30.12.10

GRAVES PROBLEMAS EN ENCUESTA POÉTICA

Más allá de epítetos innecesarios, replico acá un texto donde, con argumentos, se demuestra las graves falencias de una encuesta poética realizada por los estudiosos López Degregori, Güich, Susti y Chueca, para la Universidad de Lima, nada menos. Los resultados de esta peculiar indagación fueron seguidos y difundidos ampliamente en Sol Negro y pueden verlos.
Considero necesario y útil seguir revisando y discutiendo este asunto tan delicado, que compromete los fundamentos de aquella encuesta y la manera en que se pretendería manipular un canon poético en el Perú hoy.



UNA ENCUESTA COBARDE

Nada más cobarde que trasladar una responsabilidad a terceros para obtener resultados convenidos. Este sería en esencia el mensaje que nos deja una denominada “antología consultada” sobre la poesía peruana entre 1968 y 2008, realizada por la ahora conocida Banda de los Cuatro: Carlos López Degregori, Luis Fernando Chueca, José Güich y Alejandro Susti, miembros de un pomposo Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima y que ha arrojado resultados previsiblemente anticientíficos e interesados. Para ello, por supuesto, han recurrido al marketing con el propósito de difundirlo en los medios anunciándonos que los 45 poetas más mencionados serán incluidos en una antología que aparecerá en 2011.

Para contextualizar brevemente este nuevo despropósito de la literatura canónica, añadiremos que la banda en cuestión envió desde mayo de 2010 cartas a 137 personas, entre auténticos (y supuestos) estudiosos, poetas, profesores, recencionistas en los medios, la mayoría de ellos, naturalmente, amigos personales de los antologadores. En la carta solicitaban que el invitado eligiese 20 nombres que juzgaran imprescindibles en la poesía de los últimos 40 años y si fuera el caso que resaltasen los cinco títulos más memorables de ese mismo periodo.


Debemos agregar que entre los invitados nos encontrábamos los firmantes de esta carta, negándonos a responder la invitación por las inconsistencias y premeditaciones de su propuesta, así como por los antecedentes de los antologadores, dos de ellos autores de un ensayo manifiestamente adverso a HZ. Y cada quien por su lado advirtió a López Degregori que se cuidara de incluirnos en la futura antología, aun cuando fuéramos mencionados en la desacreditada encuesta, a riesgo de ser denunciado judicialmente.

Pues bien, ya tenemos los resultados a partir de los cuales vamos a demostrar, puntualmente, que la premeditación, la desesperación de venderse, bajo el principio del viejo e infame pacto bajo la mesa, según el cual “tú votas por mí y yo voto por ti”, no es un prejuicio nuestro, sino la confirmación de una de las peores tradiciones de la poesía canónica peruana.



1) El Instituto de Investigación Científica tiene que explicar por qué los convenidos antologadores no cumplen con los requisitos propuestos en la carta de invitación, uno de los cuales era dar a conocer los 20 nombres más mencionados, de los que solo son publicados 10 (más uno sin numeración). La explicación confusa (o sea nada científica) es que la reducción está relacionada con el número de menciones, insinuando que sería poco elegante incluir a los restantes (nueve) por las pocas menciones que recibieron. ¿Qué clase de estadística es esta? Es como si Apoyo o Datum, a proposito de la actual campaña electoral, escondieran la votación de algunos candidatos porque alcanzan discretos porcentajes.

2) El otro requisito, mencionar los cinco libros “decisios”, delata con harta visibilidad el objetivo que escondía la famosa “antología consultada”: promocionar a Carlos López Degregori, ya que, sorprendentemente, los cinco títulos terminan siendo siete, con dos puestos más que incluyen empates, en uno de los cuales, el 6º lugar, aparece nada menos que el cabecilla de la Banda de los Cuatro. Peor aún: con inexplicable excusa la banda se permite ocultar otros títulos que obtuvieron alguna votación argumentando que se trata de “una gran dispersión”.

3) ¿Qué clase de rigor científico puede explicar el hecho de que los nombres más votados (el querido José Watanabe obtiene, por ejemplo, 101 votos) alcancen cifras ridículas y abismalmente dispares cuando se les solicita a los encuestados citar los títulos de sus libros más memorables? Para seguir con el mismo Watanabe, que encabeza la lista de los más votados, solo alcanza 17 votos por “El huso de la palabra” (13.82% del total) y 10 por “Cosas del cuerpo” (8.13%), mientras que “En los extramuros del mundo”, de Enrique Verástegui, el más votado en este rubro, obtiene apenas 23 votos (18.69%). Por cierto, el porcentaje del sexto autor de un título mencionado, Carlos López Degregori, que no debería estar incluido según sus propias reglas (el requisito era que fueran solo cinco títulos, recordemos), y que empata con tres poetas más con 7 votos (los tres son de HZ), alcanza 5.10%.

Por supuesto, los porcentajes variarían si nos sujetáramos a la advertencia de los antologadores de que se trata de una votación en un universo de solo 53 consultados. Pero ¿no es desastrosamente revelador que más de la mitad (56.92%) no haya querido opinar al respecto? Esto supone que no estaban muy convencidos de la calidad de las obras o simplemente no las recordaban, vale decir, que la mayoría no relaciona autores con obra. ¿Qué clase de críticos, profesores, poetas o mil oficios son estos que conocen nombres pero no libros? La clase de amigos que tiene la Banda de los Cuatro. Y entonces la consulta descubre toda su fragilidad e incapacidad disfrazada de “investigación científica”.

4) Es lamentable que esta nueva desvergüenza literaria mantenga en pie las peores taras del centralismo literario. Los autores se enconden en una improbada explicación de que seleccionaron una lista de cerca de “cuatrocientos nombres que se situaran en el marco cronológico de nuestra consulta”, pero resulta que los consultados, también previsiblemente, votaron por los poetas más mencionados en los medios, es decir por los que nacieron o han producido su obra en Lima. Este gesto pinta de cuerpo entero el criterio canónico recurrentemente discriminador desde Riva Agüero hasta la última antología de José Miguel Oviedo (España, 2009) y reafirma que quienes controlan el poder cultural en el Perú siguen siendo los herederos de los letratenientes que fundaron la tradición poética escrita en nuestro país, como sostenía Martin Lienhard. Nombres tan valiosos como José Luis Ayala, Omar Aramayo, Baltazar Azpur (poeta apurimeño quechuaescribiente ya fallecido, y como él tampoco están presentes autores en esa lengua), Samuel Cardich, Marcial Molina, Ricardo Oré, Jorge Nájar, Angel Garrido, Bernardo Alvarez, pero limeñas y limeños como Rosina Valcárcel, Enriqueta Belevan, Dalmacia-Ruiz Rosas, José Rosas Ribeyro, Enrique Sánchez Hernani y Jerónimo Pimentel son puestos al margen cediendo puesto, con grosera patería, a poetas de absoluta falta de calidad y hasta de continuidad (suman decenas).

5) Tampoco parece riguroso, sino una tumultuosa subjetividad, el hecho de que los consultados fueran elegidos a conveniencia de la Banda de los Cuatro. Es curioso que, por ejemplo, ni Rodolfo Hinostroza ni Enrique Verástegui, solo por citar dos casos, aparezcan entre los invitados y sí narradores o investigadores de otras materias académicas, como ocurre con un estudioso de música criolla de la universidad Católica. Es cuando la suspicacia toma la solidez de un hipopótamo: los que enviaron cartas de invitación para la consulta sabían que, por cortesía, inevitablemente aparecerian en la encuesta. Más aún: toda la banda se cuidó de seleccionar a una gran mayoria de personas de su entorno para lograr los resultados que esperaban.

6) En la medida que esta es una carta abierta firmada por dos escritores de HZ que rechazaron participar de una farsa que refleja una falta de compromiso académico, poético y ético, amparándose en la cobarde coartada del tumulto para no decir nada, volvemos a recordarle al cabecilla de la Banda de los Cuatro, Carlos López Degregori, que se inhiba de incluir nuestros nombres en la antología que pretende publicar. Porque seguimos sosteniendo que no es representativa de la poesía peruana de los últimos 40 años y no refleja los cambios sustanciales que han reconfigurado el Perú, como la concreción de su reconocimento en la multiculturalidad -soldando así, poco a poco, los trágicos desgarramientos del pasado y que culminarán cuando haya equidad y justicia-, la exigencia de los olvidados a ser legitimados a traves de una estética híbrida, de fusión (a la que, por cierto, dio inicio Hora Zero en los años 70) y la producción de nuevas fuentes literarias ex-céntricas, periféricas, multiformes, archipiélagas, indiferentes del canonismo castrador y virreinal que berracamente aún cree que el Perú es Lima.


Lima, 29 de diciembre de 2010



Tulio Mora

Jorge Pimentel

29.12.10

EL LIBRO DEL AÑO


Tanto por su significación histórico-literaria, como por la calidad del texto mismo, considero Resurrección de los muertos (ANR, 2010), del escritor puneño Gamaliel Churata, como el libro más importante publicado en el Perú este año.

El libro -inédito durante décadas-, como algunos creen, no es una mera continuación o apostilla a la gran novela del puneño, El pez de oro, sino que constituye un texto con vida propia y con características que lo hacen muy especial, sin perder relación (y aclarar contenidos) con el resto de la obra de Churata.

Se trata de un relato extenso escrito en forma de diálogos filosóficos, donde el escritor puneño ensaya una suerte de deconstrucción del pensamiento occidental, para proponer una forma de pensar el mundo alternativa, recogiendo elementos de las culturas aimara y andina.

No en vano Ricardo González Vigil, en su momento, afirmó que

Estamos ante uno de los acontecimientos culturales más significativos de los últimos años: la publicación de “Resurrección de los muertos”, el inédito más importante de Gamaliel Churata, un autor cada vez más reconocido como una voz capital del Perú contemporáneo, la más notable de Puno y nuestra herencia aimara, la más radicalmente indígena de todas las que se han expresado en lengua española, pero un español aimarizado y quechuizado, mixtura verbal que él tejió desde los años 20 (antes que José María Arguedas) y alcanzó su cumbre artística en “El pez de oro” (1957).

Por supuesto y por cierto, se impone no solo la lectura de Resurrección de los muertos, pero también su incorporación al plan lector de Secundaria, de manera que una obra de por sí refractaria a la lectura "corriente" se vaya haciendo familiar para nuestros jóvenes alumnos.

(Portada.)

27.12.10

Contratapa de Nigrublancu


La próxima semana sale a luz el tercer poemario de Salomón Valderrama, Nigrublancu (Sol Negro, 2010). Escribí una contracarátula para aquel, la cual pueden leer:


Los críticos extranjeros consideran el llamado neobarroco no solo como el formato que domina el espectro más interesante de la poesía actual; también establecen algunas coordenadas -no siempre coordinadas- donde lo rizomático, la actitud ecléctica, el arrebato y búsqueda lingüísticas son axiales, tanto como los conceptos de inestabilidad, cambio o invasión de temáticas sociales y aún políticas.

