3.12.08



WITOLD GOMBROWICZ Y HENRYK SIENKIEWICZ

Hay un señor Juan Carlos Gómez que, desde hace meses, invade mi bandeja del Gmail con una serie de artículos sobre el genial escritor polaco Witold Gombrowicz, autor, como ustedes bien saben, de Ferdydurke, El trasatlántico y otras novelas que en su momento leí con fruición. Pues bien, este señor, me refiero a Gómez, nunca pudo hacer que yo leyera completo aunque sea uno de estos textos, de tal manera –desadvertido yo– que no me di cuenta hasta hoy que Gómez acompaña cada uno de sus inopinados envíos de fotos de Gombrowicz y otros escritores. Copio abajo, entonces, uno de sus textos, y pego algunas fotos muy interesantes y poco conocidas. Servidos.

"Estoy leyendo a Sienkiewicz. Una lectura atormentadora. Decimos: es bastante malo, y seguimos leyendo. Constatamos: es una lectura barata, y no podemos dejarla. Gritamos: ¡Es una ópera insoportable!, y continuamos leyendo fascinados"

Un año después de que naciera Gombrowicz Henryk Sienkiewicz recibe el Premio Nobel de Literatura, el quinto en la historia del galardón. Este insigne hombre de letras polaco, gran defensor de la causa de Polonia, que escribió sobre temas referidos a los problemas sociales del campesinado y de las clases pobres de las ciudades, es uno de los autores más leídos del siglo XX.
La cuestión Sienkiewicz que se le presentó a Gombrowicz estaba vinculada a Dios, a la patria y a la inferioridad.

Los valores más importantes que tenían los polacos antes del nacimiento de Gombrowicz eran los de Dios y los de la patria. Cuando murió ya no lo eran, se habían transformado, sin embargo, hay que decir que estos dos valores son universales, señalan las dos pertenencias fundamentales que tiene el hombre, a saber: la transcendencia y la tierra.



Gombrowicz no creó ni destruyó estos valores, aunque ganas no le faltaban pero, un poco por cómo era la época y otro poco por cómo era él, se le fueron transformando; el primero que se le transformó fue Dios. Había sido creyente hasta los catorce años y dejó de serlo sin ningún aspaviento, nunca había sentido la necesidad de tener fe. Sin embargo, no era ateo, para un hombre que enfrentaba el misterio de la existencia como lo enfrentaba él cualquier solución era posible, no podía ser ateo.

Le costaba trabajo mantener relaciones con el catolicismo porque esa doctrina estaba en contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo contemporáneo se estaba volviendo peligroso y le despertaba más desconfianza aún que el propio catolicismo. El segundo valor que se le transformó fue el de la patria, un poco después de la transformación de Dios, a los dieciséis años, cuando los rusos llegaron a las puertas de Varsovia y fueron detenidos por el ejército polaco al comando del mariscal Pilsudski en el año 1920. Los jóvenes se alistaban como voluntarios y sus colegas se paseaban en uniforme por las calles, pero Gombrowicz permaneció en su casa. Esa ruptura con el grupo y con la nación surgió en el año memorable de la batalla de Varsovia, y lo obligó a buscar su propia senda y a vivir por su cuenta.

Se sintió humillado y a la vez en rebeldía, todas esas aventuras lo impulsaron a la anarquía, al cinismo y se puso en contra de la patria por la presión que ejercía sobre los individuos. Aunque estaba lejos todavía de dominar intelectualmente estos difíciles problemas empezó a comprender que en Polonia el precio de la vida humana era bajo.

El poder de Dios y de la patria se había debilitado en la conciencia de Gombrowicz y la idea de inferioridad presionaba para ocupar su lugar.

Gombrowicz anduvo buscando durante toda su vida una manera de pasar de la inferioridad a la superioridad con un movimiento de ida y vuelta conservando por separado las propiedades que tienen cada uno de estos estadios, una aspiración a la totalidad y a la universalidad característica de la cultura de su tiempo.

