19.10.09

LA PROSPERIDAD RECLUSA


En exclusiva para LDL, el narrador arequipeño Orlando Mazeyra me envía este adelanto de su nuevo libro, pronto a aparecer dentro de la movediza editorial Cascahuesos.


BREVE FRAGMENTO, AMBIENTADO EN MEJÍA, QUE FORMA PARTE DEL NUEVO LIBRO DE ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN QUE APARECERÁ EN NOVIEMBRE, VÍA "CASCAHUESOS EDITORES".


El inicio del verano no se había mostrado alentador: muchos problemas en la oficina y un dolor de espalda me agobiaban decididamente. Siempre que el estrés laboral se ensaña con mi salud, sigo la misma receta liberadora: indago sobre algún hotel con vista al mar que pueda convertirse en mi morada itinerante por un buen fin de semana. Un compañero del trabajo me habló mucho acerca de un acogedor establecimiento de hostelería a punto de cerrar luego de más de medio siglo de actividad. Estaba ubicado en Mejía. Para convencerme, me envió, vía correo electrónico, algunas fotos de su espaciosa terraza que él mismo había tomado, durante su estancia, el año pasado. Luego de revisarlas, alisté un pequeño equipaje de mano y decidí conocer ese ignoto paraje enclavado en las costas de Islay.

Siempre que entro a la habitación vacía de un hotel pienso que ya no vive nadie en esa alcoba. Mucha gente ignora que los hoteles son, para los buenos viajeros, como las casas en donde crecieron (y a veces están por encima de ellas en los estamentos afectivos). Por eso, cuando me encuentro en un dormitorio que yace despoblado, siento una extraña nostalgia que evoca —aun sin haberlos conocido en absoluto— a todos los viajantes que ya han partido. Es cuando entiendo con insondable nitidez lo que quiso decir aquel bardo peregrino: cuando alguien se va de un hotel, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado.

Dejé mis cosas encima de la cama, puse las llaves de la habitación en mi bolsillo y, luego de solicitarle información al amable conserje, salí a conocer los alrededores. Llegué a un pub de seductora barra que estaba atestado de gente vocinglera que parecía pasarla muy bien. Su nombre jugaba con un lugar casi sagrado, en términos históricos: La Rocka del Moro. Uno de los dueños —un extranjero que debía ser catalán porque vestía un polo del Fútbol Club Barcelona— me despachó diligentemente un cubalibre con hielo y me recomendó visitar la playa cuando cayera la tarde: "Lo mejor de acá son los crepúsculos", me informó convencido, entregándome una servilleta con el logo del local: "Se lo digo yo que ya llevo acá más de veinte años. No se pierda el de esta tarde: todos son distintos, cada uno tiene una tonalidad peculiar, sorprendente".

"He visto tantos atardeceres que esas cosas me dejaron de llamar la atención hace una punta de años", le confesé, y apuré el vaso de trago recordando mi maldita escoliosis. Me puse de pie y alargué la mano para entregarle un billete. Hice una venia de despedida y regresé al hotel. Estaba muy cansado por el viaje: quería echar una larga siesta. Cosa que hice apenas llegué a la habitación 107.

Luego de algunas horas, desperté. Y, al mirar hacia la terraza, lo primero que hice fue recordar las palabras del sujeto del bar: moroso, entraba por mi ventana el crepúsculo del atardecer con el tibio aliento de esa lejana esfera flotante y cortada por la mitad, que ardía cada vez menos anunciando el arribo de la noche más triste de la temporada. La postal que tuve ante mí se insinuó en mis entrañas, rotulando un mensaje invisible que solo podía entenderse como un mandato a volver a escribir: lo que fuera, cualquier cosa, inclusive garabatos, cifras, rúbricas, malas palabras, adagios, títulos de novelas, aniversarios de cumpleaños, números romanos, capitales de países, direcciones de correos electrónicos, equipos de fútbol o nombres de personajes famosos..., pero escribir... hasta que, ¡por fin!, se fatigara el sol.

Recordé que llevaba años sin hacerlo, prácticamente desde que me fui de Lima para convertirme en un autómata embrutecido por la rutina de una ciudad pequeña y aburrida. Al notar cómo la fuerza del sol se desprendía por el firmamento como jugo de naranja derramado con exquisita simetría, sentí que yo mismo estaba derramando mis fuerzas en raciones imperdonables y absurdas: me encontraba en una fase declinante de mi existencia. ¿El crepúsculo de mi juventud? ¿O se me estaba dando una última oportunidad para corregir mi vida y llevarla por el sendero que siempre quise?

Ahí estaba otra vez ese estremecimiento interno del impulso creativo que se presenta cuando menos lo esperas —y que yo creí haber perdido para siempre—, pero que no te deja tranquilo hasta que lo acojas echando a andar el lapicero sobre la hoja o, en todo caso, haciendo danzar los dedos sobre el teclado del computador.

Cogí el primer papel que encontré a la mano: se trataba de una servilleta de La Rocka del Moro. Empecé a desdoblarla y la estiré pacientemente sobre la cama, aplastándola con las manos, antes de escribir la fecha con letras mayúsculas:

30 DE ENERO
Traté profundamente de dilucidar cuál era la motivación de esta nueva empresa. Habré estado sumido en esa cuestión alrededor de treinta minutos. Luego, empecé a echar cabeceadas, hasta quedarme otra vez dormido. Fue cuando me encontré con él: vestía un traje modesto, como siempre. Un raído pantalón de corduroy del mismo color nuez de sus ojos, una camisa blanca de manga corta como las que alguna vez usé para ir a la escuela y unos zapatos mocasines a los que parecía haber acabado de embetunar. Estaba erguido, como perdiendo en el ocaso su mirada de mascota aburrida, con esa palidez tan suya que resaltaba la tonalidad lechosa de su tez de oso polar. Después de un rato me volvió la mirada, sin amor: parecía tragar su propia saliva porque su manzana de Adán ascendía y descendía frenéticamente como ascensor malogrado. Me miraba ansioso, tratando de reconocerse en mí como si yo fuese un espejo. Juntó el entrecejo y sus cejas oscuras parecieron formar olas sincronizadas que chocaron formando un par de arrugas que atravesaron su frente, verticalmente, hasta perderse en su pelo: ¿cómo estás, hijo?

(Orlando Mazeyra.)

2 comentarios:

  1. Andrea24.10.09

    este cuento está mas aburrido que bailar con la hermana y mas feo que el hambre

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  2. Anónimo25.10.09

    ponlo completo ps coral o es novela?

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