El libro que hoy el poeta peruano Salomón Valderama nos entrega, si bien participa de varias de estas especificaciones, se atiene a una tradición barroca o neobarroco de carácter nacional. Se inscribe en una línea que empieza en la obra de El Lunarejo ("Apologético de Don Luis de Góngora"), continúa con Gamaliel Churata y su "Pez de oro", se condensa de manera deslumbrante en la obra poética de Martín Adán -no sin antes pasar por el tamiz mayor trilceano- y sucede a propuestas tan disímiles como las del Mirko Lauer de "Sobrevivir" y Juan Ramírez Ruiz. Solo esto bastaría para celebrar este acontecimiento poético; pero Valderrama se ha internado además en una exploración del lenguaje del migrante capitalino, tratando de captar sus esencias verbales y mimetizando sus peculiares efluvios conceptuales.

Toda una experiencia poético-lingüístico-antropológica que exige un nivel alto al lector especializado, aunque deja el placer del sonido y de la peculiar eufonía al lego.

Saludo con real fervor la aparición de este libro.

González Vigil sobre Pimentel


La muerte de un burgués, de Jerónimo Pimentel, recién empieza a cosechar merecidos elogios. Ricardo González Vigil lo comenta en El Comercio.

Hay un formidable diálogo con la poesía vanguardista peruana: además del citado Oquendo de Amat, el Martín Adán que deambula, escéptico y cínico, en “Poemas Underwood” (de “La casa de cartón”). Mayor todavía con el neovanguardismo del Eielson de los años 50 en adelante (sobre todo, el callejero que dinamita todo, en “Habitación en Roma”); y, por cierto, con la fiebre vanguardista-revolucionaria del movimiento Hora Zero (del cual resulta referente central su padre, Jorge Pimentel), reelaborando el dar “Un par de vueltas por la realidad”, para decirlo con palabras de Juan Ramírez Ruiz: “Built to spill (Psicosis mística) / Trayecto abierto”, “Toda cura para todo mal”, “El poeta y el OVNI”, “Orión” y “Clean & Sober (de República de Panamá a José de la Torre Ugarte / Trayecto cerrado”. La idea dominante de una persona que está en verdad muerta al vivir alienada dentro de la maquinaria burguesa, se nutre de Villon y los vanguardistas y neovanguardistas mencionados; piénsese en “Muerte natural” y “Tromba de agosto” de Jorge Pimentel. Lo asiste, como al Vallejo de “Poemas humanos” o al Jorge Pimentel de “Ave Soul”, el designio de “poetizar la voz del hombre trabajador. Aquel que se encuentra tan mal como el resto; no tiene Dios, se resigna en el amor o simplemente no le interesa, pero que tiene que cumplir la mecánica que la vida le ha impuesto para subsistir”. (“Somos”, 13-11-2010). La escritura-rompecabezas concuerda con su condición de “Hombre Hueco” (expresión de T.S. Eliot), con su existencia carente de sentido. (Lee la nota completa)


(el poeta, tercero desde la izquierda, rodeado de su padre, Tulio Mora, Paul Guillén, Juan de la Fuente y Fernando Obregón.)

Beefheart: pintor y poeta



Todos hemos lamentado la muerte hace unos días de Don Van Vliet, conocido como Captain Beefheart, uno de los músicos norteamericanos más radicales e idisosincráticos del siglo veinte. Raúl Cachay escribió ayer un breve recordatorio que se puede leer, y también en otros diarios salieron notas sobre esta pérdida.

Muchos olvidaron, sin embargo, que Beefheart no solo fue un gran músico y arreglista, además de cómplice temporal de Frank Zappa, y luego enemigo verbal de él durante décadas, sino además un pintor de interés, y poeta. Parte de la poesía de Van Vliet pueden encontrarla en este sitio, de donde extraigo un poema:

THE SMITH THAT CLEAR OUR STARS
The smith that clear our stars
The wolf head came off in night
His paw plucked a mushroom and pawed a nest of bees
A blade of grass trembled
A water drop threatened - burst
A felt ear curled back into pink
His slick stocking face chrome lips puckered pursed
Red balls fell out of a tiny screen
Opened dot that shined and was licked away
A yellow paraffin eyelid melted back into night velvet without sound
Rested and reshaped... closed and hid the stair
A tiny wooden door opened shut
A polished knob grown dust in the dim hallway
Meaty blond people danced at the end of the hall yellow and white.



Sobre su faceta de pintor, uno de los directores de la "Michael Werner Gallery" (Nueva York), describió a Van Vliet como "un increíble pintor", mientras que el crítico de arte John Rogers lo definió como "uno de los artistas abstracto-expresionistas más renovadores en todo el mundo".
Vale recordar que, a principios de los ochenta –según la biografía de Beefheart que publicó Mike Barnes en el 2000-, un desacuerdo monetario entre el sello Virgin y el rockero impidió que saliera a circulación un disco con poemas de Van Vliet musicalizados. Un trabajo que, seguramente, no tardará en darse a la luz en los próximos meses.




(Cuadros de Van Vliet. Un video con una de sus mejores canciones.)

25.12.10

Elogios merecidos


J.M. Oviedo sobre el discurso de MVLL

Dando cuenta de su generosidad y cariño por el escritor, el crítico literario peruano da cuenta en Perú 21 de su presencia en Estocolmo con la ocasión del discurso que ofreció el autor de El sueño del Celta.

Tuve el privilegio de ser incluido por Mario Vargas Llosa entre las personas que podían asistir a la Academia Sueca en Estocolmo para escuchar el discurso que pronunciaría con ocasión de haber recibido el premio Nobel de Literatura de este año.

Cuando llegué al lugar había ya una buena cantidad de gente que quería asegurarse un buen sitio en la sala de actos de la Academia. A los pocos minutos de haber encontrado mi nombre en un lugar de la segunda fila del auditorio, donde encontré a muchos amigos, una multitud que calculo en unas cuatrocientas personas la había colmado por completo y la expectativa era enorme.

Cuando Mario apareció, fue recibido con una larga ovación tras la cual se produjo un silencio expectante. El título de su discurso era “ Elogio de la lectura y la ficción”. Por supuesto Mario ha tratado estos temas muchísimas veces en diferentes etapas de su producción literaria pero el momento y la ocasión en los que ahora los trataba les daban una nueva significación (sigue leyendo)

20.12.10

Una poética del pensamiento y de las formas


Estudio sobre la belleza
de Alonso Ruiz Rosas


Artículo aparecido en el diario El Buho, de Arequipa, hace un par de semanas.



Por Jorge Nájar

Ligada a numerosos aspectos de la existencia, la búsqueda de la belleza es, qué duda cabe, una de las cualidades del género humano. Tal vez por eso en el Estudio sobre la belleza de Alonso Ruiz Rosas esa búsqueda y sus aparentes plasmaciones son abordadas o “estudiadas” desde múltiples ángulos. En el terreno estricto de las formas, de entrada se nos pone ante el desbaratamiento de los cánones del verso: es el caso de la Introducción, muestra cabal de lo que Mallarmé denominaba, hacia finales del siglo diecinueve, la crisis del verso, la extinción de los moldes poéticos tradicionales en aras de la creación de nuevos parámetros.

En el meollo de ese caos resuenan sin embargo las interrogaciones fundamentales: “có-mo-se-rá / la-vi-da có-mo-se-rá / la-muer-te”. Versos truncados deliberadamente para expresar las mortificaciones entre las que se desarrolla la existencia. Versos en los que los pies y la respiración se rompen para marcar la idea del callejón sin salida en el que se ha metido buena parte del arte contemporáneo en su afán por crear nuevas formas susceptibles de expresar mejor sus preocupaciones. Grandes preguntas venidas desde los hondones de la canción popular: “una canción hecha con todo el amor y toda la / rabia que se lleva el maldito / viento”.

Desistir o asumir las rupturas formales que señalamos fue al mismo tiempo una actitud ética y estética, de combate entre renovación y tradición. Fue y sigue siendo. Por eso cabe preguntarse hacia dónde apunta el autor cuando, desde el fondo del cataclismo de las formas, regresa hacia los endecasílabos del cuerpo central de su Estudio. A lo largo de los cien tercetos y el cuarteto de cierre de este canto la voz avanza hablándonos de la intensidad de su presencia, a partir de la doble condición de la belleza: ilusión “en los abismos sepultada”, capaz empero de reaparecer y, al mismo tiempo, fruto deseado “en la copa del árbol de la vida” que inevitablemente “se desploma y desvanece”.

La voz, el ojo, el pensamiento parecen abarcar la percepción de la belleza desde la intemporalidad cósmica y la cadencia astral hasta los ciclos naturales y la angustiosa dimensión histórica, donde ella misma, impotente ante lo abyecto (“¿impide la belleza los horrores/ detiene la pulsión del genocida/ reviven a los muertos sus fulgores?”) al menos “pasa su roja lengua por la espada / vela entre las infamias y la gloria”. A partir de su presencia fugaz pero incesante el poema va estableciendo relaciones y correspondencias entre el universo y el ser (uno, todos) y su trágica marcha, desde el alba hasta el ocaso y desde el nacimiento hasta la muerte. En la confluencia de ambos crepúsculos brotan, precisamente, los desvelos humanos más apremiantes en relación a la búsqueda de la belleza: el arte y la gestualidad del deseo y la conducta, en un solo cuerpo musical que logra conjugar distintos planos de reflexión y emoción, concatenando definiciones a partir de imágenes persuasivas cuya trama se sostiene en el artilugio poético más que en la formulación de un sistema conceptual cerrado ( al fin de cuentas “la belleza es solo una palabra/ que en las altas montañas conceptuales/ discurre entre las cúspides y el abra”).

¿Cuál es la apuesta sumergida en esa ida y vuelta de la crisis del verso hacia la sabiduría métrica? Esta poesía no parece habitada por los fantasmas del poder o las retóricas hegemónicas. Tal vez sí por la idea de que el mundo se mueve en el poema, pero el poema no cambia el mundo. El desorden mental expresado en la Introducción busca en la armonía musical del Estudio un intento de respuesta a las interrogantes claves. El ritmo y la forma resultan elementos esenciales de esta expresión, de ahí la necesidad de marcar el contraste entre la crisis del verso y su regreso al endecasílabo.

No interesa en esta propuesta la defensa de versos y pies métricos tradicionales, sino solo su instrumentalización en un andamiaje de embriagadora intensidad rítmica. El rigor y ascetismo de sus postulados simétricos, de sonora exactitud y aparente frialdad racional, casi matemática, traducen de manera sutil la frustración del conocimiento no obstante la nitidez de las percepciones, inmersos como estamos en un permanente vértigo de alumbramientos y desvanecimientos, donde todo (o casi) se encuentra en tela de juicio. El dominio del solfeo en este orden verbal aparece así como la vía apropiada para tratar de revelar en toda su complejidad la experiencia de la belleza, aunque, en última instancia, la música verbal constate la imposibilidad de desentrañar su significado, tan misterioso como la propia vida que sustenta y despide (la belleza es también, no lo olvidemos, “última luz sobre la faz postrera”). En medio del hervidero, la búsqueda topa, cómo no, con el ser renovado en el arrojo de la aventura: “belleza del iluso con coraje / erguido ante el dragón y sus lascivos / cañones acerados y blindaje”. Poesía intensa y lúcida, un magnífico ejemplo de creación de todo un mundo del pensamiento y de las formas.

(Jorge Nájar.)

18.12.10

CONCURSO DE RESEÑAS DE LIBROS 2010


Con el objetivo de hallar las cuatro mejores reseñas literarias de la blogosfera y premiar a sus escritores con el Marcapáginas de Plata y sendos lotes de libros valorados en total en más de 3.000 €, el Equipo de Libros y Literatura organiza los “Premios Libros y Literatura 2010”.

