2.12.08


Cosmópolis DeLillo

Mierda, estoy muerto.
Siempre había tenido la aspiración de convertirse en polvillo cuántico, de trascender su masa corporal, el blando tejido que recubre los huesos, los músculos y la grasa. La idea consistía en vivir más allá de los límites asignados, en un chip, en un disco, mera colección de datos, en un remolino, un giro radiante, una conciencia salvada del vacío.
La tecnología era inminente o no lo era. Era algo cuasimítico. Era el siguiente paso natural. Nunca sucedería. Es ahora cuando sucede, un avance evolutivo que necesitaba solo de la configuración práctica de un mapa del sistema nervioso para traducirlo a un soporte de memoria digital. Ese había de ser el golpe maestro del capital cibernético, ampliar la experiencia humana hacia el infinito en tanto medio propicio para el crecimiento empresarial y de las inversiones, de la acumulación de beneficios, de poderosas inyecciones de retroinversión.
Pero su dolor era una interferencia en su inmortalidad. Era crucial para su condición inconfundible, era demasiado vital para puentearlo, y no era susceptible, le pareció, de una emulación por ordenador.

–––Fragmento de las páginas finales de Cosmópolis (Seix Barral, 2003), del escritor estadounidense Don DeLillo. Es una de las novelas más ligeras de las quince que lleva escritas el autor, aunque de ninguna manera es mala como para recibir meras descripciones por críticas. Juan Manuel Gómez dijo en su reseña de Letras Libres que "en treinta años, DeLillo ha depurado su estilo al máximo. Sus frases son cortas y precisas. No da ningún rodeo ni ninguna descripción extra. Va directo al grano. (…) Cosmópolis, si bien conserva ese toque poético y esas sentencias lapidarias impresionantemente lúcidas, tan características de la escritura de DeLillo, es un libro basado en los hechos concretos imprescindibles". Agregaré que es una fina parábola de la inquietud que el nuevo milenio habría de traer al mundo occidental.

(Portada.)

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