15.1.10

Enseñanza


Ni envidioso ni envidiado

El año pasado publiqué, con mi dinero, un librito que es una larga entrevista al estupendo poeta José Kozer, titulado Biopoética (Ediciones de Coral, 2009). El librito de marras, al contrario de lo que sucedió con mi novela Migraciones, no fue (snif, snif) recogido en ningún recuento literario del año; pero estimo que trae muchas cosas útiles para escritores y poetas. Ahora que acusaciones tontas sobre quién envidia a quién, y quién escribe "mejor" que aquel otro, se leen hasta en este digno blog, es bueno escuchar al maestro cubano cuando le pregunto cómo escribe:


Tengo fe en el arranque, es decir, en cuanto abro la válvula (cotidiana) del deseo de escritura, me viene algo, que puede ser una palabra, una frase musical, una imagen, una percusión, risotada, exabrupto, jodedera, y ese algo, confío, se convertirá en un poema (más). Éste se inicia por sí solo, continúa porque yo quiero, se acaba porque Dios manda. Escritura continua, sólo la muerte o la esterilidad en vida, podrán segarla. En cuanto arranco a escribir, en los últimos años muy temprano en la mañana, semidormido, y casi siempre a la hora de la defecación, ya sé que habrá poema, del mismo modo que los cardenales saben que habrá Papa cuando se reúnen en conciliábulo electoral. La imagen ésta me interesa: alguien ha muerto, en mi caso es el poema que escribí ayer, hay que sustituir al muerto, en mi caso el poema que escribo hoy. Los cardenales son el corro alerta, interesado, que decide, ésos son los versos que se suscitan desde el propio oficio, el conocimiento adquirido, incluso puede hablarse de un cierto profesionalismo; del Papa electo no teníamos seguridad total y absoluta hasta el final del proceso, así el poema nuevo que se escribe hoy, se corrige y se arregla mañana, sentado en el gabinete de trabajo, ante moderna computadora, es algo que hasta verse rematado con la palabra que lo cierra, no tiene existencia real. Confío, no obstante, desde un misterio que me resulta pura extrañeza, que ya que hubo arranque, habrá final, y que el correr de la pluma sobre el papel, dejará, desde su hormigueo, desde su condición de insecto azorado, en cuanto rastro y traza, un poema completo, un "objeto" terminado, con el mejor acabado posible, que es el que se le da, repito, al día siguiente: con lo cual me ocurren dos cosas; 1) he escrito un nuevo poema que transcribo y guardo en mi computadora, en una carpeta que se identifica con una letra, o dos, o cinco, y que contiene por lo general sesenta poemas; y 2) dado que ese poema (de ayer) fue corregido (hoy) en realidad he escrito dos poemas: el suscitado por una compleja y misteriosa instantaneidad, y el que surge del sosiego distanciado del oficio corrector. Trabajo doble percibido como sencillo por el lector, que sólo se interesa por el "producto" final elaborado, y no por los titubeos, los pasos en falso, las contramarchas y tachaduras, los regolfares del texto.

Lo proliferante me incita a la continuidad, a correr el riesgo de dejarme llevar cada vez que se suscita un nuevo poema, poema que se inicia, inicio misterioso, y que empieza a correr, modulándose por cuenta propia, zigzagueando su existencia, él mismo desconociéndose, desmadejándose sin tener ciencia cierta ni conciencia de su derrotero. Es fascinante, oblicuo, vivir día a día, esta ceguera, este deambular del Cegato que escribe, esta manera de ejercer la vida para la Muerte. Poemas, poemas, poemas. Si escribo poemas estoy vivo, si no los escribo, no es que me haya muerto ni que me sienta muerto, pero al menos me concibo menos vivo, manco digamos, patizambo y tuerto; disminuido. No estoy seguro que esto sea del todo cierto, pero prefiero imaginarlo así porque me parece un modo, quizás innecesario, de mantener el fogón encendido, la trastienda abierta, acicate, yesca prendida que origina poemas, poemas que serán ceniza, polvo no enamorado, polvo incluso mal echado, pero que a mí me dan vida. Son mi relajo, recuento y fruición, un don distintivo (no es que lo necesite del todo en este sentido) y por qué no, un legado, letra ígnea que puede dar vida a los demás, si no en este momento en que todavía, ente vivo, escribo, al menos en un futuro no demasiado lejano: futuro en que no interfiriendo ya mi existencia con el ojo lector, y pudiendo acceder a ese espacio en que no se es ni envidioso ni envidiado (fray Luis) el lector podrá adentrarse en mi maraña y encontrar dicha, justo la dicha de la escritura de quien como yo se vio abocado a su práctica incesante.

Lo primero que hay que recoger de esta confesión poética sincera, es la presencia de la fe. La fe en el texto y en su continuidad, en su culminación. Quien tiene fe en lo que escribe no tiene que discutir con nadie si lo hace bien o mal o regular; simplemente escribe porque eso es lo que hay que hacer. Luego, la necesidad. Dice Kozer que cuando no escribe no se siente completo, no es que se sienta muerto, pero se percibe carente, y esa carencia proviene del haber convertido la escritura en una necesidad casi somática. Frente a ello, ¿de qué valdrían las dudas de 3 o 4 enemigos literarios envidiosillos?

