31.8.10

Distopía dibeneditana


Se puede pensar que en el universo distópico que Di Benedetto ha alucinado con este relato largo, el tiempo ha sido conquistado, o “recobrado”, a juzgar por el título: “En busca de la mirada perdida”, mirada que en un mundo donde los cuerpos de los muertos “son volatilizados, sin intervención familiar, y los deudos reciben únicamente “la notificación del deceso”, es muy rara. Un mundo, además, donde la mayor parte de la gente vive en una Ciudad-Estado del Aire, por encima del devastado planeta Tierra, reducido a labores y prácticas anticuadas, pobres y sin futuro.

El mismo narrador nos sugiere que “estamos viviendo aproximadamente en la época de Ray Bradbury (de Farenheit 451), pero sin bomberos que actúen como “inquisidores del pensamiento". En este contexto, el ex escritor que funge de narrador recibe la oferta de reemplazar a Albatros, un escritor que acaba de morir, en la producción anual de novelas, en específico de una que imaginara cómo sería el mundo en el año 2900. Forjado en las ciencias de la agricultura, aunque con algún fogueo en las letras, el protagonista sopesa su decisión, consulta con su familia, y finalmente decide comunicar su “insuficiencia para componer el libro”.

Pero algo malo sucede: Aldo, su hijo, enferma de manera tan radical que el narrador dice: “empezamos a perderlo”. Aislados de su propio hijo por reglas ultrarrigurosas de prevención de los seres sanos, el narrador se ve obligado a demandar una “autorización para emigrar yo y los míos”, no a otro planeta sino a la vieja Tierra, algo considerado como una involución, como una decisión estrambótica y tal vez repudiable. Al dejar su ciudad volátil, Gamine, al narrador -vista desde lejos- su ciudad le parece “semejante a una bandeja de piedras preciosas sin apoyo en el espacio”.

Afincados en el campo, o lo que era el campo, los esposos hallan un espacio íntimo, y unas reglas más humanas para la muerte de su hijo. Lo enterraron en un cementerio encima de una loma, un lugar adonde le pueden llevar flores y, la madre, canturrearle y hablarle de vez en cuando. Un sitio de recuerdo y comunión que jamás hubieran tenido en la ciudad volátil.

Por las noches, el padre se asoma por encima del brocal y ve en el fondo del pozo “un ojo de luz penetrante que mira y se mueve”. Probablemente sea el reflejo de un astro o de una ciudad; pero el padre piensa que esa mirada lo llama y lo llama “para que lo siga”, y él le responde con una voz firme que refleja una férrea decisión: “Sí, hijo. Ahí voy contigo.”.

Este relato sobriamente humanista, de anticipación, forma parte de Cuentos del exilio (1983), incluido en los Cuentos completos de Antonio Di Benedetto. Una apuesta por la muerte digna, real, la que rehumaniza a seres que han perdido su relación con ella y con lo que tiene de dadora de sentimientos y sentido. Un suceso crucial en la vida de los hombres trivializado por el progreso.

(Antonio di Benedetto.)

3 comentarios:

  1. Gato sucio1.9.10

    Coral, Has visto a Banana Joe?

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  2. Gato sucio1.9.10

    Coral, Has visto a Banana Joe?

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  3. POETA BARRAZA2.9.10

    -¿Y Gisela? Ella es mi pata del alma. Cuando nadie la conocía me pedía trabajo. Me decía "no seas malo, ayúdame". Y pensar que ahora tiene más plata que Atahualpa antes del rescate.

    -¿Debes saber muchas cosas de la Señito? Clarinete. La veía cuando caminaba de chiquita y los zapatos se le salían porque no eran de ella. Fue muy audaz y no tuvo miedo a la adversidad.

    ¿Y de Tula Rodríguez? Mi cholita cara de papa. También se inició conmigo. Me pedía que le diera la oportunidad de bailar en los espectáculos que se realizaban en el teatro Arlequín y ensayaba con su uniforme de colegio.

    Coleguita. El Chato es sabelón y poeta, así como lo ven.

    -Algunos no saben que estudiaste en la universidad...

    Piensan que uno es cualquier cosa. Ingresé a estudiar periodismo en la Católica en 1969 cuando se dictaba las clases en la plaza Francia, solo estuve un año porque más pudo el arte.

    -¿En el cole cómo eras? Pucha mi hermano, bueno en ortografía, en redacción, historia universal; me gusta mucho la poesía, César Vallejo es uno de mis favoritos, también José Santos Chocano, Rubén Darío, entre otros.

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