30.9.08


Ser fiel a tu visión

El trabajo en COSAS y mi tercera novela, como se habrán dado cuenta, no me han dejado postear como debía en estos días. Sin embargo, me gustaría compartir algunas impresiones rápidas que me han suscitado algunas lecturas.

El libro de Mario Levrero, El discurso del vacío, ya lo he comentado aquí, pero este fragmento se me había escapado:

Ese pasado al que no he logrado devolver su carga afectiva sigue presionando desde los recovecos del inconsciente. La realidad exterior sigue presionando cada vez más para que trabaje, para que actúe para que haga una serie de cosas que no tengo ganas de hacer. Estoy atrapado entre dos mundos que son como dos grandes bocas insaciables que reclaman y reclaman, y hace ya demasiado tiempo que no puedo atender debidamente a una de esas bocas. Y cuando uno no la atiende, esa boca quiere devorar todo. Debo, pues, plantarme firmemente y establecer prioridades; creo que lo primero es el ser interior, el reclamo íntimo, la movilización de los afectos congelados…

Algo muy parecido dice Ivan Klima en un fragmento citado en LDL un par de post atrás. Dice IK que Kafka fue un escritor no político porque fue fiel a sus impulsos interiores. Su yo fue más fuerte que la historia (“Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación.”, en sus Diarios.) y por ello sus obras son, primero, expresiones de crisis espirituales y luego, por su fuerza, se empapan de contenido político o incluso teológico.

Ser fiel a tus obsesiones, a tus visiones, es pues una norma en creación. Se imaginan cuál hubiera sido el resultado si Fernando Ampuero se hubiera dedicado a pintar el “despertar” económico del Perú en lugar de reincidir en la vieja obsesión de una Lima sórdida y pendeja como la que disfrutamos en Hasta que me orinen los perros. Y piensen qué hubiera pasado si Vallejo, en Trilce, se hubiera propuesto evaluar la situación mundial après la primera guerra mundial en lugar de explorar sus tormentos interiores con la cárcel, la familia, la madre y el lenguaje.

Cuando escribí mi primera novela, Rito de paso, lo hice siendo fiel a una imagen obsesionante que tenía de Lima en el futuro; luego sus lectores han dicho que es una novela que explora el problema del poder y de regímenes dictatoriales, la opresión del hombre frente a la técnica, etcétera.

Acabo de leer Retablo, de Julián Pérez y me interesó como para proponerla para una reseña aparecida en el Dominical ayer. Sin embargo, si Retablo solo se restringiera a ser una exposición, política, de ciertos sucesos luctuosos en pueblos ayacuchanos, no hubiera captado ni mi atención ni, seguramente, la de los comentaristas que la han elogiado más que yo.

Lo político, pues, no puede ser el elemento central en una obra de ficción precisamente porque es extremadamente difícil encontrar a un creador cuyas obsesiones primarias y más fecundas sean exclusivamente políticas. Ahí están no yo ni Pérez ni Juan Pérez, sino lo mejor de la literatura mundial para confirmar que la literatura es, primero, una práctica de individuos sobre sus propias visiones y obsesiones, y luego, recién, un conjunto de visiones del mundo compartibles.

(Fálico busto de Franz Kafka en Polonia. No es lo político lo que molesta de ciertas posturas críticas, sino el lugar preeminente que ocupa para ellos lo político en el momento de evaluar una obra literaria.)

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