26.11.10

Sobre "Estudio sobre la belleza", de Ruiz Rosas


ENTRE LO ADORABLE Y LO MONSTRUOSO: EL ORDEN APARENTE Y LA ENTROPÍA

Estudio sobre la belleza
Alonso Ruiz Rosas
Cuzzi editores, 2010.


En poesía, en lo que prácticamente constituye una regla al igual que en otras disciplinas, después de un ciclo de ruptura suele producirse una vuelta a lo clásico. Tal giro supone un cansancio frente a la experimentación y por lo tanto apela a una tradición consolidada en búsqueda de seguridad y diferencia. En Perú esto sucedió con las obras de Martín Adán y Xavier Abril en las vanguardias y, en distinto grado, como un contrapunto, en poetas de otras promociones como José Ruiz Rosas, Arturo Corcuera y Marco Martos.

El caso de Alonso Ruiz Rosas reivindica dicha filiación desde su singularidad en la poesía peruana de los años ochenta. Pese a esta clara vocación de estilo el poeta de Estudio sobre la belleza responde, en una constante de su escritura, a una necesidad expresiva en la que su subjetividad se impone sobre cualquier consigna formal o ideológica. Con una muy peculiar mezcla de mesura y ambición, Ruiz Rosas en Estudio sobre la belleza aborda directamente uno de los grandes temas de la experiencia artística: la fascinación por la hermosura y su vinculación con la muerte.
A pesar de sus atuendos clásicos, el poeta asume una propuesta no exenta de riesgo y rebeldía pues, como se sabe, la sensualidad y lo sublime como categorías han sido reiteradamente desmontadas o desvirtuadas desde la filosofía postestructuralista y los medios de comunicación.

Fiel a su época, y desde una experiencia vital e intelectual que no ignora esta crisis de fin de siglo, Alonso Ruiz Rosas celebra la belleza desde la incertidumbre, como aquello que da sentido a la existencia y conecta nuestra naturaleza efímera con el Absoluto, con lo Eterno.
Certeramente, Ruiz Rosas denomina a este libro como estudio, es decir, no propone un tratado ni un ensayo versificado. El poeta sabe que su mirada no es concluyente y no se permite ser discursivo. Pero tampoco su aproximación es impresionista o lírica: la belleza ha dejado de ser el éxtasis de los sentidos y se mira en el espejo (es en sus palabras: “la fusión del deseo y la memoria”); observamos su refracción, reconociéndola como un potencial recuerdo, una naturaleza imaginaria o conceptual, inevitablemente tentativa.

Estudio sobre la belleza supone, entonces, un libro que plantea algo parecido a una puesta en escena, una representación, pues su inicio (un sobrecogedor diálogo en verso libre) constata la derrota de lo humano (o, si se prefiere, de la subjetividad decimonónica). El por qué continuar se convierte, por lo tanto, en la pregunta que recorre todo el poemario. En este punto la forma métrica (tercetos endecasílabos) se transforma en una adecuada estrategia para la progresión y el análisis (esa duración escogida por quien escribe) aunque las conclusiones parecen ser inevitables y ya transitadas. El orden -o mejor dicho su simulacro- se alcanza de forma antiheroica y arbitraria, no por desarrollo sino por agotamiento.

El ansía de belleza se presenta en consecuencia como el culto a una contradicción, como en Martín Adán con la invocación a la Eternidad tras el disparate puro. Sin embargo, la incoherencia y la sorpresa no se plasman ya verso a verso, sino a partir de las paradojas y los silencios de la reflexión monótona; de una forma más sutil, engañosa y que no niega el azar, pero tampoco la dimensión moral, la dignidad que puede extraerse de la vida misma. Una opción lúcida ahora que el desgarro romántico está prácticamente invalidado y reiteradamente se propugna la indiferencia: “surgió lo bello del pavor y el lodo / surgió del cataclismo del inicio / si no lo antecedió al formarse el todo”.

Así, para Alonso Ruiz Rosas la belleza es plural y sucesiva. Es mortal y, por lo tanto, se encuentra en todos los tiempos, en lo grandioso y en lo nimio, en la violencia y en lo tierno (“La belleza pasea por la historia / pasa su roja lengua por la espada”). De este modo, y superando su aparente constricción formal, el poeta invoca una belleza consciente de sus brillos y de sus límites, cotidiana y democrática, metapoética y barroca, pero que no por esto deja de conectar con lo trascendente. Estudio sobre la belleza brinda, desde su incertidumbre, una afirmación rotunda y casi olvidada: lo bello es el destino del esteta y esta es una condición del ser humano y del artista.


