17.8.09

Errores en el Diccionario Abracadabra



Hace unos días evité referirme a las tropelías verbales que comete Gregorio Martínez en su glosario titulado Diccionario abracadabra, en el cual trata de abominable manera al poeta Juan Cristóbal. Más bien planteé estas preguntas, que siguen sin ser respondidas, sobre el libro y la pertinencia de su supuesto carácter de "ensayo":

…cómo cuadra un glosario más o menos grosero, medioinformado y, esporádicamente, ingenioso, como el del narrador peruano, en un género riguroso como el del ensayo, que tiene como antecedentes peruanos a Riva–Agüero, Maríategui, Flores Galindo y el mismo Miguel Ángel Huamán, miembro del jurado que premio Abechedario.

Otra pregunta es si basta la "insolencia" y la desfachatez para convertir un mero listado de palabrejas no aceptadas por la esclerótica docta corporación matritense (léase RAE) para convertir a ese texto en algo constructivo para el proceso literario y cultural peruano.

La última pregunta es más sencilla: ¿no será que, simplemente, no hubo alternativas ensayísticas de más vuelo en el concurso y se tuvo que premiar a un caserito de los concursos Copé?

Bueno, pues parece que mis reparos a su libro le reventaron la vesícula al conocido escribidor, que no ha tenido idea más infeliz que defenderse de mis argumentos –en su columna "Bustrófedon" de ayer en Perú.21– con insultos tan desaforados como ridículos hacia mi persona. Yo, por cierto, no voy a descender a ese nivel y responderle burlándome de él –detesto los facilismos–, sino que voy a señalar, al vuelo, algunas inconsistencias, errores y despropósitos incluidos en su "intocable" idioticón (así llama él mismo a su libro en la página 25).

Se supone que el idioticón es un libro que va a contracorriente de la RAE, a quien confronta, corrige y contradice burlonamente, con gracia. Siendo esto así, cómo podemos comprender la inclusión de una larga serie de términos de navegación ("manga", "gratil", "cofa", "raca", etc.) que no tienen por qué estar en un diccionario no especializado como el de la RAE, ni tienen definiciones graciosas, originales o ingeniosas en el Diccionario Abracadabra. Es más, cualquier diccionario de términos de navegación explica mejor lo que Martínez utiliza burdamente como relleno en su glosario.

Otro punto interesante son las entradas vinculadas con la Biblia: "Cam", "Noé", "Lot", "Babel" no solo carecen de gracia sino que no aportan más que confusión, en unos casos, y aburrimiento, en otros, con respecto a diccionarios más exhaustivos como el Espasa Calpe, para no tocar los diccionarios especializados en términos bíblicos.

Un caso específico. Dice muy bien Edgardo Rivera Martínez, en la introducción del libro, que la naturaleza del ensayo...

se halla lejos (…) de la poesía, de la narración, y más aún, de un trabajo de investigación o de divulgación. (página 9)

Flagrante e incomprensible contradicción es, entonces, la definición incluida en el idioticón de un término tan importante y tradicional como "eros": nada de refinamientos semánticos, nada de actualizaciones acordes con la erótica posmoderna, nada, siquiera, de descripciones eróticas. Encontramos solo una pobre narración, una seudoversión del nacimiento del ser mitológico Eros, y luego, sin transición alguna, una torpe e inopinada disquisición sobre el origen de… ¡las alas de los ángeles!

Agrego, para que ustedes se hagan una idea más cabal de la calaña de este libraco, un error grosero incluso para un simple glosario –ya no hablemos de un diccionario cabal–: la entrada "wachimán", cuyo desarrollo, aparte de repetir todo lo que sabe Perogrullo (viene del inglés watchman, surgió en Latinoamérica, tiene relación con el peruanismo "cachaco", etc.), utiliza todo el tiempo el término "guachimán" cuando define, pero apela el extrañísimo y completamente inusual "wachimán" como entrada general de su idioticón.

Podría explayarme mucho más sobre este mamotreto desigual e ingenuoso (o sea, un poco ingenioso y bastante ingenuo), pero tengo que terminar un ensayo sobre la simbología en la obra de García Márquez, labor mucho más divertida que andar hurgando en las entrañas macilentas de este listado antojadizo.
 