La cuestión de escribir adrede una novela buena para las masas, es decir, mala para el que la escribía no parecía más fácil que escribir una novela buena.

Escribir una novela buena para las masas no significaba en absoluto escribir una novela accesible, interesante, noble e impregnada de cultura como las de Sienkiewicz, sino escribir una novela con lo que las masas experimentan en realidad penetrando sus instintos más bajos. El que emprendiera esta tarea debería liberar su imaginación más sucia, turbia y mediocre, quitarle las cadenas a la conciencia oscura y baja. Este pobre concepto de las masas tenía más que ver con el miedo que con el desprecio. La intelectualidad polaca estaba amenazada por el primitivismo de las masas mucho más ignorante y terrible en Polonia que en otros países de cultura superior.
En aquellos años al dirigirse a los de abajo el escritor escribía desde arriba en la medida que su cultura y su buena educación literaria se lo permitía, es el caso de Sienkiewicz.

Pero el proyecto del joven Gombrowicz era otro: entregarse a la masa, rebajarse, convertirse en un ser inferior, una idea que más tarde le sirvió para enunciar un postulado según el cual en la cultura no sólo el inferior debe ser creado por el superior, sino también a la inversa. El proyecto no terminó bien, era una tarea gigantesca y peligrosa, diez años después se dio cuenta que había estado jugando con fuego, algo enfermizo que llegó a sus manos le hizo tomar conciencia. Un joven llegó a su casa con un manuscrito bajo el brazo pidiéndole que lo leyera, que la obra tenía un gran impulso erótico para excitar a los lectores.

De verdad resultó un libro erótico y sucio que se complacía en la porquería, era malo y barato. Leyendo ese manuscrito Gombrowicz recordó su propia novela olvidada hacía tiempo. Unos días después de que el autor del manuscrito llegara a la casa de Gombrowicz se pegó un tiro en la sien.

La causa del suicidio no había sido la novela, seguramente, pero esa obra era la expresión de un estado de ánimo que condujo al joven a la catástrofe. Diez años atrás, a pesar de las apariencias y de una existencia de aspecto casi despreocupado, Gombrowicz no había estado lejos él mismo de tomar una decisión parecida, debía estar muy desesperado. La obra maestra a la que Gombrowicz le había puesto el punto final resultó ser una mezcla asquerosa del vivir plenamente la vida en la sensualidad y la brutalidad, una historia no menos sórdida y excitante que la del joven malogrado.

Una señora amiga la leyó y le sugirió que la quemara; Gombrowicz le hizo caso, arrojó el original y las copias en la nieve y les prendió fuego.

Esta historia muestra cómo en Polonia el hombre culto no estaba protegido de la presión de las masas por instituciones y tradiciones sólidas, por la jerarquía y el orden social como lo estaba en Occidente.

"En nuestro país la inteligencia, la sutileza, la razón, el talento, están indefensos ante toda clase de inferioridad proveniente de los bajos fondos de la sociedad, la miseria, las extravagancias, el salvajismo, las desviaciones y desenfrenos, el embrutecimiento y la brutalidad; por eso a quien llamamos intelectual ha estado siempre y sigue estando algo atemorizado... Lo único que quizás haya cambiado es que hoy en día esa violencia del inferior sobre el superior está mejor organizada..."


Su aspiración de escribir desde el nivel de abajo fracasó, entonces buscó inspiración satírica en las conversaciones que mantenía su madre con las amigas escuchando detrás de las puertas a hurtadillas y en las provocaciones que realizaba en otras mansiones de la región.

"De todos los ambientes, estilos moribundos el que agonizaba con más suntuosidad era el de los terratenientes, el espíritu de la nobleza. Fue un espíritu y espíritus imponente, formado por la tradición, pulido por la literatura, representante de casi todas las facetas de lo polaco y que, en la víspera, aún gobernaba en el país. ¡Qué espectáculo daban los hidalgüelos bonachones y afables, corpulentos y cerrados de mollera, cuando todo empezó a fundírsele entre las manos y tuvieron que enfrentarse con la modernidad armados nada más con un puñado de perogrulladas prestadas de Sienkiewicz! (...)"