Martín Rodríguez-Gaona.

(poeta Alonso Ruiz Rosas.)

24.11.10

MONSTRUO, de Íntegro


El poeta y performer Gustavo Reátegui me envía una lectura de la puesta en escena que el excelento grupo ÍNTEGRO hizo a fines de octubre.



Sobre ese monstruo que todos llevamos dentro


Por Gustavo Reátegui Oliva.

---Cía. Íntegro(Perú) y Diquis Tiquis (Costa Rica)
30 y 31 de Octubre 2010, Centro Cultural de España, Lima-Perú.---



“Monstruo” es un esfuerzo simbólico sintético a medio camino entre la danza, la performace y el ritual, así como una denuncia social sutil y subterránea: como esa ofrenda hacia su final, que nos habla desde las profundidades del ser y de la tierra: síntesis emotiva y conmovedora.
Una puesta en escena minimalista, desnuda, cuyo centro reside en la fuerza misma de la corporeidad de los bailarines-performers (Ana Zavala y Alejandro Tosatti). Las ayudas mediales (vestuario intervenido con leds, videos, música electrónica), están integradas y en un equilibrio inquietante – como el nervio mismo de la Vida (arquetípica)-, y no resultan de ningún modo accesorias u anecdóticas. Más bien son un medio para transmitirnos estados catárticos y accesos a epifanías. Hasta allí las referencias a los Paqos (chamanes) o el parecido físico de Tosatti con Manolete. Pre-textos… en una obra que abunda en el silencio (recordemos que el butho surge a partir de la guerra). Y es precisamente en esas mudas que tiene la obra (¿Es Tosatti el enfermo o el que cura, Zavala funge de curandera o es la doliente?) donde se nos hace patente el equilibrio de la puesta y su planteamiento estructural, pues viene del silencio y va hacia la música o a la voz afectada electrónicamente de una mujer aguaruna afectada también por la tecnología de la muerte (Bagua), la sinrazón y el irrespeto. “Mounstruo” es así vista un homenaje y una denuncia sugerente; que comunica desde el silencio, que cede respetuosamente su espacio al drama de esa voz desgarrada.


La sanación es planteada desde el inicio con el cuerpo de Tosatti intervenido de agujas de acupunturista que Zavala va retirando, abriendo así la dinámica de equilibrios entre supuestos opuestos que más bien son complementarios, formas todas de la unidad. Así la medicina tradicinoal china, la referencia a las prácticas chamánicas y a los enteógenos, parecen apuntar que la solución al mounstruo solipsista e individual, producto de una mirada y unos haceres occidentales sesgados, necesita la solidaria ayuda de los dos orientes: las milenarias tradiciones orientales (China, India, etc) y nuestra tradición originaria amazónica.


Así entendido, el meta-texto o sub-texto (la muerte, el dolor, la enfermedad y la curación, el equilibrio de los opuestos y las dualidades, etc) si se quiere, va más allá, y se viene a reflejar en nosotros, los espectadores, a inquirirnos por el qué tan conscientes somos del monstruo que nos habita, de la enfermedad que nos consume en tanto hombres contemporáneos, y de nuestra responsabilidad social en relación a la naturaleza y las sociedades tradicionales. No es casual que esta obra se haya estrenado en 2 únicas fechas en el C.C.E - Lima, los días 30 y 31 de octubre: día de los muertos, de todos los santos, de la canción criolla, y del marketero y foráneo Halloween. Montar precisamente en estos días (cargados ya de significación) una obra que con encanto y sutileza nos habla en silencio sobre la muerte, sobre las víctimas y los victimarios, sobre centro y periferia, que tiene múltiples aristas y lecturas, así como sus oficiantes sobre el escenario interpretaban roles intercambiables, dinámicos, contenidos, fuertes, frágiles, etc. Es, sino una provocación lúcida, una clara muestra de madurez, y una actitud política (o todas las anteriores), que genera en el espectador una grata conmoción, y que por toda su concepción híbrida paradójicamente produce los fines que la purga catártica aristotélica reclamaba del teatro ya desde la antigua Grecia: purgarnos por la compasión y el miedo: la compasión por lo humano, el miedo por la humanidad… su amor por ella…es decir, el amor por la otredad: que somos todos…

22.11.10

FOTOGRAFÍA Y POESÍA


SAVARIN ARTE TOTAL se complace en anunciar la inauguración de la muestra fotográfica de Carlos Alegre

Mar de sueños y poesía
(50 poetas peruanos del siglo XX)


