6.11.10

Vásconez: El viajero de Praga




Alfaguara Ecuador ha tenido la brillante idea de republicar, en edición revisada por el autor, El viajero de Praga (1996, 2010), una maravillosa novela del escritor ecuatoriano Javier Vásconez (Quito, 1946) y, ya, un clásico de la literatura latinoamericana contemporánea. Mientras la releo para reseñarla, les dejo con extractos de una deliciosa entrevista al autor, que viene -junto con fragmentos de la novela, fotos, ensayos, comentarios, otros- adjunta al libro en un DVD. La cortesía es de librería El Virrey.


ENTREVISTA (fragmentos)

Hace veinte años que conozco a Javier Vásconez, nuestros encuentros e intensas conversaciones en su casa, bares de rock y cafés siempre fueron viajes imaginarios por la literatura y la vida, como el que vamos a emprender en esta ocasión. «Comencemos de una vez», dijo Vásconez con determinación. Tomó asiento frente a un gran ventanal que daba a un jardín interior. Mientras observaba con su habitual curiosidad e ironía los altos bambúes y la pequeña fuente de piedra, señaló que eso era un remedo quiteño de un jardín japonés.


Por María Aveiga.



CASAS, CIUDADES Y LIBROS.

--Vásconez, tu vida ha estado marcada por viajes y contrastes culturales. ¿Cómo fue vivir tu niñez en casas coloniales de la ciudad, luego ir a una hacienda a las afueras de Quito y posteriormente trasladarte a otros países?


Sí, es verdad. Hay muchos cambios en mi vida, algunas ciudades y muchas casas abandonadas. Pero también hay hoteles, pensiones, lugares de paso. Comencemos por las casas. Nací en una casa descrita en el cuento «Billy», de Invitados de honor. Sorprendentemente, yo no sabía eso. Tampoco sabía que perteneció a mi abuelo paterno. Fue mi hermana, quien al leer el cuento, me informó que yo había nacido allí. Es curioso que ignorara este hecho, aunque siempre me ha llamado la atención la arquitectura caprichosa de esa villa italiana, colgada sobre la pendiente de la calle al estilo de tantas casas quiteñas suspendidas del cielo. Al poco tiempo mis padres se trasladaron a una casa de la calle Carvajal y Mercadillo, frente a la Universidad Central. Allí pasé parte de mi infancia. La casa lindaba con el misterio y los arrebatos de la quebrada de Miraflores, frecuentada por algunos indios y pastores de borregos. Incluso había algunos rateros inofensivos. Utilizando una soga me descolgaba por una ventana y me iba a conversar con todos ellos. Supongo que escuchaba un tanto atemorizado sus historias de fantasmas, de robos y de peleas a cuchillazos. A la casa de la calle Carvajal también iba Ana Bermeo —un personaje popular llamado La Torera—, escribí sobre ella en «La carta inconclusa» publicado en el libro de cuentos El hombre de la mirada oblicua.
Otro lugar fue la casa de mis abuelos en la calle García Moreno, frente a la iglesia de La Compañía. Cuando mis padres salían de viaje me dejaban tres o cuatro meses con los abuelos. Probablemente allí capté por vez primera el espíritu melancólico de Quito, el desamparo de sus tardes lluviosas y el sonido de sus campanarios. Recuerdo la tristeza que me invadía al atardecer cuando las beatas vestidas de negro merodeaban por los alrededores de las iglesias. Esas mujeres me provocaban desconfianza, miedo; siempre tan severas, siempre juzgando a la gente que iba por la calle. El centro de Quito nunca ha sido de mi agrado y nunca lo será. Tengo malos recuerdos de él. Para mi gusto allí hay demasiados objetos religiosos relacionadas con el pecado y la culpa. Reconozco que es un bello centro colonial, probablemente uno de los más fastuosos de América Latina. Sin embargo, el centro histórico siempre me ha producido una sensación de laberinto y encierro. De murallas y conventos que parecen construidos para que uno se pierda en ellos. Además, carecía de árboles y de sitios donde jugar. Estaba atravesado de pasajes, callejuelas, zaguanes donde dormían algunos borrachos. Si a los fríos patios de piedra se añadía la ausencia de mis padres, el desamparo era mayor.


--¿Cómo eras de niño?


