10.11.10

Yo no vengo a contar un cuento

Por Orlando Mazeyra Guillén

A GGM, de parte de un hincha de MVLL;
con afecto y sin puñetazos de por medio.



Fue durante uno de mis días mejores en Aracataca, cuando una exótica peregrina de oscuros pelambres, brazos de matrona jíbara y cuerpo de plañidera veterana, arribó exhausta a la casa que hoy todos mis lectores creen conocer.
–Le traigo una carta, coronel –le dijo a mi abuelo, secándose el sudor con un trapo hecho jirones que alguna vez fue un pañuelo de obispo enclenque o de algún aristócrata bizco.
–No me la entregue hasta que se oculte el sol –repuso él, con un tono glacial que estremeció a mi abuela–. Este día no dejará de ser amable.
La mujer, todavía acezante como galgo hiperactivo, agachó la mirada y yo, afiebrado por los primeros indicios de una imaginación sin remedio, creí adivinar el contenido de aquella inabordable misiva:
–Es una señal del infierno –logré balbucear, elucubrando una versión menor del apocalipsis bíblico.
Él ni se inmutó. No obstante, la abuela me hizo un gesto reprobatorio y se abanicó el rostro con una suerte de adoquín de periódicos viejos que ella siempre recolectaba cuando quería sortear malos augurios.
–La mala hora –murmuró la extraña, lamentándose con una convicción que podía sobresaltar hasta a un efebo sin alma–. Esto de repartir cartas ha hecho de mí una mujer que solo arrastra consigo maldiciones y bravatas.
–Está usted frente a un hogar digno –le aclaró mi abuela dejando entrever una solariega en la que se sentía proverbialmente amparada–. Sea un poco comedida y guarde silencio porque este tiempo anuncia a un muerto.
Estábamos en un día canicular del verano de 1940, sumidos en una atmósfera de tensión que de pronto se hizo de cada habitación de la casa.
Mientras mi abuelo iba y venía con la cabeza gacha, vi a mi abuela traer un vaso rebosante de agua para la visita.
Creo que ese desasosiego generalizado, y la inseguridad frente a las noticias remotas, que destilaban mis abuelos, contribuyeron mucho en mi carrera de escritor.
Vislumbré en los confines del mundo alguna relación salvaje que –ya podía imaginarlo con todos sus pelos y señales– había aplazado la noticia de un hijo bastardo, debido a los muchos viajes del abuelo. Su cara hervía en una decrepitud mezclada con una solemne ansiedad.
Conté las patas del monstruo: tres. Un hocico babeante con dientes de murciélago casto y ojos torcidos como culebras sometidas al fuego del caldero.
Pasaron algunas horas.
–Hemos de leerla ahora –dictaminó mi abuelo, con una voz grave que encontró el inapelable asentimiento de todos. Para ese momento, la muerte del crepúsculo ya era la más vieja de las noticias.
La mujer le entregó sin apuros una carta amarillenta al padre de mi madre, y este adoptó maneras de lector comprometido. Sus ojos barrían cada renglón con la misma urgencia con que echa el chorro un vetusto incontinente.
Acá es cuando debería de transmitirle al lector el contenido de aquella carta que todavía guardo en un baúl de cedro que, años después, me regaló esa mujer el día de los santos reyes.
Pero no volveré a hablar jamás de aquella noticia, porque a veces los escritores confiamos más en la imaginación ajena que en la propia.
Escriba usted, amigo lector, la carta de marras. Sea breve y rotundo, confíe en su intuición y reléela cuantas veces sea necesario. Haga suyo el libre albedrío que nos otorgaron los dioses. Pero jamás pase por alto la sabiduría de mi abuelo: sea amable y, si no quiere ser presa de escarnio o maldiciones, no se la entregue a nadie hasta que caiga el sol.

Arequipa, 06 de noviembre de 2010

1 comentario:

  1. Anónimo11.11.10

    ¿otro escritor de los años 40? qué sorpresa tan canicular!

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