Para participar en él, todas las personas físicas poseedores de un blog y/o escritores habituales de él deberán inscribirse, antes del sábado 25 de diciembre de 2010, siguiendo los pasos indicados en las bases completas del concurso.

La elección de los ganadores se llevará a cabo mediante dos jurados. Dos de los premiados serán elegidos por un jurado cerrado compuesto por los miembros del equipo de Librosyliteratura.es, escritores, editores y creadores de blogs literarios. Los otros dos ganadores serán escogidos por el público en general, entre los que se sortearán tres lotes de 20 libros cada uno. El período de votación será del lunes 27 de diciembre de 2010 al miércoles 5 de enero de 2011.

También, el blog que haga difusión y consiga más clics en el banner oficial del concurso colocado en su página, será ganador de otro lote de libros. Entre los blogs difusores que no ganen, se sorteará otro lote. La resolución de los premios se hará pública el viernes 7 de enero de 2011, así como los nombres de los ganadores de los sorteos. Para más información sobre el concurso y sus premios, lee las bases completas aquí.

17.12.10

Confianza, de Juan Villoro


Reproduzco un notable cuento de Juan Villoro publicado en la edición de diciembre de Letras Libres.



Nunca antes me había cautivado un pie, al menos no de ese modo. Me senté en el asiento del avión, bajé la vista y sentí, de manera intensa e inconfundible, que los dedos bajo la trabilla de una sandalia reclamaban mi atención. Un pie leve, delicado. Mi excitación me sorprendió por varias razones: eran las seis de la mañana y la realidad se deslizaba ante mí como una deficiente película mexicana; estaba en el estrecho asiento de un avión (mido 1,94 y muy seguido me duele la espalda); no había visto la cara ni el resto del cuerpo de la mujer, y lo más importante y difícil de confesar: no me excito con facilidad.

Algo sucedió con ese pie. Me hizo sentir vivo de manera incómoda.
Saqué la carpeta que debía revisar y me refugié en sus gráficas.

–Eres Boby, ¿verdad? –dijo la mujer de al lado.
No se refería a mí, sino al otro pasajero, que iba junto a la ventana.
–¿Marcela? –dijo él.
–Soy Marta. Nos vimos hace siglos. Tenías fibromialgia.
–¡Dieciocho dolores distintos! Fue mi época más versátil. En cambio a ti no te dolía nada. Eras una chulada. Bueno, sigues monísima. Ya te casaste, ¿no?
El entusiasmo con que conversaron me permitió espiar sin que ellos advirtieran mi curiosidad. Me encontraba junto a una chica agradable sin ser excepcional. Me dedico a la estadística; la media se encuentra entre posibilidades oponentes: Marta representaba esa aporía que es lo “normal”. Pero el pie cambiaba la ecuación; era el sobrante, el punto de inflexión, el extra que cargaba el cuerpo al lado de la sensualidad.

Me molestó estar tan caliente. Me molestó porque no soy así. Envidio a los amigos que hablan con belicoso apremio de las mujeres que codician. Es posible que sean tan pasivos como yo, pero poseen un envidiable ardor verbal.
Amo a Francisca, la mujer con la que me casé hace catorce años. Amo que esté conmigo (iba a escribir “que se conforme conmigo”, pero esta no es una confesión patética sino complicada).

A pesar de su nombre, Francisca no se parece a las mujeres que hacen colectas para el Ejército de Salvación; su rostro no está marcado por un lunar grueso o la viruela de internado; sus pechos no son modestos. En el plano erótico, siempre estaré en falta con ella. Me atrae lo suficiente para buscarla un par de veces más de las que aconseja mi espontaneidad y ella me quiere lo suficiente para prescindir de algunas cópulas sin que eso la afecte, o sin que me lo haga saber, o sin que le moleste masturbarse esos días.

Me dirigía a Aguascalientes a visitar el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Información. Un dato llegó a mi mente: el 73% de los hombres de clase media que viven en centros urbanos dedica sus lapsos de distracción a imaginar mujeres desnudas. Los demás se dividen en subcategorías. Yo pertenezco al 3% de los varones heterosexuales que prefiere hacer listas de razas de perros.
La mujer se trenzó en una rápida conversación con el amigo al que llevaba años sin ver. Boby era un maquillista amanerado, de lengua rápida y preguntas de doble sentido. Quiso saber si Marta estaba “bien atendida” por su marido.

–Me consiente mucho. Es muy detallista.
–¿Es detallista en la cama?
–Es tierno –precisó Marta.
–Ah –se decepcionó Boby.

Seguí revisando hojas sobre coeficientes de variación. Me servían de parapeto para el diálogo que prosperaba junto a mí. Marta llevaba dos años casada, admiraba la capacidad de trabajo de su marido, tenía una casa preciosa, una camioneta “del tamaño de un cuarto de azotea” y un perro Alaska. Era feliz.
Nos trajeron Coca-Cola y cacahuates. Boby habló de las actrices insoportables que había maquillado y de la casita que construía cerca de Pie de la Cuesta. Esclavo de la conversación ajena, bajé la mirada y vi esos dedos magníficos: mi pie, mi cuesta.
La mujer me atraía de un modo fragmentario, en mitad del cielo, mientras comía cacahuates. Una circunstancia absurda y deliciosa.
Boby iba a Aguascalientes para los conciertos de un grupo “de genios totales”: Banana Split. Temí que se detuviera en el tema; por suerte, cedió la palabra a Marta.
Después de describir su vida idílica, incluyendo la recámara decorada con nubes y borreguitos para un bebé todavía futuro, ella guardó silencio. Supongo que Boby aprovechó el paréntesis para verla a los ojos. Luego dijo:

–Hay un problema, ¿verdad?
–Sí.
–¿Qué pasa? –quiso saber el maquillista.
–No sale de la computadora.
–¿La trata mejor que a ti?
–No es eso: es lo que mira.
–¿Qué cosas mira tu marido?
–Pornografía, solo pornografía.

Otra estadística: el 86,2% de los hombres casados ve pornografía. La plática era común.

En ese momento descubrí una ramita en el ojal de mi saco. Había triturado una maceta al salir de mi casa. Francisca estaciona su coche demasiado cerca del mío. Debo hacer maniobras complicadas para abandonar la cochera. Era la cuarta maceta que aplastaba con el coche. Las tres primeras me gustaron; escuché el crujir de la cerámica y sentí una fuerza extraña. La cuarta me preocupó: me estaba convirtiendo en un maniático que quiebra una maceta cada vez que sale con prisa de su casa. En el estacionamiento del aeropuerto revisé el coche. Una planta se había enredado en una rueda. Me costó trabajo desprenderla. Despedía un olor amargo, un olor que me recordó la tarde en que fuimos a comprar plantas a Xochimilco. Francisca regresó feliz a la casa, pero algo olía raro. Olfateamos hasta encontrar una planta de hojas dentadas, suaves, cubiertas de una felpa blancuzca, hermosas y pestilentes. Decidimos ponerla en la cochera. No sabíamos cómo se llamaba, pero pensé en ella como “la Francisca”. La comparación es injusta porque ella huele de maravilla. Pero es un nombre excelente para una planta.

La ramita que encontré en mis ropas no despedía olor alguno.
Estaba a punto de concentrarme en mis papeles cuando Boby comentó:

–Y eso te afecta, ¿verdad? Te afecta que vea mujeres por computadora, porque supongo que son mujeres, ¿no?
–Sí –suspiró ella.
–¿Tu marido te toca?
Me gustó que hablaran del “marido”. Un fantasma sin nombre propio.
–No, no me toca –el tono de Marta se volvió grave–: nunca lo hace.
–¿Y él te gusta? –quiso saber Boby.
–Me encanta, lo adoro, pero no me toca. Ve pornografía –la voz parecía a punto de quebrarse.

Pensé en el ruido de las macetas que rompo. Francisca arrima su coche al mío y espera que yo saque el mío con movimientos de escapista. Si me quejo, soy impaciente. El 63% de los conflictos conyugales comienzan cuando alguien pierde la paciencia. No estoy dispuesto a perder la paciencia. Prefiero romper macetas.
La voz de Boby había adquirido un timbre alegre. Parecía disfrutar que el humor de su amiga empeorara.

–¿Hace cuánto que no te toca? –preguntó.
–No sé. Meses. Va para un año.
El maquillista hizo una pausa, como si aguardara que las palabras de Marta se asentaran en la mesita junto a los restos de cacahuate.
–¿Y no has tenido amantes? –quiso saber.
–¡Cómo crees! –Marta se rió.
–Eso salvaría tu matrimonio –opinó Boby–: estás demasiado ganosa.
–Sí, estoy ganosísima. Me muero porque me toquen.

Yo estaba sudando. Entendí por qué el pie me había atraído de ese modo. Marta y yo éramos animales: su cuerpo lanzaba señales de disponibilidad. Un código atávico se había puesto en marcha. He hablado de mi falta de predisposición erótica sin el menor deseo de humillarme. Es un dato estadístico relevante. Hay quien se excita con huellas de lápiz labial en un clínex. Yo no soy así. Pero el pie de Marta transmitía urgencia sexual. Solo entonces reparé en algo decisivo: la mujer hablaba como si yo no estuviera ahí. ¿En verdad me consideraba ausente o se dirigía a mí de un modo indirecto?

“Estoy ganosa.” ¡La frase era una obra de arte! Nunca antes había oído una confesión semejante. Lo único que sabía de esa desconocida era su vida íntima.

–Antes de tratarme la fibromialgia, no pensaba en el sexo. Solo en el dolor –informó Boby–. Pero a ti no te duele nada. Estás nuevecita.

El maquillista elevó el volumen de su voz, como si la mujer no fuera más que un filtro para que yo escuchara esa publicidad del cuerpo que tenía a mi lado.
Cuando iniciamos el descenso, Boby aprovechó para preguntar si el marido no sería gay.

–¡Cómo crees! –volvió a exclamar Marta. Esta vez no se rió. Su voz se quebró. Pasamos por una turbulencia. Su brazo me rozó, con delicada incomodidad. Luego, ella comenzó a toser y sollozó.
–Se me atoró una cascarita de cacahuate –mintió con inocencia, como si pudiéramos creer que sus lágrimas no tenían que ver con lo que había dicho.
Sentí que me pisaba. No pidió disculpas ni retiró el pie.
Llegamos a Aguascalientes. En el asiento de enfrente un hombre encendió su celular y dijo:
–Llegamos a Aguascalientes.

Aunque no había documentado equipaje, me dirigí a la banda de las maletas. Me distraje y pensé en perros. Llegué al schnauzer miniatura antes de que apareciera la maleta de Marta.

Está comprobado que las tres primeras razas que vienen a la mente de quienes hacen listas de perros son: el pastor alemán, el dálmata y el labrador. Esto es bastante obvio. El cuarto perro es sorprendente: el pitbull. Juraría que no es un perro popular. La estadística es la expresión más desconcertante de la normalidad. Por eso me apasiona.

