24.9.09

Perec en nueva traducción


Me entero por Club Cultura que acaba de salir una nueva traducción de Un hombre que duerme, de Georges Perec, el genio de La vie: mode d’emploi. Si acceden a la página pueden encontrar la flamante portada y las primeras páginas del libro. Les dejo el comienzo.
 
Apenas cierras los ojos, la aventura del sueño comienza. A la penumbra conocida de la buhardilla, volumen oscuro cortado por detalles, donde tu memoria identifica sin esfuerzo los caminos que has recorrido mil veces, trazándolos de nuevo a partir del cuadrado opaco de la ventana, resucitando el lavabo a partir de un reflejo, la estantería a partir de la sombra un poco más clara de un libro, precisando la masa más negra de la ropa colgada, sucede, tras un cierto tiempo, un espacio bidimensional, como un cuadro sin límites ciertos que formara un ángulo muy pequeño con el plano de tus ojos, como si reposase, no del todo perpendicularmente, sobre el puente de tu nariz, cuadro que, en principio, puede parecerte uniformemente gris, o más bien neutro, sin colores ni formas, pero que, rápidamente sin duda, resulta poseer al menos dos propiedades: la primera es que se oscurece más o menos según cierres con mayor o menor fuerza los párpados como si, más precisamente aún, la contracción que ejerces sobre el trazo de tus cejas cuando cierras los ojos tuviera el efecto de modificar la inclinación del plano en relación con tu cuerpo, como si el trazo de tus cejas formase el eje y, por consiguiente, a pesar de que esta consecuencia no parezca demostrable sino por la evidencia, el de modificar la densidad o la calidad de la oscuridad que percibes; la segunda es que la superficie de este espacio no es regular en absoluto, o más precisamente, que la distribución, el reparto de la oscuridad no se realiza de manera homogénea: la zona superior es manifiestamente más oscura, la zona inferior, que te parece la más cercana aunque ya, evidentemente, las nociones de cerca y lejos, alto y bajo, delante y detrás, han dejado de ser del todo precisas, es mucho más gris, es decir, no mucho más neutra como crees al principio, sino mucho más blanca, y por otro lado contiene, o soporta, una, dos o más tipos de bolsas, de cápsulas, un poco la idea que te haces de una glándula lacrimal, por ejemplo, de bordes finos y ciliados, y en cuyo interior tiemblan, se agitan, se retuercen relámpagos muy muy blancos, a veces muy delgados, como estrías muy finas, a veces mucho más gruesos, casi gordos, como gusanos. Estos relámpagos, aunque relámpagos sea un término del todo inapropiado, poseen la curiosa virtud de no poder ser observados. En el momento en que fijas demasiado tu atención sobre ellos, y es casi imposible no hacerlo pues acaban danzando ante ti y todo el resto es casi inexistente, en realidad, no hay nada mucho más perceptible que el eje de tus cejas y este espacio tan vago de dos dimensiones más o menos perceptible donde la oscuridad se extiende irregularmente, pero desde el momento en que los miras, aunque esta palabra no quiera ya decir nada, claro, desde el momento en que buscas, por ejemplo, asegurarte, por poco que sea, acerca de su forma, o de su sustancia, o de un detalle, puedes estar seguro de encontrarte, con los ojos abiertos, ante la ventana, ese rectángulo opaco que se ha vuelto cuadrado, aunque esta o estas bolsas no se le parezcan en nada. Pero reaparecen, y con ellas el espacio más o menos inclinado que se articula sobre tus cejas, un poco después de haber vuelto a cerrar los ojos y, aparentemente, no han cambiado desde la otra vez. No puedes, sin embargo, estar totalmente seguro de este último punto porque, tras un tiempo difícilmente apreciable, y aunque nada te permita todavía afirmar que hayan desaparecido verdaderamente, puedes constatar que han palidecido de modo considerable. Ahora te las tienes que ver con una especie de grisalla de rayas, que sigue perteneciendo a este mismo espacio que prolonga más o menos tus cejas, pero, se podría decir, deformado hasta el punto de aparecer constantemente desviado hacia la izquierda; puedes mirarlo, explorarlo, sin trastocar el conjunto, sin suscitar un despertar inmediato, pero esto carece totalmente de interés. A tu derecha es donde pasa algo, en esta ocasión una tabla, más o menos detrás, más o menos debajo, más o menos a la derecha. La tabla obviamente no se ve. Solamente sabes que es dura, aunque no estés arriba ya que, justamente, te encuentras sobre algo muy blando que es tu propio cuerpo. Entonces se produce un fenómeno a todas luces sorprendente: en un principio hay tres espacios que nada te permitiría confundir, tu cuerpo-cama que es blando, horizontal y blanco, después el trazo de tus cejas que controla un espacio gris, mediocre, sesgado, y la tabla, finalmente, que permanece inmóvil y es muy dura por encima, paralela a ti, y quizás accesible. Está claro, en efecto, incluso aunque eso sea lo único que esté claro, que si trepas a la tabla, duermes; que la tabla, es el sueño. El principio de la operación no puede ser más simple, a pesar de que todo apunte a que te hará falta mucho tiempo: habrá que reducir la cama, el cuerpo, hasta que no sean más que un punto, una canica, o bien, lo que es igual, habrá que reducir toda la flaccidez del cuerpo, concentrarla en un único lugar, por ejemplo en algo como una vértebra lumbar. Pero el cuerpo, en ese instante, ya no presenta en absoluto la bella unidad de hace un instante; de hecho, se despliega en todos los sentidos. Tratas de llevar hacia el centro un dedo del pie o el pulgar, o el muslo, pero entonces, cada vez, olvidas una regla: que no hay que perder nunca de vista la dureza de la tabla, que había que proceder con astucia, guiar al cuerpo sin que presagie nada, sin que tú mismo lo sepas con certeza, pero es demasiado tarde, cada vez desde hace mucho tiempo, ya demasiado tarde y, curiosa consecuencia, el trazo de tus cejas se parte en dos y en el centro, entre los dos ojos, como si el eje hubiese sujetado todo el conjunto y toda la fuerza de ese eje confluyera en ese punto, aparece de repente un dolor preciso, indudablemente consciente, y que reconoces enseguida como el más banal de los dolores de cabeza.
(El genio y el gato.)

