7.5.10

A la originalidad por la tradición



Nuevo libro de Cristóbal Zapata

Jardín de arena (Cascahuesos, 2010), del poeta ecuatoriano Cristóbal Zapata, se plantea como una vuelta a la margen segura, tradicional, referencial de la poesía; pero esta impresión, como lo sugiere José Kozer en el prólogo, puede solo ser otra ilusión. El yo poético se entrega sin veladuras, con ritmo límpido y si aspavientos a una celebración de la poesía y, sobre todo, de los poetas que a él más lo impresionan; por otro lado, hace un split de símbolos, de guiños a lo cotidiano, a lo zen, a lo trascendente, que de tan sutiles apenas entrevuelan a los ojos del lector común.

El poeta ha querido, siguiendo a Kozer, "armar un rostro de prismas que se desintegra reintegrándose desde una constante poética que tiene como propósito implícito, tal vez inconsciente, alcanzar la originalidad por la vía de la tradición, de la recombinación participatoria de los numerosos jardines que conforman a estas alturas la historia de la escritura”.

Muy cierto. Pero también el yo poético se atreve a perderse en el enmarañado de sombras y amenazas que es el jardín nocturno, ese que esconde historias, secretos y sucesos negros como el que sucedió al poeta César Dávila Andrade, muerto por agua y ebrio de poesía y de vida y de muerte. Aquí el hermoso poema que Zapata le dedica:


EL AHOGADO
(CÉSAR DÁVILA ANDRADE)

Yo fui el que cayó una mañana
En el desaguadero público
Y conoció el aroma animal de los hombres.
El que trago por todos
-los ortodoxos, los bienpensantes y los cuerdos-
La mierda y los efluvios,
El que trajo para ellos
Las sombrías noticias del subsuelo.

Con el tiempo supe
Que ese sería yo:
Un sobreviviente,
Un sobremuriente.

¿No es eso un poeta,
Quien absorbe a la luz del día
Los miasmas
Y los flujos corruptos de la ciudad?

Fuera de los pordioseros que se recogen
Bajo el puente
Y de algunos noctámbulos que bordean las orillas
Nadie me ve.

Soy esa cabeza de bronce
Que reluce en la superficie del río
Iluminada por la luna capicúa
O los mortecinos focos del alumbrado municipal
-como un Centinela de la Noche Antigua-.
En el verano me alimento de tallos y hojas secas,
En el invierno, de los banquetes reales
Que traen las crecidas.

Una cabeza a punto de ahogarse o salvarse.
Es difícil saberlo,
Hasta de muerto.


El cadáver de Dávila Andrade estaba lleno de mundo (Vallejo dixit); la poesía de Zapata también, sobre todo en esta última entrega que mezcla tradición y modernidad en dosis edificantes.
(portada.)

1 comentario:

  1. Anónimo7.5.10

    Gracias Victor por darnos a conocer a poetas tan buenos en tu blog. Saludos desde Argentina.


    Gino Billotti

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