INAUGURACIÓN DE LA MUESTRA
Día: Viernes 26 de noviembre de 2010
Lugar: Savarin Arte Total (Jirón Camaná 878, 3er nivel, Lima)
Hora: 7:00 p.m.
Ingreso libre
Vino de honor

LA MUESTRA
Savarin Arte Total es un nuevo espacio para la cultura en el Centro Histórico de Lima, dirigido por Miguel Espinoza, pintor egresado de la Escuela de Bellas Artes. La historia de Savarin se remonta al año 1984 en Santa Beatriz, actividades que han continuado a lo largo de los años y ahora desde su nueva ubicación en la calle Camaná promete ser un foco de cultura que ilumine las noches limeñas. Mar de sueños y poesía es la primera muestra en el nuevo local de Savarin, se trata de 50 fotografías de poetas peruanos del siglo XX entre los que podemos encontrar a Alejandro Romualdo, Javier Sologuren, Mario Florián, Arturo Corcuera, Carlos Germán Belli, César Calvo, Manuel Scorza, Francisco Bendezú, Antonio Cisneros, Germán Carnero Roqué, Hildebrando Pérez, Luis La Hoz, Jorge Pimentel, Tulio Mora, Cesáreo Martínez, Marco Antonio Corcuera, José Luis Ayala, Alberto Valcárcel, Carmen Luz Bejarano, Livio Gómez, Nicolás Matayoshi, Alberto Benavides Ganoza, Sergio Castillo, Carolina Ocampo, Juan Cristobal, Sui Yun, Reynaldo Naranjo, Julio Nelson, César Toro Montalvo, Carlos Zúñiga, Roger Rumrrill, Miguel Cabrera, Winston Orrillo, Ricardo Falla, Jorge Bacacorzo, Luis Nieto, Jesús Cabel, Gustavo Armijos, Sonia Luz Carrillo, Rosina Valcárcel, Manuel Pantigoso, Juan Gómez Rojas, César Gallardo y Guido, Carlos Alegre, Luis Alberto Calderón, Fredy Gambetta, Aida Tam, José Pablo Quevedo, Carlos Orellano Miranda, Guillermo Delgado. En la inauguración se entregará una publicación con poemas y fotos de los poetas de la muestra, por si esto fuera poco la exposición será itinerante y se llevará a algunos de los distritos de la gran Lima.

EL AUTOR
Nació en Puerto Nuevo, Callao, en 1946. Periodista, poeta y fotógrafo. Es director fundador de la revista nacional de cultura Danza y Fuego del Perú; editor general de Ediciones Línea Éter, editor de la revista de literatura Cuadernos del Mar. Miembro fundador en 1963 del Grupo Línea Éter. En 1966 recibió la distinción Mejor poeta chalaco, Premio de la Casa de la Cultura del Callao. Distinciones en La Universidad del Callao, Municipalidad de la Punta. También distinción de honor otorgada por el Instituto Nacional de Cultura del Callao en el 2002 y Medalla de oro y Diploma de reconocimiento por la Casa del poeta peruano en el 2007. Es autor de varios libros de poesía y narrativa.

18.11.10

LIMITACIONES ÚTILES DEL DEBUTANTE TARDÍO


Interioridad y narrativa

Los debuts narrativos tardíos tienen una utilidad poco considerada y algo autoirónica: nos enseñan cómo no se deben hacer cosas que aparentemente parecen bien hechas. Con frecuencia, el que publica su primera novela pasados los cuarenta tiende a meter en el texto todo lo que sabe, todas las técnicas aprendidas, todos los recursos y trucos, para atrapar al lector. Y lo que logra es atosigarlo. Subsumido por ese festín de datos, artificios técnicos y erudiciones que buscan sorprender, el debutante tardío olvida una de las cosas esenciales en narrativa: pasar por el tamiz de la interioridad lo narrado.

Esto me viene a las mientes mientras leo el prólogo del notable narrador mexicano Juan Villoro al libro de Vázconez El viajero de Praga. Dice el autor de El testigo:

La composición de lugar es una de las marcas de estilo de Vásconez. Ajeno al color local, al exotismo o a las descripciones de turista, describe Praga, Barcelona, y Ecuador como paisajes interiores. (sus parajes combinan la nitidez y la claridad con los claroscuros, los filtros, las veladuras) (…) Estamos ante paisajes de la mente, intervenidos por una niebla interior, vistos por alguien para quien “la frontera entre su mundo interior y exterior había desaparecido”.