8 comentarios:

  1. jarjacha25.9.09

    hola vico. creo q mas alla de peleas tienes que apoyar el documental sobre el cine peruano q preparan ybarra y inocente. me entero por el blog de gran poeta leo zelada de los detalles.

    http://leozeladabrauliograjeda.blogspot.com/2009/09/la-otra-noche-en-blanco-y-el-relevo.html

    5:59 PM
    RODOLFO YBARRA dijo...
    Saludos, Leo.
    Estamos preparando un documental con Rafael Inocente para mostrar la pobreza del cine peruano. Como bien sabes, nuestro cine es fiel reflejo del arte decadente, comechado, seudo "clasemediero" y desclasado, fiel reflejo, a su vez, de la realidad decadente, alienada y dirigida por un cogollo imperialista, también, decadente y coprolálico.
    En ese círculo vicioso el cine peruano cumple un papel ramplón, alejado de toda sensibilidad y de todo aporte estético. Es por eso que esperamos contar con tu apoyo para difundir el documental “El cine peruano o el guano”.

    http://leozeladabrauliograjeda.blogspot.com/2009/09/la-otra-noche-en-blanco-y-el-relevo.html

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  2. Anónimo25.9.09

    ¿el gran poeta leo zelada? ¡qué troncho están fumando?

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  3. por supuesto que difundiré el trabajo, sobre todo por mi amigo Rodolfo Ybarra. Y con respecto a Inocente, ningún rencor. Saludos.

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  5. Anónimo25.9.09

    Coral, sacadme de dudas, ¿el gato en el hombro de Perec es negro o está sucio?

    gracias

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  6. es negro, los gatos sucios no llegan ni a acercarse a los grandes.

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  7. Anónimo25.9.09

    Coral, otra pregunta, es verdad que eres de la CIA. Solo di que no y creeremos lo contrario.

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  8. ja! Te responderé a la manera ZEN:

    "deja que el cerdo se revuelque en su chiquero, solo elude las gotitas de barro que lanza".

    Servidos.

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