Estudié con calma a la mujer que había sido mi vecina de asiento. Era más alta de lo que había supuesto, el pelo le caía en forma sedosa, sus brazos se movían con elegancia. Su marido era un imbécil.
Oí gritos, vítores, porras. El grupo Banana Split había sido descubierto por sus fans, al otro lado de una pared de cristal.
Esperé a que ella recogiera su maleta. A su vez, ella esperó a Boby, que llevaba tres baúles.
Los seguí a la puerta de salida. Los fans de Banana Split conocían al maquillista. Le tendieron pósters para que los autografiara. Cercado por la fama, Boby se despidió de Marta:

–Gusto en verte. Me voy a entretener aquí –dijo mientras firmaba.
Ella desvió la vista hacia mí, con maravilloso desamparo. Sonrió, como si nos conociéramos de algo.
–Viajamos juntos –dije sin imaginación alguna–. Voy al Hotel Francia, en el centro.
–¿Me deja ahí? –preguntó mientras se sacaba una pestaña del ojo.
En el taxi me habló de tú y dijo que se llamaba Lorena. La mentira me pareció extraña. Durante una hora había oído que le decían Marta. Al mismo tiempo, me cautivó que fingiera.
–Y tú, ¿cómo te llamas?
–Carlos –contesté.

Soy poco audaz: me llamo Carlos.
Sus pies quedaron bajo el asiento del taxista. Sin embargo, a esas alturas ya eran muchas las cosas que me gustaban de ella.
La suerte nos acompañó en el vestíbulo del hotel. Había una promoción de Tequila Peliagudo. Una edecán nos ofreció una copa. Era demasiado temprano para beber pero no nos negamos. Guardamos un silencio atractivamente incómodo.
Vi el cuello de Marta o Lorena, vi cómo se tensaba con el aguardiente, vi la pulsación de su piel y la forma en que recuperaba la quietud, erizada de vellos dorados.
Entonces pronuncié un parlamento que, estadísticamente, era difícil atribuirme:

–Te parecerá absurdo o impropio lo que voy a decir...
Ella me atajó:
–¿Me vas a decir que perteneces a una secta de mormones? Eso es absurdo. ¿Estás armado? ¿Vendes droga? Eso es impropio.
Marta no hubiera dicho eso en el avión. Lorena era irónica, resuelta.
–Quiero que subas conmigo al cuarto –dije, animado por sus ojos.
–Eso es absurdo e impropio. Supongo que una mujer puede normalizarte –sonrió Lorena.
Nos besamos en el elevador, con suficiente pasión y torpeza para apretar los botones de tres pisos.
–¿Oíste lo que dije en el avión? –preguntó cuando nos separamos.
–Sí.
–¿Te puso cachondo?
–Sí.
–Qué bueno, cabrón, porque me gustas un chingo –me tocó el sexo, que estaba a punto de traspasar mi pantalón.

Ya en el cuarto, me desconcertó que exclamara “ay, güey” cuando le lamí el ombligo. Estaba con alguien demasiado joven para mí. Luego eso me gustó. Te acostumbras rápido a lo que te dicen con la lengua en la oreja.
La libertad sexual ha sido para mí un valor abstracto, como la vida eterna. La experiencia me entregaba pocos elementos de comparación. Solo podía describir la intensidad de ese encuentro en términos de física. Un nodo es “un punto que permanece fijo en un cuerpo vibrante”. “Nodo”, palabra fea e inmejorable. Con Lorena experimenté la delicia de un punto fijo en un cuerpo vibrante. Mi encuentro con el nodo. Recordé una definición: “La distancia entre un nodo y un vientre consecutivo es la cuarta parte de la longitud de onda.” Marta, Lorena, un vientre consecutivo, la cuarta parte de la longitud de onda, el nodo perfecto.
Ella se puso boca abajo y preguntó:

–¿Tienes crema?
Por suerte, en el lavabo había un frasquito de crema. La penetré mientras ella decía “me duele”, “no te salgas”, “ya”, “ahí”, “espérate”, “más fuerte”, “no”. Todo resultaba insuficiente o equívoco. Esta incapacidad era una altísima forma del placer.
Fui feliz sin conocer otra cosa de Lorena que su cuerpo. ¿La amé? La pregunta es incómoda, pero también interesante. Una plenitud física, anterior y posterior a la razón, nos llevó a un estallido emocional. Sí, la amé. Al menos eso creí. Pensé que Lorena sentía algo equivalente porque comenzó a sollozar. La abracé y le acaricié el pelo.
Poco a poco, su llanto arreció. Lorena produjo un hondo alarido. Me apartó de sí.

–¡Déjame! –gritó–: No entiendes nada –el rostro se le torció en una mueca. La saliva le llegaba al cuello–. ¿Crees que cogí contigo porque me gustas?
Había vuelto a la realidad: desvié la vista al reloj.
–¿No te gusto? –pregunté, inerme.
–¡No seas imbécil! –un poco más recompuesta, agregó–:
Claro que me gustas, pero no me acosté contigo por eso. Necesitaba que algo me doliera, joderme, hacerme daño.
Dejé que llorara un rato antes de preguntarle:
–¿Por qué?
–¡¿Por qué?!
Traté de hablar en tono neutro, de alguien dedicado a la estadística:
–Sí; ¿por qué?
Marta Lorena me vio con ojos encendidos:
–¡Porque lo maté! ¿Te parece poco?
–¿A quién?
–No seas pendejo: ¿a quién pude haber matado?
–No sé.
–Razona. Mueve tu cerebro.
–No sé.
–¡A mi marido, güey! A mi marido. ¿Te parece poco?
–¿Cuándo lo mataste?
–En la madrugada. Estoy huyendo.
–¿Por qué lo mataste?
–¿Importa eso?

No contesté. Caminé de un lado a otro del cuarto. Me mordí el pulgar pero el dolor no fue un remedio. Me dejé caer en un sillón.
Debajo de la cama había un encendedor azul. Cerré los ojos, los abrí, miré el encendedor. ¿Cómo sería la vida de quienes lo habían olvidado ahí? Mejor que la nuestra, de seguro.

–¿Qué miras?
–Nada.
–¿Qué buscas debajo de la cama?
–Hay un encendedor.
–¡Un encendedor! ¡¿Quieres fumar?! ¿Eso es lo que quieres?
–Perdóname, no sé qué decir. Estás loca.
–¡Claro que estoy loca! Acabo de matar a mi marido. Eso no lo hace la gente cuerda.
–¿Por qué lo mataste?
–Lo odiaba, desde hace mucho. Estaba viendo pornografía, pornografía infantil. No hacía otra cosa. No me tocaba. Lo quería. Lo quería un chingo. No pude más.
–¿Cómo lo mataste?
–¿Cómo puedes ser tan morboso?
–No soy morboso. Me gustan los detalles. A eso me dedico. Vine a Aguascalientes a revisar un banco de datos.
–¿Ah, sí? ¿Y yo qué dato soy?
Mi respuesta salió en tono vacilante:
–La mayoría de los crímenes son cometidos por seres queridos.
–Una persona normal, eso soy –sonrió.
–Una estadística. Las estadísticas no son ni anormales ni normales. Nada más son.
–“Nada más son” –ridiculizó mi voz.

Me senté en el sillón. Había gozado como nunca con una mujer, creyendo que compartíamos una excitación elemental. En realidad, ella estaba animada por otra fuerza, lo que había hecho antes de huir, la muerte que debía sacarse de encima, la suciedad que necesitaba compartir con alguien, untar en otra piel. Su deseo venía de la aniquilación, era una forma de compensar o prolongar la sangre y la violencia. Lo que para mí había sido un goce para ella había sido algo distinto, acaso más profundo, una tortura asumida, una expiación, un deleite retorcido. Su excitación provenía del crimen. La mía había sido ingenua, simple. Me sentí usado. El segundo instrumento de un crimen.

–¿Cómo lo mataste? Necesito saber.
–Con un cuchillo. Un cuchillo japonés, para rebanar sushi.
–¿Por qué viniste conmigo? ¿Para hacerte daño?
–No.
–¿Por qué?
–Te escogí. Desde que te vi en el avión supe que serías tú.
–¿Por qué?
–Porque me diste confianza. Tienes ese tipo de cara. Pensé que podía hablar contigo. Pensé que podía decirte las cosas horribles que había hecho. Lo ibas a entender, no te ibas a alterar. ¿Lo entiendes?
Tal vez también eso era físico: tener confianza. Confianza en una cara que escucha el horror con calma.
–Perdón –dijo ella–: Tenía que desahogarme; necesitaba a alguien. ¿Me vas a denunciar?
–Me dedico a la estadística. Una confesión no es una estadística.
–Gracias –se recostó en la cama–; ¿puedo pasar un ratito aquí?
–Sí.
–Coges rico. Te lo deben haber dicho mil veces: eso sí es estadística –bostezó largamente.

Apenas eran las doce del día, pero ella lucía agotada. Marta o Lorena se quedó dormida. Sus últimas palabras salieron dentro del sueño. Dijo algo que sonó como “vainilla”, pero quizá escuché mal.
Estuve un rato asomado a la ventana, contando los árboles de la plaza. Una sirena sonó a la distancia.

El enigma de esa mujer era que estaba loca, o suficientemente alterada para parecer loca. Quizá lo que me había excitado era eso, el delirio y la muerte que de ella emanaban. Tal vez fue esa perturbación lo que me cautivó al ver su pie.
Recordé el día en que regresé de Xochimilco con Francisca, recordé el olor de esa planta que tendría que vivir apartada en la cochera. Pensé en las manos de mi mujer, embarradas del perfume amargo, después de trasplantar un brote de la planta. Al recordarlo, el olor me pareció excitante. En su momento, le pedí a Francisca que se lavara las manos.

Esa mañana había roto una maceta por cuarta vez. Los que hacemos listas de perros llegamos rápido al pitbull. El cuarto animal.

