1.6.10

El castillo de Julien Gracq




Paradojas textuales

Luego de leer En el castillo de Argol (hay una versión en castellano editada por Siruela, 2003), la primera novela de este celebrado escritor francés, nacido en 1902 y muerto en el 2007 en el halo del reconocimiento selecto propio de los llamados “autores de culto”, no puedo disimular un dejo a ligera decepción. En primer lugar, y pese a ser obra de juventud, solo puedo sentir consternación por la forma en que el autor utiliza el paratexto (un “Aviso al lector” que trata de definir cómo se debe leer la novela) para “curar” ciertas deficiencias de su relato. Dice Gracq:

Sería, desde luego, demasiado ingenuo considerar desde el ángulo simbólico objetos, actos o circunstancias que, en ciertas encrucijadas de este libro, parecerían alzar una silueta malhadada de poste indicador.

Ok. El autor no quiere un acercamiento simbológico a su obra, tal vez prefiera que sea vista como una secuencia natural e indivisible de actos entre los tres personajes que intervienen: Heide, Herminien y Albert. Pero he aquí que cuando Albert llega al castillo de Argol y va a visitar el cementerio perdido aledaño, graba con una “esquirla de piedra puntiaguda” el nombre de la amada en una cruz “equívoca y disponible” que le resulta particularmente “extraña” e inquietante.

¿Se puede concebir un acto más simbólico que este de grabar el nombre de la amada en una cruz de cementerio? Porque si el autor no quería que su texto fuera interpretado simbológicamente, no se entiende por qué ha plagado el libro –una vuelta a la novela gótica clásica, por lo demás- con sucesos paradigmáticos y simbólicos por excelencia. Tal vez el proemio fue concebido, a posteriori, como una manera de “enderezar” la lectura del libro más inmediata (que a veces es la más fructífera).

Hay otras particularidades del texto que me gustaría señalar. Con demasiada frecuencia se recurre a recursos tipográficos, como poner palabras y aun frases enteras en itálicas (llamadas con frecuencia “cursivas”), lo que supuestamente debe conferir un enrarecimiento, una extrañeza particular a lo que se relata, pero que finalmente termina por recargar el texto y hacer la lectura menos fluida. Por momentos, el nivel estético de la prosa alcanza cotas poéticas, y Gracq se luce con una sintaxis narrativa muy elocuente y con una distribución capitular racional, casi de ensayo literario, que sin embargo no alcanzan para difuminar la impresión general del libro: una novela gótica tan tradicional como esporádicos e infructuosos los intentos de darle un vuelo “filosófico” a la historia, de ganarle en vuelo a un género de alas demasiado pesadas tal vez.
Con todo, es interesante acercarse a esta opera prima del celebrado escritor francés. A pesar de que ponerse a escribir de castillos luego de Walpole y Kafka, sea una muralla demasiado alta para cualquier narrador. Y temo que los amantes de historias de aparecidos y castillos medievales salgan casi tan frustrados de la lectura como los que valoran la metatextualidad y la prosa poético-filosófica. Paradoja: la novela es campo florido para un examen simbológico, lectura que el autor no dudó en rechazar de plano.

(Julien Gracq y una novela de juventud.)

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