25.11.08


Dos Van Sant

A penas una semana duró la reciente película de Gus Van Sant, Paranoid Park (2007) en nuestra cartelera; tuvo que ser removida por falta de público, y la forma tan personal y extrañamente poética en que el director norteamericano ha llevado a la pantalla la novela de Blake Nelson, lo explica casi todo. Federico de Cárdenas resumió la trama en La República:

El protagonista de la historia es Alex (el amateur Gabe Nevins) un joven fanático del skate, que reside en un suburbio de Portland y lleva una vida aparentemente normal. Aunque en su casa sus padres se están separando, sus profesores lo estiman y tiene una pareja muy linda y obsesionada por el sexo. Sin embargo, algo impide a Alex el disfrute, y no es solo su crisis adolescente. Es algo que sucedió en Paranoid park –el parque que es paraíso del skate y un mundo prohibido, al que llega a través de un simbólico puente– una noche, algo terrible que no puede nombrar, pero que lo atormenta y persigue (para algunos críticos, aunque no se aclara, es una iniciación gay) y cuya gravedad y consecuencias parte en dos su vida. El suceso es investigado por la policía.

Lo que me interesa más del filme es la forma en que GVS ha llevado a imágenes toda la delicada poeticidad, entre violenta y solitaria, del tiempo adolescente. El mundo adulto es expuesto como poco comprensivo y amenazante, mientras que el mundo del skate y de la juventud expresa complejidad y sensibilidad especiales, veraces, aunque difuminadas. Toda una poética de lo adolescente que esconde en realidad una grave preocupación por la muerte y el sentido de la existencia.




Ayer, en el Cinematógrafo de Barranco, pude ver Psicosis, el remake del clásico de Hitchcock que hiciera Van Sant en su etapa hollywoodense tan criticada. Me hizo pensar, mutatis mutandis, en un Pierre Menard que hubiera escrito Don Quijote modernizando la grafía y "actualizando" los giros lingüísticos propios del XVII español. Solo que en el caso de Psicosis la distancia temporal no es tan grande, y la delicada propuesta pictórica y fotográfica son aciertos innegables.

Van Sant, incluso cuando cede al entorno, pero sobre todo cuando se abandona a sus obsesiones personales y críticas, es siempre sutilmente poético, y su tratamiento del drama y de lo narrativo son mayormente irreprochables. Es justo decir también que sucede con Hitchcok lo que pasa con Shakespeare u Homero: uno se emociona siempre cuando se acerca a ellos, no importa si están traducidos, reelaborados o "modernizados".


(Escenas. Gus van Sant.)

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