29.6.09

elogio de los inicios


Los escritores se equivocan cuando desarrollan los planteamientos iniciales. No deberían hacerlo. Deberían, sistemáticamente, plantear inicios y abandonarlos en el momento más sugerente. Es en ese momento del inicio cuando las historias son perfectas. ¿Es que no pasa igual con todo? ¡Claro que sí! No solo en los libros, sino también en las películas o en las obras de teatro. Y en la política. Si eres tan inocente como para creértelo, ¿no es mil veces más interesante, positivo y entusiasmador el programa político de un partido que su ejecución una vez elegido para gobernar? En el programa todo es idílico. En la práctica, nada se respeta, todo se falsea; la realidad impone su crueldad cuestionadora. Y (en la vida que está fuera de los libros) el inicio de un amor, la primera mirada, el primer beso, ¿no son más ricos que lo que viene después, que inevitablemente lo convierte todo en fracaso?
(…)
Con los libros pasa exactamente lo mismo. Pero así como el lector apasionado no puede parar la vida si no es tomando la decisión de cortarla, los libros sí puede pararlos en el momento más esplendoroso, cuando las posibilidades son aún numerosas. Por eso nunca acaba ninguno. Solo lee los inicios, las primeras páginas como máximo. Cuando el abanico de bifurcaciones de la historia se va reduciendo y el libro empieza a aburrirle, lo cierra y lo coloca en la estantería, por orden alfabético del apellido del autor.

---Tomado del libro del catalán Quim Monzó, Ochenta y seis cuentos (Anagrama, 2009), una excelente compilación de los libros de cuentos del escritor español, ícono literario de los ochenta-noventa en su país. El estilo de Monzó, seco aunque lleno de humor y paradojas, es lo que más destaca en sus cuentos, y sus ideas, además de originales por lo general son llevadas a buen término en muchos de sus relatos. El fragmento pertenece al cuento que cierra el volumen, “Los libros”.

(Monzó.)

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