Recuperé el sonido de la cerámica que cruje bajo la llanta de un coche. Antes de que empezara a quebrar macetas, hacía mucho que no rompía algo con deleite. Tal vez desde que fuimos a Oaxaca, cuando Francisca y yo éramos novios. En un mercado al aire libre vendían buñuelos. Era la noche de Año Nuevo. Una mujer nos preguntó: “¿Chorreados o remojados?” Recibimos unas cazuelas tibias, de las que salía un olor dulzón. La costumbre exigía aventar las cazuelas al piso después de comer, para que se quebraran como el año que no regresaría.
La piel de Marta Lorena olía a un perfume lejano, azucarado, una miel imposible. Hace muchos años Francisca y yo vimos la catedral iluminada de Oaxaca mientras nos chupábamos los dedos después de haber comido. “Tienes algo”, dijo ella, tocándome la cara. Me quitó un insecto, un escarabajo pequeño que se pegó en la palma de su mano. “Te salen bichos”, sonrió. Amé a la mujer que me quitaba insectos de la cara con sus dedos dulces. No se lo dije. No sabía cómo hacerlo. En ese momento estallaron los fuegos artificiales. El año terminaba, estábamos en el futuro.
¿Cómo se puede dormir después de matar a alguien? ¿Hay un límite físico para la culpa, un agotamiento terminal que permite descansar después de cometer lo peor?
Revisé el bolso de la mujer. Encontré su credencial del ife. No se llamaba Marta ni Lorena. No era ni la ingenua caliente del avión ni la asesina confesa del hotel. Al menos no lo era en su credencial para votar. La ciudadana desnuda en ese cuarto se llamaba Yosselín. Pensé que alguien con ese nombre era capaz de todo lo que había sucedido. Pero yo no podía decirle así. Mejor Marta o Lorena: Marta Lorena.
El maquillista la había identificado en el avión como Marcela. Tal vez en otra suplantación se había llamado así. ¿Quién era esa impostora serial, la inquilina de vidas sucesivas?
Roncaba apenas, de un modo parejo, arrullador. El tiempo entraba en su cuerpo. Las sombras de la cortina se mecían en su frente intacta. Abandonada en sí misma, se entregaba a mis designios sin que eso fuera relevante. Aun dormida, controlaba la situación. Podía confiar en mí.
Se había hecho tarde. Escribí un mensaje en la papelería del hotel: “Me encantó estar contigo. Tuve que ir a mi trabajo.” Una despedida amable, eso juzgué.
Fui al inegi. Cifras, cocientes, gráficas, desviaciones estándar. Intercambié informes con los colegas y alguien me preguntó por la “parte alícuota”. De pronto, esa expresión inerte me pareció autobiográfica. Yo era la parte alícuota de algo, pero no sabía de qué.
Después de un rápido almuerzo, asistí a un seminario con un investigador del M.I.T. dedicado a la economía de la conducta. El tema era: “Las probabilidades de la irracionalidad.” Anunció que la mayoría de nuestras intuiciones son incorrectas. Creemos en ellas porque se trata de una sabiduría íntima, que
no ponemos a prueba. El 86% de las reacciones intuitivas tiene una motivación que el sujeto ignora o no toma en cuenta.
Llamé a Francisca. Me dijo que se había ido la luz, el gato tenía pulgas, la nena no dejaba de estornudar. Cada vez que hablamos por larga distancia nuestra relación se ruraliza. Compartimos los problemas de una granja. La estufa no tiene fuego, la niña comió tierra. Quise decir algo roto, confuso y cierto: “Estuve con una loca. Fue fantástico y horrible. Te amo hasta la adoración.”
No dije eso. No soy así. Soy la parte alícuota.
Minutos después volví a llamarla:

–Te quiero tocar –dije con voz apenas audible.
–Es lo más fácil del mundo: nos vemos mañana –Francisca contestó sin distinguir en mis palabras una probabilidad distinta. Luego dijo que le había dado a la nena gotas de equinácea.

El inmenso edificio del inegi fue construido como un cubo de hielo. Un cubo de hielo con paredes de espejo que reflejan un clima desértico. Es una metáfora de lo que contiene: la inerte geometría de los datos.
Fui a un baño donde la luz fluorescente me lastimó los ojos. Me senté en la tapa de un inodoro, cerré la puerta y sollocé. De vez en cuando, un zapato se detenía al otro lado, indiferente a mis gemidos.
Terminé la jornada como pude. No acepté la invitación a cenar. Regresé temprano al hotel.
Supuse que la mujer se habría ido. De cualquier forma, abrí la puerta con cautela. Ella seguía en la cama. Desnuda. Inmóvil. Entonces entendí su confesión: necesitaba hablar antes de suicidarse. Yo representaba para ella una oportunidad de desahogo. El desconocido que escucha lo peor. Su arrebato había sido su testamento. Me acerqué a la cama, sintiendo un vacío en el estómago. Me alivió ver que respiraba acompasadamente, un hilo de saliva mojaba la sábana. Toqué la saliva, fresca, reciente, saludable. El cuerpo que tanto me había gustado despertaba en mí algo parecido a piedad; estaba ahí por un sufrimiento insondable, y sin embargo dormía, con rara inocencia. ¿Cómo podía no despertarse? Busqué rastros de somníferos –un frasco, una pastilla suelta, un polvo azul–; no encontré nada.
Me senté en el sillón. Vi el encendedor debajo de la cama.
Me vino a la mente una noche en Morelia. Habíamos ido ahí con nuestra hija, que entonces tenía cinco años. En la madrugada, una pareja entró al cuarto de al lado. El portazo me despertó. Oí la voz de un hombre, una voz áspera, aguardentosa. Una voz llena de arena. Poco después, escuché los gemidos de la mujer, hondos, larguísimos, afilados. Pensé que gozaba como si la dicha fuera la parte más elevada del sufrimiento. Entonces alguien me tocó el brazo. Era mi hija. “¿Qué pasa, papá? ¿Qué le pasa a esa señora?”, preguntó aterrada. “Haz algo, papá.” Francisca dormía, ajena a los ruidos. “Ahorita vengo”, dije. Salí al pasillo, localicé el cuarto del que venían los ruidos, tosí junto a la puerta, giré el picaporte, hice lo necesario para que supieran que afuera había un testigo. No advirtieron mi presencia.
Volví al cuarto. Le dije a mi hija que la mujer tenía pesadillas. Me lo había explicado su marido. “Qué bueno que esté acompañada”, contestó ella, con sorprendente consideración. Nadie le había enseñado a ser así. “¿Puedo acostarme con ustedes?”, se tendió al lado de Francisca. Me senté en la orilla de la cama, acariciándole una mano. “No se calla”, dijo mi hija. La mujer gimió durante un tiempo suficiente para que yo pensara en drogas que estimulan el sexo y técnicas orientales para contener la eyaculación. Una soledad de fondo enmarcaba el cuarto. Las paredes se inventaron para no oír el bestial gozo de los otros. La pareja se unía mientras nosotros escuchábamos. Su dicha era nuestro horror. Acaricié la mano de mi hija, suplicando que los otros terminaran, que se dejaran de amar de una vez, que murieran de un infarto, que el silencio volviera al fin.
Tal vez esa mañana alguien –acaso una niña– nos había oído desde el cuarto de junto. El cuarto equivocado.
“La mujer tiene pesadillas”, esa mentira ayudó a dormir a mi hija. ¿Qué mentira hacía dormir a la desconocida? “Me diste confianza.” Alguien que ayuda a desplomarse. “El 86% de la intuiciones no tienen fundamento”, había dicho el investigador del M.I.T. En este caso, ella pertenecía al 14%. Me había intuido bien, y yo iba a demostrarlo.
No me desvestí ni me moví de mi asiento. Debía estar despierto para que ella descansara o para que no muriera a causa de lo que había tomado (¿cómo explicar que durmiera tanto y de modo tan profundo?). Al primer estertor la llevaría a un hospital. Cumpliría mi parte: el centinela, el desconocido que se involucra, el animal que ayuda a otro animal.
En la madrugada estuve a punto de pensar en perros, pero eso me hubiera relajado y no quería dormirme.
La luz del día llenó la habitación. La claridad era un ardor hiriente. Mis párpados estaban abultados. La falta de sueño produce ideas raras: pensé en Régulo, el general romano al que los cartagineses arrancaron los párpados para que el sol lo cegara. Si no le hubiera dicho a ella que me llamo Carlos, le diría que me llamo Régulo.
Finalmente, la mujer abrió los ojos. Me vio como si tardara en reconocerme. Luego sonrió, cobrando conciencia de algo que le parecía absurdo, pero de algún modo la divertía.
Sentí alivio de que no estuviera muerta. “Pastor alemán, dálmata, labrador, pitbull...”

–Me muero de hambre –dijo–. Se me antoja un caldo de borrego –sonrió, estirándose en la cama.
¿Quién era ella? Se acuclilló, con absoluta naturalidad. Repitió que quería caldo de borrego.
Me tranquilizó que no estuviera enferma. “Mastín, san bernardo, bóxer, sabueso finlandés...”
–¿Dormiste bien? –preguntó–. Hace siglos que no descansaba tan rico. Es increíble lo que puede hacer el sueño. Me siento superdistinta.
“Husky siberiano, fox terrier, samoyedo, cocker spaniel...”
–¿Ya no estás preocupada? –pregunté.
–¿De qué?
–De lo que me contaste.
–¿Qué te conté?
–Lo del cuchillo.
–¿Cuál cuchillo?
–Un cuchillo japonés. Para hacer sushi. Pero no lo usaste para eso.
–Chale. Cuando estoy caliente digo muchas pendejadas –se rascó la entrepierna.
–No estabas caliente. Fue después de que estuvieras caliente.
–¿Siempre eres tan exacto?
–¿No mataste a nadie?
–¡Ah, eso! ¿Tú qué crees?
–¿Te llamas Lorena?
–¿Tú qué crees?
–No.
–¿No qué?
–No todo.
–Es increíble que alguien exacto pueda ser tan vago: “no todo”. Estás cabrón. ¿Me invitas un caldo de borrego aunque pienses que soy una asesina?
“Sabueso plott, kai, kishu, pug...”
–¿Por qué lloraste ayer? Te sentías del carajo.
–A veces tengo que decir cosas. ¿A ti no te pasa? ¿No necesitas explotar?
–No sé.
–¿Qué haces cuando se acaba el mundo?
–Rompo una maceta.
–¿Eso te basta? ¡Eres sanísimo! Te ves de la chingada. ¿De veras dormiste bien?
–¿Estás casada?
La mujer sonrió, verdaderamente contenta:
–¿Importa eso? Nos encontramos, pasó esto, así es la suerte. No tiene explicación; si no, no sería suerte. ¿Crees en la suerte?
La cabeza me latía. La luz del cielo era blanca, dolorosa. Pensé en datos para calmarme. Los países de África tienen los índices más altos de felicidad. Se sienten afortunados. Creen en la suerte.
–Me gustaría ser africano –le dije a la mujer.
–Esa es una información exacta y delirante –sonrió ella.

Comenzaba a parecerme simpática. Marta era una chica frustrada, inocentona, que necesitaba un remedio. Lorena era una asesina fogosa. ¿Sería esta la verdadera Yosselín? No, necesitaba otro nombre.

–¿Puedo decirte Ana? –le pregunté.
–Puedes decirme Roberto, si te encaprichas.
–¿Cómo puedes estar así después de haberte sentido tan mal?
–¿No se te ocurre que estoy así por haberme sentido tan mal?
–Eres más complicada de lo que pensaba, Ana.
–Pero tú sigues siendo Carlos. ¿Sigues siendo Carlos?
No le dije que quería ser un general romano herido por el sol. Régulo es un nombre absurdo.

Fui al baño. Me lavé la cara con agua fría. El espejo me devolvió facciones devastadas. La cara de alguien que lleva una semana en un túnel. La cara de un perseguidor extraviado. Tal vez me veía mejor así, o por lo menos más interesante: no inspiraba confianza.
Había dejado de hacer listas de perros.
Regresé al cuarto.

–Me tengo que ir –dije.
–¿Y el caldo de borrego?
–Mi avión sale en dos horas.
–Me acordaré de ti en el desayuno. El caldo es bueno para la memoria. Me gustó no conocerte –sonrió ella.
–El check-out es a las 12 –le dije–. Todo está pagado.
–No te preocupes. Me iré antes, y no me llevaré la televisión.

Nos dimos un beso discreto.

