7.7.09

A quien tenga amor para oír


De una manera rutinaria y poco imaginativa, año tras año se insiste con la pregunta, moderna y pesimista, sobre el sentido y la necesidad de la poesía. "La poesía no sirve para nada", se dice, y luego se teoriza "poéticamente" sobre el asunto, ignorando que ya ese teorizar poético es un fin de la poesía.

Pero no es el único. Cito en idioma original unos versos del gran poeta italiano Salvatore Quasimodo, de su poema "El silencio no me engaña":

Scrivo parole e analogie, tento
Di tracciare un rapporto possible
Tra vita e morte.


Ese el gran fin de la poesía, un fin personal, claro, pero que se proyecta hacia todo y todos: trazar un vínculo entre la vida y la muerte, cerrar la oscuridad masmiática que nos separa del gran evento y del sentido profunda de nuestra existencia. Pero Quasimodo no es un vulgar entusiasta:

…Il presente e fuori di me
y non potrá contenerme che in parti.


Hay, pues, mediaciones para enfrentar, captar, aprehender la realidad; ella está fuera del poeta, separada, y nunca podrá ser abordada plenamente; pero

Il silenzio non m’inganna

dice el poeta, "es una fórmula abstracta" que no obstante contiene una suerte de respuesta. Y hacia el final del poema, el poeta erige al amor como defensa ante un futuro que no quiere escuchar, un futuro de "insecto en la tierra" que es el que asumen los que dudan y dudan de las posibilidades de la poesía cuando esta, de pronto, no es más que la forma de confrontar vida y muerte, y decirlo -de la mejor manera- a quien tenga amor para oír.
 
(Portada de uno de los libros claves de Quasimodo.) 
 

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