9.11.09


El símbolo perdido

Mucho menos delirante que El código Da Vinci, esta novela de Dan Brown -que apenas he empezado a leer- no solo desentraña algunos secretos del poder más poderoso (aún) del planeta, sino que es todo un manual de simbología y un ejemplo del manejo del supenso. Tiene hasta un olorcito a subversión de la buena. La reseña es de Babelia.


El secreto es un atributo del poder, y Dan Brown ha escrito El símbolo perdido en honor del secretismo de Estado. El escenario es la nueva Roma, Washington, una geometría de palacios, templos, bibliotecas y criptas selladas. Fundada por masones, ahora sirve de campo para "la primigenia batalla entre el bien y el mal", por decirlo con palabras de Brown. El profesor de simbología Robert Langdon cree visitar el Capitolio para una conferencia sobre los símbolos masónicos, pero va al encuentro de un escalofriante malvado, Mal'akh, ángel caído, monje sadomasoquista, exterminador nacido en una cárcel turca. Dura una noche el torneo, en la agonía de un chantaje que tiene como víctimas a Langdon y al Gobierno norteamericano, y amenaza la vida de dos rehenes, los hermanos Peter y Katherine Solomon. Sabios, bellos y millonarios, han caído en manos de Mal'akh, y Mal'akh mutila, asfixia, estrangula, clava destornilladores en la garganta. Qué pide el monstruo es menos preciso: un tesoro de altísimos secretos, el último símbolo, algo así como "la palabra perdida, escrita en una lengua antigua, capaz de conferir un poder inimaginable a aquel que comprenda su verdadero significado".

Lo que interesa es la intriga, la aventura, contrarreloj, como en un teleconcurso o un videojuego: una sucesión de pruebas, jeroglíficos y criptogramas en forma de obras de arte, acertijos, cajas y anillos, cuadrados mágicos, una mano cortada, mapas que llevan al tesoro. El decorado incluye pirámides, calaveras, talismanes, puertas falsas. El ritmo es de película, con acuciantes cambios de plano y tiempo narrativo, y el narrador no vacila en engañar al lector con tal de atizar la tensión y el misterio.

El símbolo perdido es una novela sobre la educación de la juventud en el seno de la familia y el Estado. El monstruo Mal'akh es todavía, a la edad en que murió Cristo, un muchacho caprichoso, loco por los tatuajes, el ejercicio físico y los esteroides. Pertenece a la masa confusa. Ansía ese tesoro de conocimientos, "demasiado poderosos y peligrosos para los no iniciados", que debe guardarse lejos de las masas ignaras. Pero el contenido del saber oculto es lo de menos. Como decía el conde Trelawney en La isla del tesoro: "¡Qué importa el tesoro! ¡Es el encanto del mar lo que me arrebata!". Las novelas de Brown son un tesoro en sí mismas, millones de libros vendidos, fuente de beneficios para Hollywood y la industria turística. No sé si el hecho de que El símbolo perdido esté vertido al español por tres traductores (y al italiano por cinco) responde a las urgencias de su lanzamiento mundial, o a una operación equivalente a la de dividir el mapa del tesoro en varias partes, de modo que nadie lo vea entero; en este caso, para que un solo traductor no pueda romper el secreto de la novela antes de su llegada al mercado.

El estilo lo da la ideología: Brown nos cuenta de una minoría riquísima en ciencia, dinero y poder. Suya debe ser la propiedad del conocimiento en una realidad en la que, "después del Once de Septiembre", el Gobierno entra libremente en los ordenadores y teléfonos de los ciudadanos, y, siempre según El símbolo perdido, un departamento de la CIA vigila a sus propios miembros para que no incurran en acciones ilícitas, "el uso de tácticas de tortura ilegales", por ejemplo. Lo dirige otro de los guiñolescos personajes de Brown, la inflexible fumadora Sato, hija de japoneses, de voz ronca y piel como de granito con moho. Mide metro y medio. Tiene "una repulsiva cicatriz (...), un elevadísimo coeficiente intelectual y unos instintos de escalofriante precisión". Salvará a la humanidad de saber demasiado, porque es difícil que los jóvenes y los inmaduros entiendan lo que hacen sus mayores y, cuando creen imitarlos, se convierten en masones falsos, espías, tramposos, torturadores salvajes, asesinos como Mal'akh.

Dan Brown escribe novelas pedagógicas: nos enseña cuál es la marca de ascensores de la Torre Eiffel o de los motores de un Falcon 2000EX, la altura del obelisco de Washington, la etimología de la palabra "corbata", la existencia de la ventilación líquida total (VLT), muy útil en las técnicas de interrogatorio de la CIA, o el nombre del cuchillo con el que Abraham iba a sacrificar a su hijo y que ahora es el puñal del monstruo. ¿Qué es la ciencia noética? "Eslabón perdido entre la ciencia moderna y la antigua mística", es lo que estudia Katherine Solomon en el laboratorio más secreto de Washington para responder a preguntas infatigables: ¿Oye alguien nuestras oraciones? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Tenemos alma? Katherine ha descubierto que la conciencia es una forma de energía. El héroe, Robert Langdon, es escéptico, como el lector, pero Katherine presenta pruebas: su laboratorio ha pesado el alma de un muerto. Y otra mujer, Sato, dicta entre humo otra lección fundamental: cuando un alto funcionario de la CIA le hable de seguridad nacional, "déjese todas las imbecilidades en Cambridge", señor Langdon.
 
(Portada.)

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