En el elevador encontré a un músico de Banana Split, o a un fan que se vestía como ellos. Nadie se acercaría a esa persona por confianza.
“Tuvimos suerte”, había dicho Ana. Era cierto. Pero yo no quería tener suerte. ¿Qué quería? Romper una maceta.
En el avión de regreso dormité sin caer en el sueño y volví al momento en que Francisca me quitó un escarabajo de la cara. Desde entonces, cuando entra a mi estudio y me ve en el escritorio, revisando gráficas, pregunta: “¿Estás con tus bichos?” No le contesto. Los datos no son bichos.
Esa mañana, en Aguascalientes, poco antes del amanecer, había rogado para que la luz volviera. “Regresa”, murmuré, viendo el encendedor bajo la cama. “Regresa”, repetí, sintiendo la humedad que me bajaba por las mejillas, un llanto sin sollozos. No podía explicar lo que sentía. Iba a salir de ahí. La
mujer viviría. El sol iba a tocar mi frente. Quería con intensidad que ella despertara. Así ocurrió. Régulo no fue cegado por la luz. Corrimos las cortinas. Habíamos gemido en ese cuarto. Tal vez fuimos la pesadilla de alguien que nos escuchó. Pero nos despedimos sin mayor daño, en silencio.
El avión descendía sobre el Valle de México.
Una noche en que acababa el año Francisca me dijo: “Te salen bichos.” Sentí una emoción indescifrable. Vi sus ojos y quise que me volviera a tocar con sus manos sucias de dulce. “Tócame”, pensé, sin poder decirlo.
Ella dejó el escarabajo en el suelo. Lo vimos caminar con torpeza, abrumado por la miel, como una cosa exacta y misteriosa, algo que sentíamos sin poder explicar, el margen de error en un conteo, la parte alícuota, la historia que alguna vez yo escribiría, cuando tuviera confianza, una confianza verdadera, más precisa que los datos. ~

13.12.10

MIS POEMARIOS DEL 2010

A diferencia de los resultados obtenidos en la indagación poética hecha en este blog, que arrojaron los tres primeros lugares elegidos por la gente en este orden: Una casa en la espesura del bosque (Peisa), Sueño de pez o neblina (AUB), y Desvelo blanco (Tranvías); para mi gusto este año destacaron, en primer lugar, dos poemarios relacionados con el tema de la belleza: Estudio sobre la belleza (Cuzzi Editores), de Alonso Ruiz Rosas, y La belleza no es un lugar (Carpe Diem), de Juan Carlos de la Fuente. Un tercer título a destacar sería La muerte de un burgués (AUB), de Jerónimo Pimentel.

Sobre el libro de Ruiz Rosas he publicado en este blog una reseña, y hay otra que ha salido publicada en El Búho de Arequipa. Se trata de un interesante retorno al verso de medida, formalizado en tercetos que se imbrican con suavidad y recorren muchos aspectos y aristas sobre la relación del hombre con la belleza, en un marco de difuminada erudición que hace más agradable la lectura.

Sobre el libro de Juan Carlos de la Fuente he escrito ya en este blog y solo quiero citar unos versos para que se den cuenta de la calidad de su propuesta:

(ESFINGE)

Arderé como la tarde que te trae,
Diosa escondida en mi lenguaje
Desde allí has de salir a buscarme
Para cuando me encuentres
Ya te tenga a mi lado.


La muerte de un burgués (AUB) no es un poemario que goce de una gran coherencia temática, pero se entiende como un esfuerzo supremo, con grandes logros, por alcanzar a dar una imagen del hombre contemporáneo y sus vicisitudes, sus incoherencias y contradicciones, pero también su extraña grandeza en el fracaso y en el conocimiento del mundo. Un poemario que se sale de lo común y que arriesga como pocos, merece mucha mayor atención (y menos mezquindad) que la que ha recibido hasta ahora.

Por supuesto, con esto no quiero decir, para nada, que los poemarios de Carlos López Degregori, Marcela Robles, Ana María Falconí y Luisa Fernanda Lindo no tengan logros, sino que es lo que cabría esperar de poetas de su calidad. El medio complaciente peruano exige como respuesta un poco más de riesgo, como el hecho por Oswaldo Chanove en Plexus.

(Carlos López Degregori mantuvo el nivel con su poemario de este año.)

El Dominical: número de colección


Muy bueno el especial sobre Mario Vargas Llosa que publicó ayer El Dominical de El Comercio. Con Jorge Paredes como subeditor y Diana Gonzales de Obando como colaboradora, y nadie más, han armado un número de colección donde hacen un rescate excepcional: un encuentro del poeta Juan Gonzalo Rose, del 2 de diciembre de 1979, con el flamante Nobel, donde dice el autor de “Tu voz existe” que “Mario Vargas Llosa es un hombre de muchas relaciones pero pocos amigos”.

También reproducen el famoso y polémico artículo de MVLL titulado “Caca de elefante”, donde examina con acritud el arte moderno,; mientras que Santiago Roncagliolo nos acerca al hombre político y al escritor que él conoció, Guillermo Niño de Guzmán, por su parte, dice que “existe una coherencia entre el pensamiento político de Vargas Llosa y su literatura, ambos dominados por un espíritu libre e insurgente”.

Finalmente, Martha Meier de Miró Quesada hace una reseña sobre la faceta periodística de Vargas Llosa, donde cita al novelista: “El periodismo (…) es el mayor garante de la libertad, la mejor herramienta de la que una sociedad dispone para saber qué es lo que funciona mal, para promover la causa de la justicia y para mejorar la democracia.”.
(Guillermo Niño de Guzmán destaca con su artículo sobre MVLL en el especial de colección de El Dominical.)

10.12.10

Mi cuarto libro de poemas


Acaba de salir de la imprenta mi cuarto poemario. Agradezco a los chicos de Paracaídas Editores -que en su corta vida han publicado a José Watanabe, Sheila Alvarado, Wilver Moreno, entre otros poetas- por su profesionalismo y dedicación. El libro está dedicado a Mabel Gálvez.
El lunes estará a la venta en El Virrey.

Actualización: en la imagen, el crítico Gino Roldán leyendo un ensayo de cuatro páginas que escribió sobre POSEÍA 2005-2010; atentos, al medio este poeta y blogger, y el poeta José Pancorvo a la izquierda. Viernes 10 de diciembre 8.30 p.m.

4.12.10

LEZAMA LIMA, 100 AÑOS DE LUCIDEZ




Dentro de unos días se cumplirán 100 años del nacimiento de uno de los más grandes poetas de la lengua hispana: José Lezama Lima (1910-1976). Su obra formalmente abarca el ensayo (tienen que leer La expresión americana), la novela (Paradiso), el cuento y, por supuesto, la poesía, que ha sido recogida en dos versiones completas, una hecha en Cuba en los años 90, y otra en el 2001 en España (Alianza Tres).

Pero muy por el contrario de lo que se cree, para mí Lezama siempre hizo poesía; cuando abordaba la magia verbal de Saint-John Perse o Góngora en un ensayo, cuando afinaba el lenguaje en sus cuentos lánguidos y misteriosos, cuando nos contó la historia de José Cemí, su familia, y su amigo Frónesis en ese río barroco y morosamente caudaloso que es Paradiso.

Si el sur tuvo un Borges genial y polifacético, la respuesta caribeña no fue menor, aunque el estilo impecable y la “modernidad” de los temas y técnicas asumidas por el argentino hayan sido mucho más apreciados en las últimas décadas. En el Perú, aún falta descubrir más sobre una figura literaria igual de proteica: Gamaliel Churata.

Pero, además, otro punto interesante es que Lezama se las arregló para viabilizar mediante su obra contenidos tradicionales (era católico, le interesaban las culturas primigenias y la simbología…), aunque con un encubrimiento reluciente de barroquismo y dificultad ("solo lo difícil es estimulante", solía decir) que, algunas veces, le permitió el elogio de escritores insospechados, desde vertientes muy lejanas a las suyas.

Vayan estas breves palabras como preámbulo a un texto que -inédito y en exclusiva- me envío mi amigo el poeta José Kozer, el cual entrego a vuestra lectura con la misma inquietud con que el niño entrega su pelota a los chicos mayores para que jueguen entre ellos. Ahí lo tienen.



LEZAMA: MEDIR LA LUZ EN SU BALANZA

Por José Kozer


Leo poesía desde una intolerancia. Tal, que a estas alturas (bajuras) de mi vida, apenas tolero unos cientos de poetas que han escrito desde tiempo inmemorial.

¿Qué es lo que no tolero? La efusión sentimental, la expresión banalizadora y lacrimógena, la falta de entereza a la hora de cerrar un poema, dejándose llevar por la más falaz retórica hecha para salir del paso (siempre me da esa impresión).

He escrito a la fecha unos 8035 poemas, tengo setenta años de edad (más uno porque en el fondo soy chino) y pese a tan larga escritura no hay poema que no corrija a carta cabal, lo mire y lo remiré desde una pugna acérrima con su ser y su imposición, sin ceder jamás un ápice a la facilidad, ni a la solución expedita y trillada.

He leído, leo, seguiré leyendo montones y montones de poemas (pienso morir con las botas puestas) y entre esos rimeros de poesía leo mucha poesía en español, ora clásica, ora actual, y (bostezo gigantesco) es alucinante comprobar una y otra vez la cantidad de malos poemas que se escriben, se publican en grandes editoriales, se estudian en flamantes tesis doctorales en el cada vez más mediatizado mundo académico, sin reparar, enfrentar, que todos esos poemas son pura charlatanería, chatarra comparable a la comida chatarra que venden en los expendios de basura de los centros comerciales que se adueñaron del mundo.

Creo haber leído la obra poética de José Lezama Lima in toto. Rara, rarísima vez encuentro en sus poemas caídas. Por el contrario, su factura es impecable, y en su peculiar contexto de voz auténtica y propia, voz ganada a pulso a la retórica del coro de voces trilladas (mayoritarias) Lezama casi nunca claudica para caer en un facilismo ñoño. Cada uno de sus poemas, desde los más reconocidos, como la sobrecogedora Oda a Julián del Casal, o su Primera glorieta de la amistad, o Un puente, un gran puente, o Rapsodia para el mulo, hasta aquéllos menos explorados como Himno para la luz nuestra, o Telón lento para arias breves (con sus ternezas a lo Marin Marais, a lo Monsieur de Sainte Colombe) tiene una firmeza, una espesa seguridad propia, que encuentro en pocos poetas, ora cubanos, ora en lengua española, del siglo XX.

“De la inteligencia de la misa/a los placeres de la mesa,” con que arranca Himno para la luz nuestra, ejemplifica la capacidad de Lezama para decir, entre espesuras y frondas de sombras, asimismo lo sencillo y directo, cual si fuera un poeta coloquial (que en parte lo es) y no sólo ni siempre ese poeta Neobarroco que todos afirman ser su estro más particular. Lezama no tiene verdad, en sentido ideológico o retórico, lo que Lezama tiene es el peso específico de los momentos sistemáticamente logrados, intuidos y trabajados desde el amor respetuoso a la escritura, que reconoce sagrada por misteriosa, luminosa por oscura y dificultosa. Esa escritura que sobresalta la vista sibilina del poeta, escritura repentina, inusitada, es la que Lezama tiene que haber entendido y puesto en práctica una y otra vez, sin pretender verdad, conocimiento o grandeza.

Lo cual a mi juicio es un modo de decir que Lezama escribe, pese a lo grueso y denso de su expresión, con la mayor naturalidad: la poesía le viene, (¿de dónde?, ni lo supo ni le habrá importado demasiado) la recibe en cuanto don, hecho siempre presente y percibido como dádiva, aceptado en cuanto personal destino: sin aspaviento ni narcisismo, sin necesidad de protagonismo, desde una humildad profunda donde estar en poesía, estar haciendo el poema, es algo que se realiza casi (casi) desde un encogimiento de hombros que desdice de la atribuida importancia histórica a las cosas que segrega el ser humano (cual si fuéramos algo, aunque siempre estamos diciendo que no somos nada). Segregación que en Lezama alterna el estro “oscuro” (nunca oscurantista) con la llana enunciación que proponía Cervantes.