Esto, lo dice Villoro más adelante, tiene que ver directamente con Kafka. Y siendo, o, mejor dicho, sintiéndose kafkiano, onettiano, levreriano, no se entiende cómo el tardío debutante en novela se deja llevar por descripciones inútilmente minuciosas de ciudades, como si quisiera dar constancia al lector de que él estuvo allí. Además, atiborra su discurso con nombres, datos, libros, tratados, y un cúmulo de conocimientos que entorpecen el flujo natural diegético –que en verdad anunciaba un recorrido interesante.

Villoro, elogiando a Javier Vázconez, nos da sólidos elementos para colegir criterios de narración válidos, útiles. El narrador tardío y su novela también, pero por la vía negativa: sus errores nos enseñan el camino como los mojones nos señalan la ruta en un territorio baldío.
Actulización: Sin duda el escritor o el poeta (aunque dudo mucho que un poeta descienda a esos niveles) tiene derecho a hablar sobre su propia obra e incluso a defenderla. Pero esa obra ya no le pertenece al autor una vez publicada, y su opinión, entonces, es una más entre varias. El hecho de que haya "creado" esa novela no da preeminencia a su opinión sobre las demás. Pensar lo contrario es decir que el "creador" sabe más de la novela que un buen lector, algo que sí es realmente romántico y subjetivo.

(Calle de Praga.)

16.11.10

La muerte de un burgués


POESÍA

En apenas unos años de trabajo, Álbum del Universo Bakterial ha llegado a su libro número 22 con La muerte de un burgués, de Jerónimo Pimentel (Lima, 1978). Se trata de un retrato del hombre contemporáneo con sus “afectos precarios, el refugio amatorio, las ruinas y rutinas laborales, el conflicto con Dios y las religión”.

Autor de los poemarios Marineros & boxeadores (2003), La forma de los hombres que vendrán de Matías P. Delgado (2010), Pequeños poemas para caras largas de Armando Chang (2003) y, sobre todo, Frágiles trofeos (2003), Pimentel deja a un lado certezas y facilidades racionales para meterse a mundos internos y externos tan complejos como maravillantes (o decepcionantes).

La presentación-recital se llevará a cabo el jueves 18 de noviembre, a la 8:30 p.m., en el Centro de la Imagen, 28 de julio 815, Miraflores. Leerán José Carlos Yrigoyen y Teresa Cabrera.

11.11.10

RESEÑA DE "HOTEL PLANETA"


Dedicado a su talentoso padre el cineasta Armando Robles Godoy (1923-2010), acaba de llegar a mis manos el reciente poemario de la poeta y periodista Marcela Robles, Hotel Planeta, editada por Mesa Redonda. Se trata de un libro breve dividido en tres partes (“Esa otra yo”, Llueve sobre mí” y “Hotel planeta”) cuyos ejes giran en torno al paso del tiempo, el dolor, la desolación y -gran acierto- la metáfora del mundo como un lugar donde la tristeza y la destrucción predominan; pero siempre hay esperanza y salvación:


Ecos del planeta en mis arterias
Que solían poblar pájaros y salvia

Ahora hay petróleo minas sangre en el fondo del río
Y nadie viene a respirar sobre mi boca
Sostengo el planeta entre mis dientes
Mientras un buzo se arriesga en las profundidades


Dice Giovanna Pollarolo que Hotel Planeta “nos abisma en un viaje hacia la noche, de la mano del tiempo que acecha”. Cierto. Pero también es un canto de madurez y poética resignación epifánica: en las preciadas intimidades, en la cotidianidad elevada se esconden pequeñas verdades a las cuales asirnos, nimias revelaciones que le devuelven sentido y alegría a la dura y desconcertante realidad.

No dudo en afirmar que, con este intenso libro, Marcela Robles ha logrado tal vez uno de sus mayores aciertos poéticos. Con una lírica medida, bien trabajada, con un manejo siempre eficiente del tema amoroso, Robles ahora ha enriquecido su mundo con otras preocupaciones que no hacen sino recordarnos que la vida es mucho más que nuestros cuerpos jalados por la disolución, y que la poesía siempre será renovable y posible.

10.11.10

Yo no vengo a contar un cuento

Por Orlando Mazeyra Guillén

A GGM, de parte de un hincha de MVLL;
con afecto y sin puñetazos de por medio.



