
Cada vez se va haciendo más consensual el hecho de que la Biblioteca Altazor, de la editorial Altazor, se está convirtiendo en la gran colección de novelas peruanas cortas. Ha tenido la virtud de convocar a escritores de la talla de Eduardo González Viaña, Carlos Calderón Fajardo y, ahora, Enrique Verástegui, quien ya había publicado antes su Terceto de Lima en los noventa –además de perder un valioso libro a manos de un ratero que se hace pasar por poetastro; pero ese es ya un tema judicial–.
Sobre la poesía de EV, nadie como Ricardo González Vigil para definirla:
El aporte de Verástegui a la poesía en lengua española merece mayor reconocimiento que el que está recibiendo, ausente en pretenciosas antologías editadas en España en esta década (figuraba, en cambio, en las antologías de los años 80 y 90, aparecidas en México y diversos países). Numerosos poemas excelentes de "En los extramuros del mundo" (1971), "Angelus Novus" (2 tomos, 1989-1990) y sus otros libros lo ungen como una de las voces capitales surgidas en los años 70, acaso el más dotado y complejo en niveles discursivos y recursos expresivos.
(Verástegui visionario, El Comercio)
Sobre este libro en particular, que he devorado el fin de semana con fruición, tengo que decir que me quedan unas pocas dudas sobre su trama algo forzada, su estructura –a pesar de que el poeta es un genio estructurando poemas– y sobre la esporádica cripiticidad (neologismo) del lenguaje. Pero sin duda he disfrutado de fragmentos y citas que se han quedado en mi memoria y que quiero compartir con ustedes:
La ciudad funcionaba como un oficio mucho más perfecto que el propio hospicio en donde el concepto de libertad –por esta misma razón– era tan perceptible como una cadena esposándote las muñecas
(…)
Tanto la ciudad, como el hospicio eran las misma cosa, y era un alimento del otro…
(pp 46)
Pretender alienarnos será siempre la meta de toda potencia humana y ante ello no queda otra cosa que un repliegue –como un tomar impulso, igual que una ola de mar enfurecido, para volver con más fuerza– hacia dentro de nosotros mismos, lugar donde configuramos la ética.
(pp 53)
Perder equilibrio es una característica en el hombre que ignora no solo el comcepto de belleza sino que, sobre todo, como buen comerciante, se muestra incapaz de sentirla: el equilibrio, como toda nostalgia –hoy no se puede definir de otro modo el equilibrio– es una sonrisa que permanece distante al comercio que la corroe.
(pp 73)
Consecuentes con la última cita, pedirle equilibrio, mesura, coherencia lógica a Teorema del anarquista ilustrado sería un contrasentido; su valor está en el vuelo de las ideas expresadas, y en los picos de poesía en prosa que se alcanzan en un libro siempre interesante y recomendable.
(Portada. Enrique Verástegui, uno de los mejores poetas peruanos de las tres últimas generaciones.)
