Así, por un lado lo oímos escribir sobre “Las fiestas del sin sentido”, o hablar de “la sabiduría sin poseer ni ser poseída,” versos que un niño de teta entiende, o por el contrario labrar, casi jadear, cual pulmón asmático, “Su piel sin tregua en el trineo,/las flechas salían del árbol al fuego,/ armando todo, romper el círculo/ fue lección al despertar lo venidero.” (Himno para la luz nuestra) donde el lector se ve obligado a regresar una y otra vez a la lectura si quiere (malamente) descifrar lo expresado. Descifrar interesa: pero antes de descifrar hay que venerar la belleza de lo dicho, la conjunción de vocablos que se han engastado en esa esfera propia de Lezama, en que imagen, ritmo, tonalidad, y “buche secreto conforman un aura. Aura modélica, que no pretende ser modelo o paradigma de nada ni para nadie.

Hay poetas hispanoamericanos del siglo anterior que amo: los he leído y releído, cada uno en su zona de expresión, es un poeta que merece un sitio dentro de la poesía en lengua española de Hispanoamérica. De acuerdo: no le quito a ninguno el mérito ni el lugar. Y sin embargo, en muchos de esos poetas encuentro no una sino numerosas caídas retóricas que no tolero, incluso me irritan, me dan ganas de chillar diciéndoles pero por Dios a qué viene eso, si eres capaz de magníficos, extraordinarios versos, a qué viene esa bobería, esa banalidad, esa flojera en que el poema que has escrito, y publicado, ha caído. Nada que hacer, es así. Y siendo así, con todos mis respetos, me quedo con aquellos poetas que como Góngora (Quevedo no) Vallejo (no siempre) o entre los que todavía viven Gerardo Deniz o Lorenzo García Vega, al igual que Lezama, mantienen una consistencia y una calidad que siempre supera lo trivial.

Cada vez creo menos en poetas y en poemas, mucho menos en poéticas: cada vez creo más en momentos poéticos dentro del poema que leo. Pienso que se debe enjuiciar la poesía desde esa experiencia concreta, reaccionando ante la belleza, la inteligencia luminosa, entre sombras y penumbras, del texto, sin considerar quién lo escribe. En su locuacidad Neruda desbarra, Paz en su particular inteligencia de rachas y voracidades, trivializa, Vallejo cae en efusiones sentimentales y políticas que muchas veces desdicen de su enorme capacidad poética. Lezama, nunca, o para no exagerar, rarísima vez tiene caídas sentimentales, efusiones triviales. Sería interesante ir siguiendo, puntero en mano, o con la yema del dedo índice, a la manera de los lectores cabalistas, los poemas de Lezama, a fin de encontrar versos banales, versos triviales: considero que habrá pocos.

Su densidad, a veces aclarada al conocerse la referencia concreta utilizada (en Pound, por ejemplo, todo se aclara al acceder a las claves de la referencia empleada) es lo de menos. La maraña barroca siempre es inteligible; lo que me resulta ininteligible es que poetas de altura caigan una y otra vez en la lamentación personal, social, metafísica, que reitera el rizo rizado, el trillo trillado, aburriendo.
(José Lezama Lima en plena lectura; al fondo, su hermana Eloisa. José Kozer.)

3.12.10

CONCURSO DE ENSAYO EN FRANCIA

Concurso y Premio Literario – Género Ensayo
« 25 años del CECUPE »
CECUPE (Centre Culturel Péruvien)
www.cecupe.com


Contexto


El CECUPE (Centre Culturel Péruvien) fué creado el 4 de Abril 1986 por un grupo de peruanos y franceses con el objetivo de dar a conocer la cultura y el patrimonio peruanos en Francia y en particular en Paris. Desde entonces su obra se ha intensificado.

El CECUPE es considerado hoy como el actor mayor de la cultura peruana en Paris y juzga necesario organizar en ésta ciudad varios eventos destinados a celebrar su vigésimo quinto aniversario y asi, hacer sobresalir aún más su misión. Estos eventos en acuerdo con sus objetivos serán orientados hacia sujetos culturales.
Uno de esos eventos, es la convocación y atribución de un Premio Literario. Se trata del Género « ENSAYO » sobre un tema orientado hacia relaciones Francia-Perú.


BASES

1. Pueden participar en este concurso todos los escritores de nacionalidad peruana o francesa que residan en Francia o en el Perú. No pueden tomar parte en este certamen los autores miembros del comité organizador.
2. Cada autor podrá presentar un solo trabajo sobre el tema que se detalla en 11.
3. El trabajo debe ser en idioma español, original, no traducido, ni publicado anteriormente, con una extensión comprendida entre 25 y 40 páginas escritas de un solo lado en letra de 12 puntos en papel formato 21 x 29 cm . La primera página sera dedicada solo al nombre de la obra.
4. Al final del texto el autor debe escribir su nombre, dirección postal, teléfono, dirección electrónica, incluir una fotocopia de su DNI, cerrarlo convenientemente y enviarlo a: CECUPE c/o Yolanda Rigault. 48 allée de la Blancharde, 91190 Gif sur Yvette, France o por e-mail a yolanda.rigault@wanadoo.fr
5. La fecha de cierre del concurso es el 30 de Mayo de 2011
6. No se devolverá ningún trabajo presentado.
7. El Jurado será designado por los organizadores y estará constituido por destacables escritores, criticos, docentes del campo de la literatura y cultura latinoamericana de Paris. Los integrantes del jurado nombrarán a un Presidente de Jurado . La constitución del dicho Jurado se dará a conocer oportunamente por correo y medios de comunicación habituales.
8 . PREMIO. Se otorgará un premio único que consistirá en dos billetes de avion ida y vuelta Lima-Paris y una bolsa de viaje de 500 dólares. El premio induirá además la publicación de la obra en versión bilingüe. Los billetes se utilizarán por el ganador, asi que por une persona de su elección, en un lapso de 12 meses a partir de la premiación. Ningun intercambio comercial podrá efectuarse con los billetes obtenidos.
9. El fallo del jurado es inapelable y se comunicará al ganador tan pronto se conozca y se hará público por medio de la prensa y de nuestro "website" www.cecupe.com.
10. El premio se entregará al ganador en un acto público que se efectuará en el mes de Julio de 2011 y cuyos detalles se anunciarán oportunamente.

11. TEMA : Dada la vocación del CECUPE los organizadores desean que el tema gire en torno de un eje « Perú- Francia » y las relaciones o intercambios en los campos culturales, artisticos, sociológicos, históricos y/o geopoliticos.

Contact
CECUPE c/o Yolanda Rigault
48 allée de la Blancharde, 91190 Gif sur Yvette – France
Tel : +33 1 60 12 14 05, Mobile: +33 6 70 37 61 30 Email : yolanda.rigault@wanadoo.fr

26.11.10

Sobre "Estudio sobre la belleza", de Ruiz Rosas


ENTRE LO ADORABLE Y LO MONSTRUOSO: EL ORDEN APARENTE Y LA ENTROPÍA

Estudio sobre la belleza
Alonso Ruiz Rosas
Cuzzi editores, 2010.


En poesía, en lo que prácticamente constituye una regla al igual que en otras disciplinas, después de un ciclo de ruptura suele producirse una vuelta a lo clásico. Tal giro supone un cansancio frente a la experimentación y por lo tanto apela a una tradición consolidada en búsqueda de seguridad y diferencia. En Perú esto sucedió con las obras de Martín Adán y Xavier Abril en las vanguardias y, en distinto grado, como un contrapunto, en poetas de otras promociones como José Ruiz Rosas, Arturo Corcuera y Marco Martos.

El caso de Alonso Ruiz Rosas reivindica dicha filiación desde su singularidad en la poesía peruana de los años ochenta. Pese a esta clara vocación de estilo el poeta de Estudio sobre la belleza responde, en una constante de su escritura, a una necesidad expresiva en la que su subjetividad se impone sobre cualquier consigna formal o ideológica. Con una muy peculiar mezcla de mesura y ambición, Ruiz Rosas en Estudio sobre la belleza aborda directamente uno de los grandes temas de la experiencia artística: la fascinación por la hermosura y su vinculación con la muerte.
A pesar de sus atuendos clásicos, el poeta asume una propuesta no exenta de riesgo y rebeldía pues, como se sabe, la sensualidad y lo sublime como categorías han sido reiteradamente desmontadas o desvirtuadas desde la filosofía postestructuralista y los medios de comunicación.

Fiel a su época, y desde una experiencia vital e intelectual que no ignora esta crisis de fin de siglo, Alonso Ruiz Rosas celebra la belleza desde la incertidumbre, como aquello que da sentido a la existencia y conecta nuestra naturaleza efímera con el Absoluto, con lo Eterno.
Certeramente, Ruiz Rosas denomina a este libro como estudio, es decir, no propone un tratado ni un ensayo versificado. El poeta sabe que su mirada no es concluyente y no se permite ser discursivo. Pero tampoco su aproximación es impresionista o lírica: la belleza ha dejado de ser el éxtasis de los sentidos y se mira en el espejo (es en sus palabras: “la fusión del deseo y la memoria”); observamos su refracción, reconociéndola como un potencial recuerdo, una naturaleza imaginaria o conceptual, inevitablemente tentativa.

Estudio sobre la belleza supone, entonces, un libro que plantea algo parecido a una puesta en escena, una representación, pues su inicio (un sobrecogedor diálogo en verso libre) constata la derrota de lo humano (o, si se prefiere, de la subjetividad decimonónica). El por qué continuar se convierte, por lo tanto, en la pregunta que recorre todo el poemario. En este punto la forma métrica (tercetos endecasílabos) se transforma en una adecuada estrategia para la progresión y el análisis (esa duración escogida por quien escribe) aunque las conclusiones parecen ser inevitables y ya transitadas. El orden -o mejor dicho su simulacro- se alcanza de forma antiheroica y arbitraria, no por desarrollo sino por agotamiento.

El ansía de belleza se presenta en consecuencia como el culto a una contradicción, como en Martín Adán con la invocación a la Eternidad tras el disparate puro. Sin embargo, la incoherencia y la sorpresa no se plasman ya verso a verso, sino a partir de las paradojas y los silencios de la reflexión monótona; de una forma más sutil, engañosa y que no niega el azar, pero tampoco la dimensión moral, la dignidad que puede extraerse de la vida misma. Una opción lúcida ahora que el desgarro romántico está prácticamente invalidado y reiteradamente se propugna la indiferencia: “surgió lo bello del pavor y el lodo / surgió del cataclismo del inicio / si no lo antecedió al formarse el todo”.

Así, para Alonso Ruiz Rosas la belleza es plural y sucesiva. Es mortal y, por lo tanto, se encuentra en todos los tiempos, en lo grandioso y en lo nimio, en la violencia y en lo tierno (“La belleza pasea por la historia / pasa su roja lengua por la espada”). De este modo, y superando su aparente constricción formal, el poeta invoca una belleza consciente de sus brillos y de sus límites, cotidiana y democrática, metapoética y barroca, pero que no por esto deja de conectar con lo trascendente. Estudio sobre la belleza brinda, desde su incertidumbre, una afirmación rotunda y casi olvidada: lo bello es el destino del esteta y esta es una condición del ser humano y del artista.