Fue durante uno de mis días mejores en Aracataca, cuando una exótica peregrina de oscuros pelambres, brazos de matrona jíbara y cuerpo de plañidera veterana, arribó exhausta a la casa que hoy todos mis lectores creen conocer.
–Le traigo una carta, coronel –le dijo a mi abuelo, secándose el sudor con un trapo hecho jirones que alguna vez fue un pañuelo de obispo enclenque o de algún aristócrata bizco.
–No me la entregue hasta que se oculte el sol –repuso él, con un tono glacial que estremeció a mi abuela–. Este día no dejará de ser amable.
La mujer, todavía acezante como galgo hiperactivo, agachó la mirada y yo, afiebrado por los primeros indicios de una imaginación sin remedio, creí adivinar el contenido de aquella inabordable misiva:
–Es una señal del infierno –logré balbucear, elucubrando una versión menor del apocalipsis bíblico.
Él ni se inmutó. No obstante, la abuela me hizo un gesto reprobatorio y se abanicó el rostro con una suerte de adoquín de periódicos viejos que ella siempre recolectaba cuando quería sortear malos augurios.
–La mala hora –murmuró la extraña, lamentándose con una convicción que podía sobresaltar hasta a un efebo sin alma–. Esto de repartir cartas ha hecho de mí una mujer que solo arrastra consigo maldiciones y bravatas.
–Está usted frente a un hogar digno –le aclaró mi abuela dejando entrever una solariega en la que se sentía proverbialmente amparada–. Sea un poco comedida y guarde silencio porque este tiempo anuncia a un muerto.
Estábamos en un día canicular del verano de 1940, sumidos en una atmósfera de tensión que de pronto se hizo de cada habitación de la casa.
Mientras mi abuelo iba y venía con la cabeza gacha, vi a mi abuela traer un vaso rebosante de agua para la visita.
Creo que ese desasosiego generalizado, y la inseguridad frente a las noticias remotas, que destilaban mis abuelos, contribuyeron mucho en mi carrera de escritor.
Vislumbré en los confines del mundo alguna relación salvaje que –ya podía imaginarlo con todos sus pelos y señales– había aplazado la noticia de un hijo bastardo, debido a los muchos viajes del abuelo. Su cara hervía en una decrepitud mezclada con una solemne ansiedad.
Conté las patas del monstruo: tres. Un hocico babeante con dientes de murciélago casto y ojos torcidos como culebras sometidas al fuego del caldero.
Pasaron algunas horas.
–Hemos de leerla ahora –dictaminó mi abuelo, con una voz grave que encontró el inapelable asentimiento de todos. Para ese momento, la muerte del crepúsculo ya era la más vieja de las noticias.
La mujer le entregó sin apuros una carta amarillenta al padre de mi madre, y este adoptó maneras de lector comprometido. Sus ojos barrían cada renglón con la misma urgencia con que echa el chorro un vetusto incontinente.
Acá es cuando debería de transmitirle al lector el contenido de aquella carta que todavía guardo en un baúl de cedro que, años después, me regaló esa mujer el día de los santos reyes.
Pero no volveré a hablar jamás de aquella noticia, porque a veces los escritores confiamos más en la imaginación ajena que en la propia.
Escriba usted, amigo lector, la carta de marras. Sea breve y rotundo, confíe en su intuición y reléela cuantas veces sea necesario. Haga suyo el libre albedrío que nos otorgaron los dioses. Pero jamás pase por alto la sabiduría de mi abuelo: sea amable y, si no quiere ser presa de escarnio o maldiciones, no se la entregue a nadie hasta que caiga el sol.

Arequipa, 06 de noviembre de 2010

8.11.10

EL POETA INFLAMADO


pensamiento y poesía

En las tres conferencias heideggerianas que llevan por título “La esencia del habla”, el filósofo se acerca a una cuestión esencial en la poesía contemporánea: la relación entre poesía y pensamiento. Y digo esencial básicamente porque aun hoy muchos creen, o quieren creer, que hay una dicotomía, un divorcio irrevocable entre poetizar y pensar. Dice Heidegger:

Cuando reflexionamos acerca de la poesía, nos hallamos a la vez en el mismo elemento donde se mueve el pensamiento. Así y todo, no podemos decidir aquí de manera definitiva si la poesía es, en lo propio, una forma del pensamiento o si el pensamiento es, en lo propio, una forma de la poesía. Permanece oscuro para nosotros a través de qué se determina su verdadera relación y de qué origen procede propiamente lo que, bastante a la ligera, llamamos lo propio (das Eigentliche).

Lo propio tanto del pensamiento como de la poesía es el decir, ese es el elemento en el cual se mueven, y no solo eso: el reflexionar mismo sobre la poesía es dependiente de ese decir emparentado directamente con el habla, porque allí donde no hay habla no hay mundo (cito de memoria), como decía Stefan George.