Y, como yo no soy guachimán (ni wachimán) de la verdad, ni mucho menos de mis libros –estúpido sería–, dejo esto aquí, por ahora.


(Gregorio Martínez, intolerante y ridículo defensor de sus propios engendros dizque ensayísticos, a costa de la honra de los demás.)

6 comentarios:

  1. Anónimo18.8.09

    Gregorio Martínez es un gran escritor, el día que escribas como él podrás ponerte de boca a boca, por ahora solo nos queda admirar su lengua dorada de Crisóstomo y pasar por alto sus pequeños errores que no ensombrecen su maravilloso Abechedario.

    Miguel Angel

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  2. TOCAYO18.8.09

    LO PEOR DE TODO ES CÓMO QUEDAMOS EN EL EXTRANJERO CON ESTE PREMIO. AL CONCURSO SE PRESENTARON CRÍTICOS DE TODO EL MUNDO, GENTE DE PESO, Y MIRA A QUIÉN LE DAN EL PREMIO, A UNA SARTA DE CHISTES MALOS. HORROR!!!

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  3. Anónimo18.8.09

    yo creo que Martínez ya quemó en EE UU, mucha comida chatarra, ahora hasta insulta en chino!!

    Martín

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  4. Anónimo18.8.09

    GOYO MARTÍNEZ SE LAS SABE TODAS. LE HA ESTADO ESCRIBIENDO A YBARRA PARA GANARSE PUNTOS EN LA BLOGÓSFERA. EL MISMO YBARRA LO CONFIESA:

    He recibido varias cartas y envíos en torno al diccionario “Abracadabra” de Gregorio Martínez. Antes que nada quisiera apuntar que mi crítica en torno a Martínez estaban (están) basadas en la lectura detallada de su diccionario y, en especial, sobre un punto: el caso del poeta Juan Cristóbal. En ningún momento le falté el respeto ni intenté disminuir su capacidad creadora (como dicen los evangélicos: “odiamos al pecado pero amamos al pecador, a la persona”). Y, en cierto momento, traté de mediar (infructuosamente) entre Martínez y el poeta Juan Cristóbal (reboté el correo de uno y de otro, pero esto no funcionó, haciendo de adminículo y bisagra entre dos ex amigos. “Faltó aceite sobre los óxidos” sería un término a lo Goyo). Esto quizá fue la puerta a un debate interno, acalorado, apasionado y lleno de “recutecus”, que tuve con Martínez en media docena de extensas cartas donde me explicaba detalladamente sus razones y sus motivos para escribir un diccionario que, si bien es cierto, podría ser tomado como "ofensivo" (término que usé en el post), ese término podría alcanzar los ribetes que tienen en el deporte cuando un cuadro se muestra con mayores herramientas y mayor disposición (en todo caso, si un libro de alguien ha ganado un concurso literario no se puede acusar al autor de ser un “mal escritor” o de haber “pasado la línea” en torno al trato con las personas, eso es un punto en el que tiene más que ver el jurado que el escritor en cuestión).
    En una de mis –también largas- misivas le envié mis opiniones sobre varias acepciones con las que no necesariamente estoy de acuerdo, de modo tal que se armó un interesante intercambio basado en el respeto y las diferencias de ideas. Dado que es comunicación interna y personal no voy a caer en la tentación de publicarlas.
    Gregorio Martínez es un escritor peruano que ha ido ganando un espacio con cada libro editado, desde la publicación de “Canto de Sirenas” hasta sus últimos libros siempre ha habido una aceptación de la crítica y de los lectores acuciosos . No considero que “Martínez palabrea pero nunca sabe de qué está hablando” (puente aereo), esos son términos que niegan por completo todo tipo de polémica y no ayuda, si se quiere, en este caso, a encontrar respuestas a un diccionario que el mismo autor ha aceptado como polémico.

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  5. Anónimo27.8.09

    Realmente lo que expresa Ybarra me parece atendible y comparto la esencia de su intervención..

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