14.5.09



El muerto mexicano

Yo me encontré con uno de mis muertos en el bar La Ópera del centro de la ciudad. Lo vi reflejarse en un espejo grande detrás de la barra justo a la altura de una botella de mezcal que -te lo juro, María-Marie- era marca Ultramarine. Ahí lo vi, flotando como una especie de humo, un humo viejo al que nadie le ha abierto una ventana y ahora ya no tiene ganas de salir, sonriendo. Un viejo sentado a una mesa gritó: "¡al calor de las copas todos somos cuates!", y a mí me pareció que eso tenía el peso y la sabiduría de una verdad ancestral. Mi muerto en el espejo continuó sonriéndome como si estuviera completamente de acuerdo con semejante información (por más que todavía no hubiera alcanzado ni nunca fuera a alcanzar la edad para beber alcohol) y se acercó más a mí y se sentó en la barra y me dio un beso en la mejilla y me habló al oído.

¿Cómo es estar vivo? me dijo P'tit Jules.


---Tomado de Mantra (Mondadori, 2000), uno de los mejores libros, junto con La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán, novelista, traductor (recuerden sus excelentes traducciones de algunos cuentos de John Cheever y Denis Johnson) y crítico literario argentino radicado hace varios años en España. En Mantra Fresán intenta dar una imagen, fragmentada, original, de una ciudad tan inasible y extrañante (entrañable) como es el DF.


(Portada.)




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