28.9.09

Las ciudades volátiles



Aunque los críticos profesionales se afanan en establecer diversos subtipos -de acuerdo con sus intereses, objetivos y el grado de soledad que los agobie-, podemos decir que dos paradigmas de ciudades imaginarias existen en la literatura desde siempre. Las que carecen de relación con el mundo real por completo, como las ciudades invisibles del famoso libro de Italo Calvino –lo cual no quiere decir que su descripción o lo que en ellas suceda no aluda o simbolice el mundo real-, y las que son creadas a partir de una deformación, mutación o degeneración de una ciudad real, así la urbe enajenada de Pablo Palacio, que ha dejado de ser Quito para ser la ciudad de la locura latinoamericana S. XX, si quieren darle ese nombre.

A la primera estirpe pertenecen las ciudades estado flotantes que la lacónica pero portentosa imaginación de Antonio Di Benedetto erige en el segundo relato de Cuentos del exilio (1983), compilado en los cuentos completos que alguna vez comenté algo apuradamente en este blog.
Estamos más o menos en la época en la que se desarrolla la trama de Farenheit 451, pero no hay hombres armados con lanzallamas incinerando libros incómodos para el sistema, sino ciudades sin cementerios y escritores que son degradados a ejercer una segunda vocación si no cumplen con exigencias editoriales cuasi draconianas. Además, el calentamiento global ha obligado a construir ciudades flotantes adonde se envía a la parte más "dotada y eficiente de la humanidad", mientras que la corteza terrestre se ha convertido en una inmensa comarca proveedora de insumos para las ciudades flotantes.

El protagonista del cuento, tal vez empujado por la muerte de su amigo el escritor Albatros y, presumiblemente, forzado por la pérdida de su condición de escritor (no había sido aprobado para su publicación un libro suyo en tres años) y lo delicado del estado de salud de su hijo, pide ser regresado a la Tierra desde su ciudad volátil natal, Gamine, para dedicarse a la agricultura. Desde la tierra, puede ver su ciudad flotante "semejante a una bandeja de piedras preciosas sin apoyo en el espacio".

El hijo del protagonista, de apenas meses de nacido, muere, pero como están en la Tierra, "donde los rascacielos se han convertido en cuantiosos refugios del mal vivir", y no rigen las leyes hipermodernas citadinas, el cuerpo del bebé no será volatilizado como los de los que mueren en las ciudades flotantes. Así que el protagonista puede darle sepultura y regresa a casa con su mujer, acongojados y silenciosos.

Más tarde, cuando el protagonista se asoma a un pozo a sacar agua, ve un ojo de luz que lo mira, y aunque sabe "que es un astro que el agua refleja en la superficie de su agua quieta", lo identifica con la llamada transterrenal de su hijo Aldo, una llamada imperativa que lo lleva a decidir seguirlo: "Sí, hijo. Ahí voy contigo", le dice, y con esa frase termina el cuento.

Esta distopía bradburiana me sorprende por dos elementos: cómo elude Di Benedetto los lugares comunes "críticos" de este tipo de narración, que abundan en sistemas opresivos y totalitarios y tecnificados en grado sumo, y la forma en que la humanidad –expresada por el entierro cristiano y el apego a la vieja tierra- al final se impone, aun de la mano de la muerte. (Tal vez la muerte misma, subversiva y renovadora, que atraviesa todo el cuento, sea como una lenta estrella fugaz que ilumina una existencia futura muy poco brillante).
 
(Antonio di Benedetto.)


4 comentarios:

  1. Anónimo29.9.09

    hola hay una ciudad imaginaria que inventa Clemente Palma en sus tradiciones, puedes confirmarme el dato. Excelente post.

    Paulo de Cañete

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  2. Clemente Palma no es el de las tradiciones, Paulo, es Ricardo. Clemente, en efecto, imagina una ciudad imaginaria en su novela (grotesca) XYZ, de 1935.

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  3. Anónimo30.9.09

    señor Coral, dos de Oquendo para dejarlo calladitos como insinúa el título de una de sus columnas.

    Por Abelardo Oquendo

    ¿Qué tiene que ver –pregunta un lector a propósito de la columna del domingo pasado– el número de los lectores de un país con la riqueza de su literatura? Ciertamente, “un libro no es mejor ni peor –como él dice– si es leído por un cenáculo o por una muchedumbre”. En este último caso es posible, incluso, que no sea tan bueno. Pero la realidad muestra que el número de los grandes libros y los grandes autores es mayor donde el de los lectores es también más grande; o sea, cuando la cultura nacional está más extendida. Tal evidencia (la necesidad de un mercado nacional que sustente la robustez de una literatura) no impide, desde luego, que puedan surgir, en lugares apenas hóspitos, autores de excepción, como Rubén Darío, digamos.

    Lo que mueve al patriótico lector es sostener la riqueza de la literatura peruana a contrapelo de nuestra escasez de lectores y lo reducido de nuestro mercado librero. Sin duda, tenemos un cierto número de escritores notables, en poesía particularmente. Mas basta un ligero ejercicio comparativo para apreciar que la nuestra, como todas las literaturas nacionales, es una a la medida de sus lectores. Así, en estos casi cinco siglos que llevamos de lengua castellana solo un puñado de nuestra gente de letras ha tenido luz propia y suficiente para brillar e influir más allá de nuestras fronteras.

    Los que son y los que están
    Por Abelardo Oquendo

    El reciente y servicial Diccionario crítico bibliográfico de la literatura peruana, de Miguel Ángel Rodríguez Rea (Universidad Ricardo Palma, Lima) tiene solo dos antecedentes en el país: Los diccionarios literarios de Emilia Romero (1966) y el de Maurilio Arriola Grande (1968), ambos tan distintos del suyo como diversos entre sí.

    El de Rodríguez Rea, acucioso bibliógrafo con estimables publicaciones dentro de su especialidad, es –son sus palabras- un diccionario “discreto porque no acoge a todos los autores, revistas y periódicos literarios que han aparecido en el Perú desde los inicios de la literatura peruana en lengua española.” Es, pues, selectivo.

    Rodríguez Rea no explicita los criterios de su selección, pero es obvio que incluye en su obra solo lo que considera imprescindible.

    ¿De cuánto estamos hablando? Los cenáculos literarios que menciona son 5; las revistas y periódicos, 40, y los autores (creadores y críticos) 382. En casi cinco siglos de literatura, esa cifra sugiere un rigor crítico excesivo, pero valga para atenuar esa impresión tener presente que la más nueva de las historias de nuestra literatura, la de James Higgins (Lima, 2006) se ocupa únicamente de 150 autores. Como toda selección es objetable, en ambas obras lo controvertible sería no tanto cuántos son, sino quiénes están.

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  4. Anónimo30.9.09

    Vico, Oquendo debería escribir en haikús, porque los dos párrafos a que se ha reducido su columna no dejan entender nada.

    Maiki

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