7.12.08


Gaddis en Sexto Piso

La editorial mexicana ha publicado Agape, agape, la novela de William Gaddis, con prólogo de Rodrigo Fresán. Mercedes Monmanny lo celebra con una extraña reseña que no habla del libro sino de la obra de Gaddis en general, aunque lo hace bien. La tienen abajo, es de ABCD. (Algo más sobre Gaddis aquí mismo).

Durante mucho tiempo, William Gaddis (Nueva York, 1922-1998) fue una especie de fantasma o aparecido de dudosa y fugaz existencia en el panorama literario americano de la segunda mitad del siglo pasado. Un fantasma que había protagonizado una breve aparición en 1953 en la crónica de Kerouac The Subterraneans, en la figura de un joven dandi de traje blanco, cuyo primer manuscrito acababa de ser aceptado por un editor. Se trataba de su primer libro, The Recognitions, de 1955 (Los reconocimientos; Alfaguara, 1987), despreciado por la crítica oficial y con una casi nula trascendencia en su día. Una novela que había sido leída sin embargo por una serie de escritores clave, como Thomas Pynchon o Joseph McElroy, que enseguida supieron reconocer en ella el prototipo inaudito de lo que la novela americana debía arriesgar y atreverse a encarnar para salir del pozo naturalista de los años 30 o de la moda confesional e intimista de los 40. Ese «grito» con el que Pound -citado por Gaddis- ya había clamado «por lo nuevo, lo desafiante, lo que se suele entender por difícil».

Lo que vendría más tarde. Había comenzado su callado y extraño culto, que haría de él un mito con cuatro novelas escritas en cuarenta años, pero cuya incomprensión, en sus comienzos, lo heriría en lo más profundo -como sucedió, por otra parte, con otro grandísimo escritor empujado durante décadas al silencio, Henry Roth-, dejando pasar veinte años hasta su siguiente y de nuevo inusual y fascinante novela,
J R, de 1975 («su obra más críptica y reveladora», así la califica Rodrigo Fresán en el prólogo de la ahora aparecida Ágape se paga, con una inmejorable traducción, como siempre, de Miguel Martínez-Lage).

Es una excelente noticia que la editorial Sexto Piso recupere toda la obra de este gigante olvidado, pero fundamental para entender mucho de lo que vendría más tarde. Un gigante que obtendría dos veces el National Book Award y que desde los años 50 anticipó -y ayudó a que naciera- la revolución de la novela moderna americana, la misma que conoció su efervescencia en los años 60, con autores, entre otros, como John Barth, Robert Coover, William Gass y los citados Pynchon y McElroy.

Entre los muchísimos hallazgos para el lector de su tiempo, lo saludable de este autor es que desmontaba todo una y otra vez, en un proceso de caos, creación, reordenación y de nuevo caos, que se retroalimentaba sin cesar. En un mundo que amaba las certezas, los casos sumariamente cerrados, lo que resultaba más atractivo del método Gaddis era que se convertía continuamente en un maestro indiscutible y visionario a la hora de revelar fisuras, errores y abusos en los pretendidos sistemas de orden establecidos, ya fueran artísticos, legales, políticos o financieros. «Todo lo que estaba llamado a decorar, embellecer y magnificar se convertía en un vehículo del fraude, el engaño y del dinero, el dinero, el dinero. Siempre el dinero, es el corazón de América», diría en una entrevista concedida en el mismo año de su muerte.

En ese mundo de certezas, de respuestas a priori, de juicios catapultantes, Gaddis era el oráculo turbador a la hora de plantear incógnitas, no siempre detectadas; toda una problematología mucho más importante que las respuestas que se podían aportar para hacer desaparecer de un plumazo «la tendencia de la naturaleza en degradar lo organizado y en destruir lo que tiene sentido».

La era Reagan. Cada una de sus novelas se convertía en una turbulenta y sorprendente travesía por la América contemporánea, caleidoscópica y fragmentariamente analizada y vuelta del revés: si Los reconocimientos transportaba al microcosmos artístico de la copia, la simulación y Greenwich Village, y J R al epicentro de los negocios, paródicamente controlados por un adolescente, Junior, que conseguía levantar «un imperio financiero» en pleno Wall Street, su novela Carpenter?s Gothic, de 1985, acercaba al lector al mundo del oscurantismo de la era Reagan, de la religión, del fundamentalismo y del antidarwinismo de los predicadores del Sur profundo. Por último, A Frolic of His Own, de 1994 (Su pasatiempo favorito; Debate, 1995), enlazaba con el universo de la ley y del derecho, producto de nuevo de su fascinación por el aspecto de la orden y del abuso de la orden dentro del sistema, pero también -como él mismo explicaría- por el «uso extremadamente preciso de la lengua» en sentencias y decisiones jurídicas, que siempre le habían deslumbrado como escritor.

Composición espectral. Su supuesta fama de ilegibilidad, que en absoluto era tal, lo acompañaría durante mucho tiempo, algo que por pura exasperación hiperrealista-costumbrista frenaría a bastantes lectores de primera y segunda hora, incluido un excesivamente conservador y literal Steiner. Cualquier lector que no esté familiarizado con su literatura y abra ahora por primera vez Ágape se paga, su potente, hipnotizante y densísima novela póstuma -o resumen-comentario, ayudado por un coro de voces que va desde Benjamin, Huizinga, Flaubert, Platón o Tolstói, de un texto imaginario sobre «la mecanización de las artes vista a través de una historia social y exhaustiva del piano mecánico en América»-, reconocerá un aire de composición espectral: el Thomas Bernhard de Hormigón, pero también de Maestros antiguos, un autor que Gaddis conoció tardíamente, pero que le entusiasmaba. Otra inmensa figura de nuestro tiempo, igual que él, que de seguro exasperó a más de un naturalista, lo mismo que hicieron buena parte de los mejores del pasado siglo y de nuestra época en curso, desde Handke, Beckett, Robbe-Grillet, Celan, Pound y el mismísimo Joyce.

(Portada.)

1 comentario:

  1. Anónimo8.12.08

    pobre paolo de lima da pena el único compinche que le quiedaba en Perú, iván thays le dio la espalda y lo sacó de sus links en moleskine, cada vez está más solo.

    V.G.

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