Fui un niño temperamental y solitario. Me movía sin cesar por esas casas atiborradas de objetos de la más diversa índole, donde se amontonaba todo tipo de muebles, cuadros de ángeles, espejos, esculturas de santos y de vírgenes; recorría con avidez esas habitaciones donde también encontraba cacerolas desfondadas, aros de bicicletas, cajones con fotos y alambres y reverberos inutilizados. Todo eso era un mundo fascinante por el que yo me desplazaba rebuscando y «moneando» esos objetos, para emplear un término muy criollo. Había baúles llenos de libros y papeles atados con cintas. Así leí algunas cartas de amor, de negocios, de viajes, de mis antepasados que se habían trasladado a París, Bélgica o España.
Más tarde, cuando mi padre viajó de diplomático a Colombia, mi madre decidió mudarse a Capelo, en el valle de los Chillos, sector que aún conserva el mismo nombre. Esa fue la época más feliz de mi existencia. Era una casa hermosa, con un gran jardín y árboles centenarios, alegre, muy luminosa. Poseía una amplia galería de baldosas azules en la que me sentaba a leer, y una entrada formada por un amplio arco de plátanos en cuyas ramas habitaba una colonia de búhos. Algo de eso se encuentra en El viajero de Praga y también en Jardín Capelo, novela inédita. Entonces descubrí que lo colonial, o sea las viejas casas criollas, no estaban necesariamente asociadas con lo tenebroso y lo sombrío, ni con el aspecto más sórdido de la religión sino con la alegría de las flores y los pájaros. Ahí empecé a leer en serio.


--Estos contrastes de las casas del centro y luego trasladarte a Capelo, la oscuridad de las primeras y la luz de la segunda quizás ha marcado tu literatura a la hora de crear ambientes o describir emociones.


Sí, supongo que podría ser el inicio de algo. Imagino que cualquier experiencia, ya sea un sueño o la lectura de un libro, un viaje cualquiera, en definitiva todo lo que vivimos se transformará con el tiempo en materia verbal, en la poderosa semilla de un cuento o de una novela. La literatura es parte de esa experiencia, de eso que llamamos vida; camina de forma paralela a ella. Sin la enigmática voz de la vida no hay literatura, sin ese narrador misterioso que es la vida no existiría la literatura.

--Estamos en los noventa y tienes un período de gran actividad literaria hasta hoy día. En Barcelona escribes El hombre de la mirada oblicua. Y en 1996 publicas El viajero de Praga, El secreto y luego La sombra del apostador, Un extraño en el puerto. También te conviertes en editor...

Regresamos a vivir en una casa de la calle Reina Victoria, en el barrio de La Mariscal, un barrio bohemio, en el cual han vivido judíos, franceses, alemanes, y algunos profesionales de clase media. La Mariscal podría ser nuestro Greenwich Village o nuestro Coyoacán. En el segundo piso de esa casa, frente al volcán Pichincha, escribí todos los libros mencionados. Al mismo tiempo trabajaba como editor con Enrique Grosse en Librimundi, para sacar adelante su editorial. Publicamos a cuentistas ecuatorianos traducidos al inglés, francés y alemán; a poetas como Gangotena y algunas novelas. Por mi cuenta edité bajo el sello de Acuario a Jorge Carrera Andrade y a Gonzalo Escudero, entre otros.

--Tu casa era como un puerto.

Todos éramos amigos y confidentes. Es verdad que tenía el aire de un puerto. Veníamos de muchas partes, teníamos distintos intereses. Eso fue posible gracias al espíritu bohemio y nocturno del barrio donde está ubicada esa casa, el barrio de La Mariscal. Es cierto que se convirtió en un lugar de reunión y de encuentro con otros escritores, poetas y artistas en general. Hubo lindas noches de copas y de conversaciones interminables hasta la madrugada. La casa se prestaba para esas tertulias.


Quito. Agosto, 2006.




(El autor. Portada.)

4 comentarios:

  1. Anónimo7.11.10

    querido victor, el viaja praga está pendiente, hay que organizar el ineriario, no encuentro la hoja de ruta correspondiente. visto lo visto, tu itinerario lo tenes mas estudiado que yo, aun asi, dejo el la ventana naranja con un postigo abierto,supongo que sabras entrar por tu cuenta, te espero en el grandero a la hora señalada y con las cicatrices correspondientes en el lugar indicado. las pistas son flasas, la mayoria de las pistas son flasas pero hay dos que son las verdaderas, usted con su lucidez sabrá indicar cuales son esa. ¿o no?

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  2. Anónimo8.11.10

    enorme libro que fue como un enorme viaje. Lo leí en los 90 y hasta ahora lo recuerdo. Que excelente que lo hayan publicado de nuevo. Gracias por el dato.


    Rodolfo.

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  3. amigos/as lectores esta novela "el viajero de praga" es unik, es un relato tan perfecto con su poesia y los personajes son bien desceriptos por el escritor Javier Vascones... a mi me encan to... al igual que angelote amor mio... son n ovelas uniks y no habran otras iguales... gracias....

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  4. Anónimo11.4.11

    Que buena novela, el estilo de vasconez no deja nada que desear, una obra mayor sin duda. Cuando leia, tenia la impresion de ver las cosas a traves de los ojos de Kronz

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