27.4.10

Overrated book


Labranda: "derretida canción fugaz"

Inicio con esta reseña una serie de recuperaciones y resituaciones de algunos poemarios "celebrados" o "condenados" por nuestra macilenta crítica literaria local (salvo dignísimas excepciones como la de Ricardo González Vigil). El propósito de esta sección, por supuesto y por cierto, no es "abrir los ojos" -pretencioso sería- a los críticos literarios, sino contribuir al debate poético nacional.


Los años ochenta en el Perú vieron el surgimiento de dos grupos poéticos que intentaban configurar una identidad distinta a la de experiencias anteriores (Hora Zero, los poetas del sesenta). No solo en cuanto a influencias y estilo, sino principalmente en torno a temática y concepción de la poesía. El grupo Kloaka –al que perteneció el poeta Roger Santiváñez- fue el de más figuración mediática, por razones que no será preciso desarrollar aquí. (Hubo otro grupo poético, Macho Cabrío, de raigambre arequipeña, que tuvo una evolución más fugaz pero de sobria calidad).

Santiváñez recogió hace un par de años su obra poética hasta ese momento, en un volumen titulado Dolores morales de Santiváñez (Hipocampo, 2006). Luego de ello se ubica Labranda (2008), un libro que oscila entre la fidelidad a la exploración lingüística –que tuvo su punto de clímax con Symbol (1998)- y el desentono de tramos expresivos.

Dedicado significativamente al poeta (así, sin adjetivo reductor) Juan Ramírez Ruiz (Perú, 1946-2007), el libro ha sido caracterizado, en términos generales, por otro poeta, José Kozer: “Labranda de Roger Santiváñez tensa la más tierna memoria personal (mediante un lenguaje sobrio, espeso) procurando a la vez “el borboteo sagrado”: y desde esa fuente de conocimiento último y primero, conoce (canta) la “luna jamás vista”.

Muy cierto, y no solo por el epígrafe de Frank O'Hara. Labranda abunda en alusiones a pasajes (pasajes) de la infancia, a sucesos adolescentes, a visiones setenteras y feelings evocadores dulcemente imbricados con expresiones del “deseo más anhelante y poseído”. Por ahí no hay problemas, el oficio del poeta casi siempre se impone a la dificultad de sus objetivos.

Tampoco es de dudar que con Labranda estamos, como ha dicho Mario Montalbetti, frente a una materia poética definida. Esto porque la voz muestra desnudos los hechos, históricos o verbales, sin, en gran medida, inmiscuirse o “liriquizar” el discurso. Montalbetti ha destacado, además, las aliteraciones, más bien abundantes en Labranda, y los encabalgamientos que implican partición de palabras. “Alicia/alisio” es el ejemplo que toma de las primeras, y “pensa/miento” el de los segundos.

Muy bien. He detectado precisamente en este plano, que llamaré expresivo, las principales dudas en torno al libro de Santiváñez. Veamos un par de ejemplos.

Una nada nadando en aguas serenadas ("Adorno bosqueto", p 58)

Ya no nombra las sombras el eco de un Ekeko ("Adorno bosqueto", p 59)


Lo explosivo, lo “ilícito” de la aliteración, incluso de la peligrosa redundancia fonética, estriba en su capacidad de alejarse de lo más inmediato, de lo trillado. Ligar el verbo nadar con el sustantivo abstracto nada, y con el plural nadas, es parte del lenguaje común, un recurso fácil, inmediato; y lo mismo puede decirse del vínculo ekeco/eco. Por supuesto, hay algunos ejemplos en los que Santiváñez tiene logros, pero la concurrencia de estos pasos falsos expresivos en un solo poema es muy problemática.

Encabalgamientos. Entiendo que el encabalgamiento con partición de palabra es eficaz cuando ambos versos reciben una carga de sentido (o de ambigüedad) con el hecho. Un ejemplo mío instantáneo:

Destruida fina
mente en tu corazón


El primer verso tiene sentido autónomo, el segundo tiene el suyo también, y ambos, en conjunción, conquistan la diversidad de sentidos ansiada. Pero, ¿qué pasa con estos dísticos de Labranda?:

Enigma perfeccionado en ti cón
Cava aparición virginal belleza (p 60)

Las estrellas unas lágrimas ro
Dando en sus mejillas amorcillos

Gracia y lisura la del Rímac fil
Trándose al Yowanka del abuelo
(p 35)

El “cón” con tilde al final de un verso no solo no aporta sino que puede anular posibles ambigüedades iniciales del verso. Lo mismo pasa con “fil”, aunque se dirá, tal vez, que Rímac fil podría funcionar en un sentido etimológico (fil como raíz), lo que daría “hermano Rímac” o algo parecido. En fin. Pero “Trándose al Yowanka del abuelo” es decididamente nulo. De esa guisa, el libro tiene particiones insólitas, sí, pero inefectivas. Apreciemos, en cambio, este par:

Recostada brote en la fuerte verdi
Dorada adherida al bordado carmesí

Es obvio el aporte en coloratura de la partición. El dístico cobra una diversidad cromática mayor que si se hubiera dejado íntegro el adjetivo “verdidorado” en uno de los versos. Esta es la línea que, en mi concepto, debió seguir el poeta en este volumen; pero tal vez sea el camino que le espera en próximas entregas.

Coda: ya en un plano secundario, resulta alentador que la voz poética, de una manera regular y recurrente, retorne de sus excursiones por la tierra de Mneme y el deseo, a escenarios donde Cosmos y trascendencia se insinúan: “eternos estados de desolación todas/ las cosas que son, son luz como/ crece la hierba plura diáfana”. “Divinamente volada en tu distante/ Rosa fuente que en su afluente/ se desliza Ofelia hata el Azur”. Y hacia allá, el Azur, se desplaza la poesía anterior de Santiváñez.

(Poeta Róger Santiváñez.)

1 comentario:

  1. Anónimo27.4.10

    Estoy de acuerdo contigo en que lo mejor de la obra de Roger hasta el momento está en Dolores Morales, Symbol y El chico que se enamoraba con la mirada son insuperables. Saludos desde San Marcos donde se les extraña poetas.

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