11.8.10

OTRA VEZ JUAN CARLOS


Es decir, otra vez el poeta. El que persevera, se apenumbra, calla, y de pronto nos ilumina con su voz, nos hace un raspón en la tela de la noche para que podamos ver lo que está más allá, enceguecidos también.

El poeta dialoga con sus poetas queridos: Li Bai, Rilke, Pessoa, Adán… Mas ese diálogo no es una elegía ni un homenaje, ni un monólogo previsible. Cada texto es una derivación lírica, un destellar en el costado del poema, una impregnación creadora.

Y como todo poeta, dialoga también con su infancia, con el mundo, con los elementos… con el río:

(Otra vez el río)

Eres el mismo río de mi infancia:
Oscuro a mediodía, luminoso en la noche

Te he escuchado llegar
He intentado hablarte
He perseguido tu voz
Y al nacer, he muerto


¿Cómo no reconocer en ese río no solo al manriqueano paradigma sino a cada río que ha copado alguna vez nuestra existencia, aquel que nos ha enseñado el devenir -fácil y misterioso a la vez- de la vida?

Sí, Juan Carlos, la belleza no es un lugar. Tampoco es la apariencia o la bondad. La belleza es ese maravilloso vicio de las formas (Moro dixit) que el poeta aduna en su ser para luego -con la ayuda del maravillante lenguaje (excusarme el neologismo)- inocularlo a quienes amamos la poesía. Los que, allende el tráfago de amiguismos y conveniencias, tendemos un puente desde la nada hacia la plenitud de la existencia.

Gracias, entonces, por el río, por la noche, por el alba, por la luz, por todas esas cosas del mundo que a menudo olvidamos por atender lucubraciones, racionalizaciones excesivas, arabescos a veces necesarios. Desde el otro extremo de la poesía, este poeta te extiende la mano y te saluda.

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