La ilusión de separación, pues, entre pensar y poetizar es un fenómenos que empezó con el Romanticismo y tuvo su punto cimático en la época del dadaísmo y del surrealismo. Luego, las aguas volvieron a su cauce y tenemos experiencias poéticas muy diversas que mezclan, engarzan de diferentes modos, medidas y con resultados disímiles poesía y pensamiento: Mallarmé, Pound, Eliot, Valéry, Ashberry, Adán, Ojeda, Borges, etc., estimo que jamás se plantearon ese falso divorcio como no lo hace ahora, por poner un solo ejemplo vivo, José Pancorvo.

Bajo esta falsa premisa que hemos desentrañado, la poesía confesional, emocional, inflamada, imaginista tardía, desbocada y de simples aunque apabullantes ritmos repetitivos, suele tener mucho éxito entre cierto público cautivo (en el mejor y el peor de los términos) y “vitalista”. Pues el público bohemio espera del poeta una entrega total y una expresión desenfadada, “auténtica” (cualquier cosa que signifique ello a estas alturas) y, sobre todo, impactante.

Sin duda, la actualización de los saberes sobre teoría poética, el entendimiento -al principio arduo- de que pensamiento y poesía no se oponen irreconciliables, y el mejoramiento de los hábitos de consumo poético irán posponiendo facilismos vitalistas de efímero “éxito”, lo que permitirá al lector-escucha mejorar su valoración y conocimiento de ese país de bellos y escondidos parajes que es la poesía.

6.11.10

Vásconez: El viajero de Praga




Alfaguara Ecuador ha tenido la brillante idea de republicar, en edición revisada por el autor, El viajero de Praga (1996, 2010), una maravillosa novela del escritor ecuatoriano Javier Vásconez (Quito, 1946) y, ya, un clásico de la literatura latinoamericana contemporánea. Mientras la releo para reseñarla, les dejo con extractos de una deliciosa entrevista al autor, que viene -junto con fragmentos de la novela, fotos, ensayos, comentarios, otros- adjunta al libro en un DVD. La cortesía es de librería El Virrey.


ENTREVISTA (fragmentos)

Hace veinte años que conozco a Javier Vásconez, nuestros encuentros e intensas conversaciones en su casa, bares de rock y cafés siempre fueron viajes imaginarios por la literatura y la vida, como el que vamos a emprender en esta ocasión. «Comencemos de una vez», dijo Vásconez con determinación. Tomó asiento frente a un gran ventanal que daba a un jardín interior. Mientras observaba con su habitual curiosidad e ironía los altos bambúes y la pequeña fuente de piedra, señaló que eso era un remedo quiteño de un jardín japonés.


Por María Aveiga.



CASAS, CIUDADES Y LIBROS.

--Vásconez, tu vida ha estado marcada por viajes y contrastes culturales. ¿Cómo fue vivir tu niñez en casas coloniales de la ciudad, luego ir a una hacienda a las afueras de Quito y posteriormente trasladarte a otros países?


Sí, es verdad. Hay muchos cambios en mi vida, algunas ciudades y muchas casas abandonadas. Pero también hay hoteles, pensiones, lugares de paso. Comencemos por las casas. Nací en una casa descrita en el cuento «Billy», de Invitados de honor. Sorprendentemente, yo no sabía eso. Tampoco sabía que perteneció a mi abuelo paterno. Fue mi hermana, quien al leer el cuento, me informó que yo había nacido allí. Es curioso que ignorara este hecho, aunque siempre me ha llamado la atención la arquitectura caprichosa de esa villa italiana, colgada sobre la pendiente de la calle al estilo de tantas casas quiteñas suspendidas del cielo. Al poco tiempo mis padres se trasladaron a una casa de la calle Carvajal y Mercadillo, frente a la Universidad Central. Allí pasé parte de mi infancia. La casa lindaba con el misterio y los arrebatos de la quebrada de Miraflores, frecuentada por algunos indios y pastores de borregos. Incluso había algunos rateros inofensivos. Utilizando una soga me descolgaba por una ventana y me iba a conversar con todos ellos. Supongo que escuchaba un tanto atemorizado sus historias de fantasmas, de robos y de peleas a cuchillazos. A la casa de la calle Carvajal también iba Ana Bermeo —un personaje popular llamado La Torera—, escribí sobre ella en «La carta inconclusa» publicado en el libro de cuentos El hombre de la mirada oblicua.
Otro lugar fue la casa de mis abuelos en la calle García Moreno, frente a la iglesia de La Compañía. Cuando mis padres salían de viaje me dejaban tres o cuatro meses con los abuelos. Probablemente allí capté por vez primera el espíritu melancólico de Quito, el desamparo de sus tardes lluviosas y el sonido de sus campanarios. Recuerdo la tristeza que me invadía al atardecer cuando las beatas vestidas de negro merodeaban por los alrededores de las iglesias. Esas mujeres me provocaban desconfianza, miedo; siempre tan severas, siempre juzgando a la gente que iba por la calle. El centro de Quito nunca ha sido de mi agrado y nunca lo será. Tengo malos recuerdos de él. Para mi gusto allí hay demasiados objetos religiosos relacionadas con el pecado y la culpa. Reconozco que es un bello centro colonial, probablemente uno de los más fastuosos de América Latina. Sin embargo, el centro histórico siempre me ha producido una sensación de laberinto y encierro. De murallas y conventos que parecen construidos para que uno se pierda en ellos. Además, carecía de árboles y de sitios donde jugar. Estaba atravesado de pasajes, callejuelas, zaguanes donde dormían algunos borrachos. Si a los fríos patios de piedra se añadía la ausencia de mis padres, el desamparo era mayor.


