenda negra.

    Pero, además, vale la pena recordarle al profesor Huamán que la noción de buen salvaje (noble savage, término acuñado por Dryden y erróneamente atribuido con frecuencia a Rousseau) no implica la caracterización de ciertos grupos étnicos como integrados por individuos “dados a la diversión, a los placeres... seres de una colectividad inmadura e infantil”.

    La idea del buen salvaje, de hecho, desde el siglo diecisiete y durante el dieciocho, implicó más bien la creencia de que los pobladores de los territorios recién conocidos por descubridores y conquistadores eran más puros, moralmente más valiosos y, sobre todo, más incorruptos que los europeos, pues la civilización era vista como un proceso envilecedor, mientras que los mundos indígenas americanos estaban en un estadio anterior, y por tanto prístino, cercano del paraíso original. De hecho, es un lugar común, no por ello menos cierto, afirmar que la idea del buen salvaje fue más importante para la autocrítica de las sociedades europeas que para forjar el estereotipo de las americanas.

    Obviamente, el estereotipo del buen salvaje sí suponía la idea de que el poblador americano se encontraba en una etapa previa de evolución, pero ese concepto difícilmente podía ser un arma eficiente de dominación, en vista de que era sostenido por pensadores para quienes el avance de la historia europea había sido un camino de decadencia, caída y corrupción. De hecho, si bien uno de los orígenes de la idea del buen salvaje, en el caso de la mirada española sobre los indígenas americanos, está en los Diarios de Colón, y, por tanto, en el inicio mismo del proceso de la conquista, otro de sus cimientos o antecedentes está en Bartolomé de las Casas, a quien es más coherente caracterizar como un defensor de los indios.

    No me voy a detener a especular sobre quién se esconde detrás del etéreo “ellos” con el que el profesor Huamán se refiere a los forjadores de los "arquetipos de dominación". Él parece asumir que la respuesta es obvia y además que es única, como si la historia entre el siglo dieciséis y el veintiuno no hubiera transcurrido ni hubiera modificado nada fundamental. (Mayor finura sería deseable en alguien que luego intentará hacer precisiones sobre el concepto de lo "postcolonial").

    Y ya que he mencionado a Bartolomé de las Casas, vayamos a la segunda mitad del párrafo, donde el profesor Huamán describe la “leyenda negra” como un discurso por medio del cual se caracteriza a los nativos del Nuevo Mundo como “desalmados y agresivos, razas inferiores, seres torvos y falsos, proclives al engaño, la violencia y la corrupción”.

    El término “leyenda negra”, cuyo origen y significado parece ignorar el profesor Huamán, pero que conoce muy bien cualquier estudiante de historia o literatura, no se usa para describir un conjunto de discursos antiindígenas. De hecho, el término es defensivo. Lo acuñaron los españoles (su origen está en un libro de Juderías, publicado en 1914), para contradecir los relatos históricos según los cuales España había sido extremadamente cruel e incluso criminal en el periodo de expansión y estabilización de su imperio en tierras americanas.

    El inicio de lo que los españoles llaman la “leyenda negra” se encuentra muy probablemente en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas, y en la célebre controversia de Valladolid, en la que rivalizó con Sepúlveda. Las Casas sostenía que la conquista había sido innecesariamente sangrienta, gratuitamente cruel y excesiva, y que las comuniaddes indígenas tenían un grado de sofisticación que suponía regímenes políticos tan legítimos como los de los reinos europeos.

    Como podrá comprobarse con facilidad, eso es casi exactamente lo opuesto de lo que el profesor Huamán afirma. Y, por otra parte, el término "leyenda negra" debería ser tomado con pinzas por un crítico que quiere arremeter contra el imperialismo hispano: para ser consecuente, habría que subrayar, más bien, que la negrura de la conquista no fue una leyenda.

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  4. Anónimo26.9.08

    Vico. Saludos desde Murcia. Tú eres un american idol?

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