1.5.09


El Swedemborg de la droga
 
No soy un experto en este tipo de literatura (aunque por mi experiencia debería saber más de lo que sé), pero siempre me han atraído los libros que dan testimonio sobre el uso de drogas, se escriben bajo el influjo de estas o rodean el tema de algún modo. Esto desde que leí hace ya muchos años Connaissance pour les gouffres, de Henri Michaux, un libro escrito a las luces y sombras del hongo mexicano, la mescalina y otros psicotrópicos.

Pero El comedor de hachís (TF, 2003), de Fitz Hugh Ludlow, publicado por primera vez en 1857, es completamente distinto al libro del poeta francés. Primero porque empieza exponiendo sin tapujos su deuda con Confesiones de un inglés comedor de opio, el clásico de Thomas de Quincey; aunque si el libro del inglés es elegante y erudito, el de Ludlow es desordenado, honesto, y de una vena visionaria perturbadora.

Como dice Michael Horowitz en la introducción, "los ‘decorados’ en que transcurrieron sus experiencias –su dormitorio, el campus del college, las calles de Poughkeespie y Shenectady, y el panorama del valle del Hudson– se metamorfosearon en fabulosos paisajes del Próximo Oriente, Asia y África por los que Fitz Hug se movió con su mente". Cabe destacar que el libro de Ludlow se publicó en la misma década que Moby Dick, las Obras completas de Poe, La cabaña del tío Tom, Walden y Hojas de Hierba, aunque su suerte literaria fue, por cierto, muy contrapuesta a la de estos libros, por lo menos hasta que a la famosa City Light Booksotre de San Francisco se le ocurrió salvar El comedor de Hachís del olvido.

Ludlow hace un recorrido completo, desde su iniciación como consumidor del canabbis indica hasta su descentramiento total y posterior "redención", evitando meticulosamente juicios morales o lamentos de drogo culposo. El libro está salpicado de citas eruditas, reflexiones psicológicas y filosóficas y, sobre todo, saturado de visiones enigmáticas y portentosas que pueden dejar sin aliento al lector no acostumbrado; una suerte de Swedemborg de la droga si se me permite la analogía:

Era la obra de un constructor sobrenatural, y mi alma se encontraba ante ella en un trance extasiado. Sus puertas cerradas resplandecían con la gloria de una multitud de ojos de cristal, incrustados en toda la superficie marmórea de los ángulos de las estatuas diamantinas que se alzaban desde el suelo del pórtico hasta la moldura más alta. Uno de esos ojos era de oro, como el sol de mediodía, otro de esmeralda, otro de zafiro, y así sucesivamente se recorría toda la gama de matices, todos engastados de tal manera, que formaban las armonías más exquisitas, y giraban sobre sus ejes con la rapidez del pensamiento.

Este es un verdadero trip que puede dejar pensando al lector sobre la validez (literaria) de experiencias de este tipo. Ludlow murió en 1870, a los 34 años de edad, víctima de sus excesos y de su devoción a la aventura y a la escritura.


(Portada.)



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