--¿Cómo eras de niño?


Fui un niño temperamental y solitario. Me movía sin cesar por esas casas atiborradas de objetos de la más diversa índole, donde se amontonaba todo tipo de muebles, cuadros de ángeles, espejos, esculturas de santos y de vírgenes; recorría con avidez esas habitaciones donde también encontraba cacerolas desfondadas, aros de bicicletas, cajones con fotos y alambres y reverberos inutilizados. Todo eso era un mundo fascinante por el que yo me desplazaba rebuscando y «moneando» esos objetos, para emplear un término muy criollo. Había baúles llenos de libros y papeles atados con cintas. Así leí algunas cartas de amor, de negocios, de viajes, de mis antepasados que se habían trasladado a París, Bélgica o España.
Más tarde, cuando mi padre viajó de diplomático a Colombia, mi madre decidió mudarse a Capelo, en el valle de los Chillos, sector que aún conserva el mismo nombre. Esa fue la época más feliz de mi existencia. Era una casa hermosa, con un gran jardín y árboles centenarios, alegre, muy luminosa. Poseía una amplia galería de baldosas azules en la que me sentaba a leer, y una entrada formada por un amplio arco de plátanos en cuyas ramas habitaba una colonia de búhos. Algo de eso se encuentra en El viajero de Praga y también en Jardín Capelo, novela inédita. Entonces descubrí que lo colonial, o sea las viejas casas criollas, no estaban necesariamente asociadas con lo tenebroso y lo sombrío, ni con el aspecto más sórdido de la religión sino con la alegría de las flores y los pájaros. Ahí empecé a leer en serio.


--Estos contrastes de las casas del centro y luego trasladarte a Capelo, la oscuridad de las primeras y la luz de la segunda quizás ha marcado tu literatura a la hora de crear ambientes o describir emociones.


Sí, supongo que podría ser el inicio de algo. Imagino que cualquier experiencia, ya sea un sueño o la lectura de un libro, un viaje cualquiera, en definitiva todo lo que vivimos se transformará con el tiempo en materia verbal, en la poderosa semilla de un cuento o de una novela. La literatura es parte de esa experiencia, de eso que llamamos vida; camina de forma paralela a ella. Sin la enigmática voz de la vida no hay literatura, sin ese narrador misterioso que es la vida no existiría la literatura.

--Estamos en los noventa y tienes un período de gran actividad literaria hasta hoy día. En Barcelona escribes El hombre de la mirada oblicua. Y en 1996 publicas El viajero de Praga, El secreto y luego La sombra del apostador, Un extraño en el puerto. También te conviertes en editor...

Regresamos a vivir en una casa de la calle Reina Victoria, en el barrio de La Mariscal, un barrio bohemio, en el cual han vivido judíos, franceses, alemanes, y algunos profesionales de clase media. La Mariscal podría ser nuestro Greenwich Village o nuestro Coyoacán. En el segundo piso de esa casa, frente al volcán Pichincha, escribí todos los libros mencionados. Al mismo tiempo trabajaba como editor con Enrique Grosse en Librimundi, para sacar adelante su editorial. Publicamos a cuentistas ecuatorianos traducidos al inglés, francés y alemán; a poetas como Gangotena y algunas novelas. Por mi cuenta edité bajo el sello de Acuario a Jorge Carrera Andrade y a Gonzalo Escudero, entre otros.