"Un exquisito bocado para un joven sádico... me dediqué enseguida a practicar la provocación en diversas mansiones grandes y pequeñas de las regiones de Sandomierz y Radom"

Desde sus primeros escarceos literarios con el mundo de la inmadurez hasta el Premio Internacional de Literatura pasó mucho tiempo. Cuando lo recibió Gombrowicz golpeó a los polacos de muy buena gana, como siempre lo hacía, para que sintieran en carne viva los errores que habían cometido con él.

"¡Oh, literatura polaca! Yo, el andrajoso, el desplumado, el maltratado, yo, el presumido, el renegado, el traidor, el megalómano deposito a tus pies este laurel internacional, el más sagrado desde los tiempos de Sienkiewicz y de Reymont!(...)"

"¡Lo veis palurdos! (...) Qué fácil es permanecer con los Copérnicos y con los Sienkiewicz. Resulta más difícil adoptar una actitud inteligente y honesta con los valores vivos de la nación"
Empezamos diciendo que la cuestión Sienkiewicz se le había presentado a Gombrowicz vinculada a Dios, a la patria y a la inferioridad.

El Dios polaco es un sistema maravilloso que mantiene al hombre en la esfera intermedia de la existencia, es una manera de esquivar lo extremo, el Dios polaco es el Dios de Sienkiewicz, ese escritor eximio de segunda fila, ese Homero de cuarta categoría, ese Dumas padre de primera clase. Es difícil encontrar en la historia de la literatura un encantamiento parecido al que produjo Sienkiewicz sobre la nación y las masas.

Los polacos leían a Mickiewicz porque era una literatura obligatoria, pero Sinkiewicz embriagaba los corazones de todos los polacos porque les acercó un tipo de belleza distinto.

Antes de Sienkiewicz la belleza polaca se identificaba con la virtud pero los gustos fueron cambiando con el tiempo y la virtud terminó por resultar aburrida. La naturaleza humana se manifiesta en el pecado, en la expansión vital, y la verdadera belleza no se consigue silenciando la fealdad. El dilema entre la virtud y la vitalidad no estaba resuelto, entonces, Sienkiewicz, sazonó la virtud con el pecado, endulzó el pecado con la virtud y preparó un licor dulzón, no demasiado fuerte y, sin embargo, excitante, un licor que gusta sobre todo a las mujeres.

El pecado simpático, bonachón, encantador y limpio es la especialidad de la cocina de Sienkiewicz, lo preparaba para fortalecer a la nación y a Dios. A Gombrowicz le resultaba claro que el Dios de Mickiewicz y de Sienkiewicz estaba subordinado a la nación. La moral individual de Dios le cedía su lugar a la moral colectiva de la nación abriéndole la puerta al espíritu del rebaño, por eso es que Sienkiewicz es un escritor católico sólo en apariencia.

"Por eso la literatura de Sienkiewicz podría ser definida como el desprecio por los valores absolutos a los que reemplaza por una vida facilitada (...) La fuerza de Sienkiewicz consiste precisamente en que él elige el camino del menor esfuerzo, en que es todo placer, un desahogo despreocupado en un sueño barato (...)"

"Nos introduce como nadie en los recovecos del alma donde se realiza nuestra huida de la vida, el modo polaco de eludir la verdad"

El lenguaje del catolicismo limitado de Sienkiewicz no alcanzaba para satisfacer el propósito de Gombrowicz, es decir, no alcanzaba para lograr un encuentro entre lo superior y lo inferior, un encuentro que Gombrowicz buscaba y que el cristianismo, con una sabiduría calculada para todas las mentes, le podía procurar.

Tuvo que seguir otro camino, un camino en el que entronizó la inmadurez como un promontorio de la cultura y con la que desmontó una buena parte de los hábitos contemporáneos.

(Gombrowicz. WG con sus padres, y con sus mascotas.)

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