24.5.09


Adiós José Miguel

Lo conocí en el Perú hace más de una década, cuando hacía mis pinitos como redactor de Cultura en un diario ya desaparecido, y trabajaba con Jorge Pimentel, Tulio Mora, Mario Vallejo, entre otros poetas y periodistas. Recuerdo que me encargaron hacerle una entrevista a José Miguel Ullán, que visitaba Lima por unos pocos días, y yo no había leído nada de él, así que tuve que leerme dos de sus poemarios en una sola noche.

Aquella vez hablamos de las vanguardias poéticas, de la búsqueda con la palabra, de los poetas místicos y de una pasión común: la obra de José Lezama Lima. Poeta sensible aunque poco complaciente, difícil en el mejor sentido, inteligente, nunca tuvo demasiados lectores, ni en España ni fuera. Su obra, sin embargo, me sigue pareciendo un territorio por conquistar para el buen lector de poesía. La nota, escueta, es de El País de hoy:

Uno de los más brillantes poetas de las recientes vanguardias españolas, José-Miguel Ullán, falleció esta noche en Madrid. Nació en Villarino de los Aires (Salamanca) en 1944. Vivió en Madrid y luego se refugió del franquismo cuartelero en París, donde desempeñó una larga experiencia como poeta y agitador cultural, y también como periodista en la Radiotelevisión Francesa. En EL PAÍS, durante mucho tiempo fue un colaborador destacadísimo que alternó su reflexión sobre la literatura con la revisión de lo que fue el pop español de posguerra.
Inconformista siempre con todos los modos poéticos, su escritura fue también una tachadura de los lugares comunes a los que se ve abocada la escritura. Su obra poética es un reflejo de esa personalidad disconforme y de su compromiso estético, rabioso también contra sí mismo. Era un hombre de una inteligencia sobresaliente que desarrolló en varios campos, también en España en medios como este, en Cambio 16, en Diario 16 y en el periódico Abc.
Deja dos hijas, Eva y Alba, y un nieto, Alejandro, que acaba de nacer. Con su esposo, Manuel Ferro, desarrolló en los años recientes una conjunta labor editorial que combinaba con el desarrollo de su otra pasión, la pintura.


Sus Ardicias, para recordarlo siempre:


Ardicia (i)
En la noche risueña del destierro, libre ya de la ley y del instinto, un charco de agua clara me detuvo. Moja el dedo cordial trazando un círculo y su humedad al paladar le encasca. Boca del lobo: donde renace el sinsabor, la palabra acecha. Acre es la música cibal del signo. Yo le saco la lengua, alargo el paso.

Ardicia (ii)
Llora, porque toda mirada entraña error. Mas los andrajos, horca, palio y cruz no morirán por este llanto. Mejor, fulgir a solas y rezar en balde. ¿Cómo el topo? Así; dueño de la penumbra y de su asfixia.
Hablando por hablar. A ciegas. Ojo del corazón, quema el paisaje.

Ardicia (iii)
Persistente, la rosa. Esclavos somos de raíz. Rosa hedionda, zozobra y estupor de la mordaz melancolía. A la fosa nasal llama la Historia con sus inciensos categóricos. Corre el verso al runrrún del sacrificio, de mar a mar y seductor. ¡Musa servil! Sobre tu altar, un huracán de esperma.

Ardicia (iv)
El sordo dios: la carcajada inmóvil. Murmullo de otra luz será tu fe. Aléjate de la expresión forzada o del silencio amilanado. Oye tan sólo la armonía neutra de lo indeciso e indomable. Deja abierta la puerta más sumisa. Esa ignorancia zumbará en tu oreja. Fraternalmente.

Ardicia (v)
Si la mano va y pierde la cabeza y, en un doble ademán de supresión, rompe la flecha y borra el blanco, ciérrase luego sobre el gran reloj, sangra y se ofrece al vilipendio abyecto, nada esperes que iguale esta pasión, Teoría. A todo lo demás diles que bueno.


(El poeta.)

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