31.1.11

El Lunarejo vivo


Ya que estamos en esa guisa, no estará nada mal que le den una chequeada al auto sacramental que acaban de publicar a Juan de Espinosa Medrano, El Lunarejo, una de las cumbres del barroco latinoamericano colonial. Si no saben de qué va la cosa, les dejo la nota de “Letra Viva” que publica hoy Ricardo González Vigil en Luces de El Comercio.


Teatro quechua del ‘Lunarejo’

Por: Ricardo González Vigil

Ya había tomado la decisión de comentar la excelente edición crítica que César Itier a quien debemos varios aportes de envergadura sobre la narrativa y el teatro quechuas ha hecho del inspirado auto sacramental de Juan de Espinosa Medrano, el ‘Lunarejo’, titulado “El robo de Proserpina y sueño de Endimión”; edición que contiene, además, la traducción al español y un sustancioso estudio preliminar, el cual concilia admirablemente la erudición con una prosa clara y accesible al público en general. El volumen ha sido editado por el Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA) y el Instituto Riva Agüero (de la Pontificia Universidad Católica del Perú).

Estaba reflexionando sobre el ‘Lunarejo’ cuando coincidencia estremecedora me sacudió por entero la muerte del principal maestro que he tenido: Luis Jaime Cisneros, el estudioso por excelencia de esa cumbre del barroco hispanoamericano que fue el ‘Lunarejo’, a quien le consagró una ejemplar edición crítica del “Apologético a favor de don Luis de Góngora”, amén de varios artículos. El esplendor del lenguaje (“la vivacidad y la brillantez maravillosa de su estilo”, en palabras de César Itier) del ‘Lunarejo’ y la calidad extraordinaria de la edición, la traducción y el estudio preliminar de Itier consiguieron mitigar mi duelo, porque rodeado de los autores que amó (ahí, en primerísimo lugar, Cervantes, Góngora y Borges, pero también nuestros Caviedes y el ‘Lunarejo’, ligado este a su pasión por Góngora y el barroco) y de un aporte filológico de primera línea como el efectuado por Itier, sentí la permanencia del magisterio de Luis Jaime. Apropiándome de las coplas de Jorge Manrique, afirmaría, ante la despedida de ese padre espiritual que fue el maestro Cisneros, que “nos dejó harto consuelo / su memoria”.

Itier ha cotejado tres manuscritos para “constituir el texto a través del sistema gráfico moderno” (pág. 30); y lo ha traducido en un español impregnado de “la lengua de las obras dramáticas barrocas” (pág. 42). En su estudio preliminar ha aprovechado los aportes biográficos de Cisneros y Pedro Guibovich, para datar la escritura de “El robo de Proserpina y sueño de Endimión” en los años mozos del ‘Lunarejo’.

Y, en lo concerniente a las fuentes, la estructura y el sentido de la obra, Itier ha completado admirablemente los alcances de Barbara Jaye. Explica la tendencia a interpretar alegóricamente los mitos paganos (en este caso, el de Proserpina y el de Endimión) para otorgarles un mensaje cristiano, examinando los antecedentes en la recepción cristiana de Proserpina y de Endimión, pero subrayando la originalidad del ‘Lunarejo’ al engarzar ambos, apropiándose a su vez de la interpretación alegórica de Cristo como el “verdadero sol” (prédica evangelizadora frente al culto andino al dios Inti), particularmente pertinente porque los autos sacramentales se representaban en la fiesta del Corpus Christi, y se buscaba sustituir al ritual solar que los andinos realizaban en esa misma fecha. Registra, además, la conexión entre el tratamiento del rapto de Proserpina y una narración mítica andina a la que Itier ha denominado “La hija del sol” (en su libro “El hijo del oso / La literatura oral quechua de la región de Cusco”, 2007); y la óptica agustiniana en la disputa entre dominicos y jesuitas sobre el libre albedrío: “Eligió el mito de Endimión, personificación del sueño, como complemento del de Proserpina porque quería dramatizar la metafórica agustiniana del Cristo interior que duerme cuando el alma peca, es decir porque
quería afirmar la teoría dominica de la gracia” (pág. 25).

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