--Tu casa era como un puerto.

Todos éramos amigos y confidentes. Es verdad que tenía el aire de un puerto. Veníamos de muchas partes, teníamos distintos intereses. Eso fue posible gracias al espíritu bohemio y nocturno del barrio donde está ubicada esa casa, el barrio de La Mariscal. Es cierto que se convirtió en un lugar de reunión y de encuentro con otros escritores, poetas y artistas en general. Hubo lindas noches de copas y de conversaciones interminables hasta la madrugada. La casa se prestaba para esas tertulias.


Quito. Agosto, 2006.




(El autor. Portada.)

4.11.10

Carnero y su dispersa convergencia


Inestabilidad y no linealidad, dos coordenadas –pero llamarlas así es rigidizar sus sentidos- que bifurcan y ramifican desde adentro el nuevo poemario de Carlos Carnero, Cántico no lineal (Edición de autor, 2010). La inestabilidad alude más que a la imprecisión de las imágenes o conceptos, a su desplazamiento, a su juego interno que desintegra toda noción de univocidad y, echando mano de la propuesta mallarmeana del Coup de dés, y de la teoría olsoniana, entrega al lector una dispersa convergencia de oraciones dirigidas a todos lados y a ninguno, pero tampoco a ningún centro, porque el discurso de Carnero está lejos de toda centralidad o jerarquía:

Y en la emergencia sostenida/ en discontinuidades/ superpuesta/ intermitente/ la granada divergente/ se detiene

Más bien el propósito puede ser una suerte de minimalismo formalista y racional donde “a priori no existe el amor sino las razones del amor” y donde el alma no es algo concluso y dado, sino que “se forma en el movimiento”. Así, Cántico no lineal configura una propuesta abierta, sin bordes, descentrada (no en el sentido de "fuera de un centro" sino de “sin centro”) y que de alguna manera gana una confluencia, converge hacia unidades de sentido que tienen que ver con experiencias mínimas aunque complejas, y experiencias precisas no trascendentes:

Granada/ entre las hojas/ detenida/ cuadrícula/ desprendida

En la casi obsesiva precisión del nombrar se esconde una visión maravillante del mundo; pero es un mundo transfigurado por el pensar, por el sentir del pensar y el pensar del sentir; de ahí su no linealidad, de ahí su novedad en un mar de poemarios lineales, previsibles, fáciles.

Presentación de El Sueño del Celta


3.11.10

Gómez Jattin: Demencia y poesía


En su prólogo a Amanecer en el vallee del Sinú (FCE, 2010), antología de la poesía de Rául Gómez Jattin, afirma el recordado Carlos Monsiváis:

¿Qué es primero en el caso de Gómez Jattin: el personaje poético, todo construido de asimilación de los rechazos y de certificaciones del espíritu excéntrico, o la persona, empeñada en volverse en gran tema de su poesía? El dilema, o, si se quiere, el enredo, no desemboca en la querella sino en la complementación. En el “paraíso perdido” de Gómez Jattin el dolor es tan real como las metáforas, y la desdicha es no convertir los poemas en exorcismos…

Raúl Gómez Jattin nació en Cartagena, Colombia, en 1945, y murió a temprana edad en 1997. Dejo dos estelas, a cual más oscura que la otra: una obra poética ardiente, inapresable, pasional, pero siempre controlada de una manera asombrosa por cierto criterio autoeditorial que nunca lo abandonó, ni en los peores momentos. Y claro, está su vida, su demencia burlona y agresiva que lo llevaba a vagar sin zapatos por las calles, vestido de manera estrafalaria, robando lo que sea, fastidiando a sus propios amigos, fumando “bazuco”, mariguana o lo que se presente, ensimismado en su viaje a su propia ruina.

En realidad, lo que dijo, en uno de sus poemas, de Álvaro López, se puede decir del mismo RGJ:

Lentamente ha convertido en color
Metal y vidrio su alma embrujada

(…)

Le ha ido estrujando a la vida
Sus jugos más escasos y sutiles
Para volverlos forma Misterio indeclinable

Alquimista de sí mismo, experimentador incansable de lo más “tenaz” (como dicen en Colombia) de la vida, de aquello que los otros pobre mortales rechazan por peligroso y/o repudiable, Gómez Jattin fue capaz de convertir sus extremas realidades en brillantes metáforas, en historias que marcan al lector como una herida o, mejor y peor aún, como una cicatriz en el rostro. Sus poemas están llenos de él, y viven.

(El poeta.)
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