Martín Rodríguez-Gaona.

(poeta Alonso Ruiz Rosas.)

24.11.10

MONSTRUO, de Íntegro


El poeta y performer Gustavo Reátegui me envía una lectura de la puesta en escena que el excelento grupo ÍNTEGRO hizo a fines de octubre.



Sobre ese monstruo que todos llevamos dentro


Por Gustavo Reátegui Oliva.

---Cía. Íntegro(Perú) y Diquis Tiquis (Costa Rica)
30 y 31 de Octubre 2010, Centro Cultural de España, Lima-Perú.---



“Monstruo” es un esfuerzo simbólico sintético a medio camino entre la danza, la performace y el ritual, así como una denuncia social sutil y subterránea: como esa ofrenda hacia su final, que nos habla desde las profundidades del ser y de la tierra: síntesis emotiva y conmovedora.
Una puesta en escena minimalista, desnuda, cuyo centro reside en la fuerza misma de la corporeidad de los bailarines-performers (Ana Zavala y Alejandro Tosatti). Las ayudas mediales (vestuario intervenido con leds, videos, música electrónica), están integradas y en un equilibrio inquietante – como el nervio mismo de la Vida (arquetípica)-, y no resultan de ningún modo accesorias u anecdóticas. Más bien son un medio para transmitirnos estados catárticos y accesos a epifanías. Hasta allí las referencias a los Paqos (chamanes) o el parecido físico de Tosatti con Manolete. Pre-textos… en una obra que abunda en el silencio (recordemos que el butho surge a partir de la guerra). Y es precisamente en esas mudas que tiene la obra (¿Es Tosatti el enfermo o el que cura, Zavala funge de curandera o es la doliente?) donde se nos hace patente el equilibrio de la puesta y su planteamiento estructural, pues viene del silencio y va hacia la música o a la voz afectada electrónicamente de una mujer aguaruna afectada también por la tecnología de la muerte (Bagua), la sinrazón y el irrespeto. “Mounstruo” es así vista un homenaje y una denuncia sugerente; que comunica desde el silencio, que cede respetuosamente su espacio al drama de esa voz desgarrada.


La sanación es planteada desde el inicio con el cuerpo de Tosatti intervenido de agujas de acupunturista que Zavala va retirando, abriendo así la dinámica de equilibrios entre supuestos opuestos que más bien son complementarios, formas todas de la unidad. Así la medicina tradicinoal china, la referencia a las prácticas chamánicas y a los enteógenos, parecen apuntar que la solución al mounstruo solipsista e individual, producto de una mirada y unos haceres occidentales sesgados, necesita la solidaria ayuda de los dos orientes: las milenarias tradiciones orientales (China, India, etc) y nuestra tradición originaria amazónica.


Así entendido, el meta-texto o sub-texto (la muerte, el dolor, la enfermedad y la curación, el equilibrio de los opuestos y las dualidades, etc) si se quiere, va más allá, y se viene a reflejar en nosotros, los espectadores, a inquirirnos por el qué tan conscientes somos del monstruo que nos habita, de la enfermedad que nos consume en tanto hombres contemporáneos, y de nuestra responsabilidad social en relación a la naturaleza y las sociedades tradicionales. No es casual que esta obra se haya estrenado en 2 únicas fechas en el C.C.E - Lima, los días 30 y 31 de octubre: día de los muertos, de todos los santos, de la canción criolla, y del marketero y foráneo Halloween. Montar precisamente en estos días (cargados ya de significación) una obra que con encanto y sutileza nos habla en silencio sobre la muerte, sobre las víctimas y los victimarios, sobre centro y periferia, que tiene múltiples aristas y lecturas, así como sus oficiantes sobre el escenario interpretaban roles intercambiables, dinámicos, contenidos, fuertes, frágiles, etc. Es, sino una provocación lúcida, una clara muestra de madurez, y una actitud política (o todas las anteriores), que genera en el espectador una grata conmoción, y que por toda su concepción híbrida paradójicamente produce los fines que la purga catártica aristotélica reclamaba del teatro ya desde la antigua Grecia: purgarnos por la compasión y el miedo: la compasión por lo humano, el miedo por la humanidad… su amor por ella…es decir, el amor por la otredad: que somos todos…

22.11.10

FOTOGRAFÍA Y POESÍA


SAVARIN ARTE TOTAL se complace en anunciar la inauguración de la muestra fotográfica de Carlos Alegre

Mar de sueños y poesía
(50 poetas peruanos del siglo XX)


INAUGURACIÓN DE LA MUESTRA
Día: Viernes 26 de noviembre de 2010
Lugar: Savarin Arte Total (Jirón Camaná 878, 3er nivel, Lima)
Hora: 7:00 p.m.
Ingreso libre
Vino de honor

LA MUESTRA
Savarin Arte Total es un nuevo espacio para la cultura en el Centro Histórico de Lima, dirigido por Miguel Espinoza, pintor egresado de la Escuela de Bellas Artes. La historia de Savarin se remonta al año 1984 en Santa Beatriz, actividades que han continuado a lo largo de los años y ahora desde su nueva ubicación en la calle Camaná promete ser un foco de cultura que ilumine las noches limeñas. Mar de sueños y poesía es la primera muestra en el nuevo local de Savarin, se trata de 50 fotografías de poetas peruanos del siglo XX entre los que podemos encontrar a Alejandro Romualdo, Javier Sologuren, Mario Florián, Arturo Corcuera, Carlos Germán Belli, César Calvo, Manuel Scorza, Francisco Bendezú, Antonio Cisneros, Germán Carnero Roqué, Hildebrando Pérez, Luis La Hoz, Jorge Pimentel, Tulio Mora, Cesáreo Martínez, Marco Antonio Corcuera, José Luis Ayala, Alberto Valcárcel, Carmen Luz Bejarano, Livio Gómez, Nicolás Matayoshi, Alberto Benavides Ganoza, Sergio Castillo, Carolina Ocampo, Juan Cristobal, Sui Yun, Reynaldo Naranjo, Julio Nelson, César Toro Montalvo, Carlos Zúñiga, Roger Rumrrill, Miguel Cabrera, Winston Orrillo, Ricardo Falla, Jorge Bacacorzo, Luis Nieto, Jesús Cabel, Gustavo Armijos, Sonia Luz Carrillo, Rosina Valcárcel, Manuel Pantigoso, Juan Gómez Rojas, César Gallardo y Guido, Carlos Alegre, Luis Alberto Calderón, Fredy Gambetta, Aida Tam, José Pablo Quevedo, Carlos Orellano Miranda, Guillermo Delgado. En la inauguración se entregará una publicación con poemas y fotos de los poetas de la muestra, por si esto fuera poco la exposición será itinerante y se llevará a algunos de los distritos de la gran Lima.

EL AUTOR
Nació en Puerto Nuevo, Callao, en 1946. Periodista, poeta y fotógrafo. Es director fundador de la revista nacional de cultura Danza y Fuego del Perú; editor general de Ediciones Línea Éter, editor de la revista de literatura Cuadernos del Mar. Miembro fundador en 1963 del Grupo Línea Éter. En 1966 recibió la distinción Mejor poeta chalaco, Premio de la Casa de la Cultura del Callao. Distinciones en La Universidad del Callao, Municipalidad de la Punta. También distinción de honor otorgada por el Instituto Nacional de Cultura del Callao en el 2002 y Medalla de oro y Diploma de reconocimiento por la Casa del poeta peruano en el 2007. Es autor de varios libros de poesía y narrativa.

18.11.10

LIMITACIONES ÚTILES DEL DEBUTANTE TARDÍO


Interioridad y narrativa

Los debuts narrativos tardíos tienen una utilidad poco considerada y algo autoirónica: nos enseñan cómo no se deben hacer cosas que aparentemente parecen bien hechas. Con frecuencia, el que publica su primera novela pasados los cuarenta tiende a meter en el texto todo lo que sabe, todas las técnicas aprendidas, todos los recursos y trucos, para atrapar al lector. Y lo que logra es atosigarlo. Subsumido por ese festín de datos, artificios técnicos y erudiciones que buscan sorprender, el debutante tardío olvida una de las cosas esenciales en narrativa: pasar por el tamiz de la interioridad lo narrado.

Esto me viene a las mientes mientras leo el prólogo del notable narrador mexicano Juan Villoro al libro de Vázconez El viajero de Praga. Dice el autor de El testigo:

La composición de lugar es una de las marcas de estilo de Vásconez. Ajeno al color local, al exotismo o a las descripciones de turista, describe Praga, Barcelona, y Ecuador como paisajes interiores. (sus parajes combinan la nitidez y la claridad con los claroscuros, los filtros, las veladuras) (…) Estamos ante paisajes de la mente, intervenidos por una niebla interior, vistos por alguien para quien “la frontera entre su mundo interior y exterior había desaparecido”.

Esto, lo dice Villoro más adelante, tiene que ver directamente con Kafka. Y siendo, o, mejor dicho, sintiéndose kafkiano, onettiano, levreriano, no se entiende cómo el tardío debutante en novela se deja llevar por descripciones inútilmente minuciosas de ciudades, como si quisiera dar constancia al lector de que él estuvo allí. Además, atiborra su discurso con nombres, datos, libros, tratados, y un cúmulo de conocimientos que entorpecen el flujo natural diegético –que en verdad anunciaba un recorrido interesante.

Villoro, elogiando a Javier Vázconez, nos da sólidos elementos para colegir criterios de narración válidos, útiles. El narrador tardío y su novela también, pero por la vía negativa: sus errores nos enseñan el camino como los mojones nos señalan la ruta en un territorio baldío.
Actulización: Sin duda el escritor o el poeta (aunque dudo mucho que un poeta descienda a esos niveles) tiene derecho a hablar sobre su propia obra e incluso a defenderla. Pero esa obra ya no le pertenece al autor una vez publicada, y su opinión, entonces, es una más entre varias. El hecho de que haya "creado" esa novela no da preeminencia a su opinión sobre las demás. Pensar lo contrario es decir que el "creador" sabe más de la novela que un buen lector, algo que sí es realmente romántico y subjetivo.

(Calle de Praga.)

16.11.10

La muerte de un burgués


POESÍA

En apenas unos años de trabajo, Álbum del Universo Bakterial ha llegado a su libro número 22 con La muerte de un burgués, de Jerónimo Pimentel (Lima, 1978). Se trata de un retrato del hombre contemporáneo con sus “afectos precarios, el refugio amatorio, las ruinas y rutinas laborales, el conflicto con Dios y las religión”.

Autor de los poemarios Marineros & boxeadores (2003), La forma de los hombres que vendrán de Matías P. Delgado (2010), Pequeños poemas para caras largas de Armando Chang (2003) y, sobre todo, Frágiles trofeos (2003), Pimentel deja a un lado certezas y facilidades racionales para meterse a mundos internos y externos tan complejos como maravillantes (o decepcionantes).

La presentación-recital se llevará a cabo el jueves 18 de noviembre, a la 8:30 p.m., en el Centro de la Imagen, 28 de julio 815, Miraflores. Leerán José Carlos Yrigoyen y Teresa Cabrera.
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