Finalmente, quiero resaltar la cita de Fray Luis de León: ni envidioso ni envidiado. Tal vez algunos de nosotros, los escritores y poetas del Perú de hoy, hayamos superado la envidia; pero me parece claro que el deseo de provocar ese repudiable sentimiento en el otro es una práctica demasiado común. Hay que llegar a ese punto medio de desaparición (ni lo uno ni lo otro) para aparecer en la escritura, que es el único espacio donde se van a definir cosas esenciales, a nivel artístico y humano.

(Fray Luis en escultura de Salamanca, España.)

7 comentarios:

  1. Anónimo15.1.10

    Coral
    usted es un hombre serio.
    ningun poeta serio toma como certificación un "recuento literario".

    se imagina a Blanchot leyendo uno?

    sospeche de los recuentos, incluso si está usted.

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  2. Arturo Delgado15.1.10

    Qué tal, Víctor. He leído con atención tu último post, y aunque no tendría por qué sentirme aludido, para evitar suspicacias quisiera aclarar (si ya hace falta) que la única finalidad de mi respuesta a Rengifo fue poner en evidencia: 1) su carácter de vendetta personal y 2) su incorrecta descripción de mi texto. Al menos de mi parte, en ningún momento he aludido a envidias literarias ni menos quién de los dos es mejor o peor escritor. Espero que nadie haya tomado mis aclaraciones como un autoelogio encubierto, porque creo que hay mucha distancia entre definir/explicar el proceso de creación y caer en el autobombo. Nadie debería sorprenderse de esas explicaciones, porque la mayoría de escritores (en presentaciones, conferencias, simposios, encuentros, etc.) acostumbran a referirse a sus textos con tanta o mayor abundancia de detalles que los empleados en mi respuesta. Yo no veo nada de malo en ello.
    A Carlos Rengifo ni lo envidio ni creo que él me envidie, al menos en lo literario. No entiendo por qué se ha obsesionado de mala manera con un antiguo amigo que no recuerda haberle hecho ningún agravio, pero lo objetivo es que el hombre siempre aprovecha cualquier oportunidad para aludirme o mencionarme negativamente. Eso es algo que él deberá resolver en un diván.
    Sobre el contenido de tu post, solo puedo comentar lo siguiente: no creo que sea suficiente la fe para un escritor; sí, en cambio, la necesidad, que debería ser el verdadero motor de toda vocación literaria. Pero ni la fe ni la necesidad convierten a nadie en un buen escritor. Hacen falta el oficio, la autocrítica y la lectura, mucho más que la necesidad y la fe. En lo personal, no soy religioso y por tanto no puedo creer en algo tan etéreo como la fe, menos en la literatura. Tengo mi propia evaluación de lo que he escrito, por supuesto, pero de ninguna manera fe. No espero ninguna trascendencia ni la persigo. Como todos los que estamos en la Tierra, soy un simple labrador que intenta realizar bien su tarea preocupándose solo porque otros la continúen hasta que todo esto en algún momento explote.
    De todas maneras te agradezco por haber publicado mi respuesta a Rengifo (con aquellas palabras preliminares) sin que yo te lo haya solicitado.

    Saludos,

    Arturo.

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  3. No sabía de la existencia de ese librillo. ¿Dónde puedo conseguirlo (y a qué precio, más o menos)? Un abrazo, y a ver cuándo nos reunimos.

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  4. Santiago, todavía tengo un ejemplar por ahí, si vas por la revista te lo juego.

    Arturo, este post no estaba dirigido a ti, por obvias razones. Tal vez sí a ciertos escritores que se amparan en los seudónimos y anónimos para viabilizar sus envidias.

    Y sobre la fe, pues creo que es claro que no se puede existir sin ella; otra cosa es la fe religiosa, que es asunto de cada cual y yo por los menos (que la tengo) evito discutir.

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  5. Anónimo15.1.10

    los recuentos literarios son indicadores de lo que se publica en un país. No serán indispensables pero si son bien hechos, como lo del señor González Vigil, son una buena guía, y muy seria.

    María Núñez

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  6. !!!!Recórcholis!!!!

    Lo que no entiendo es que si Carlos Rengifo es tan despreciable como dice Ybarra en su largo post sobre él, titulado "La increíble historia de Carlotta Renchiffo", porque lo tenían como amigo y lo publicaban en sus blogs como hasta hace dos semanas.

    Es que de pronto se iluminaron y se dieron cuenta de que era una M?????

    No creo, las bestias acéfalas están tan solas que aceptan a cualquier badulaque como amigo.

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  7. ¡Gracias, Victor! Si de verdad no hay problema con ello, voy a tratar de darme una vuelta por la revista la semana que viene. Un abrazo.

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