15.3.11

Una poética del fracaso


Estaba dudando sobre postear este texto. Pero una conversa con un amigo poeta sobre las comodidades de explotar "la propia voz", y sobre las melifluas exigencias editoriales españolas en cuanto a poesía, además de el enterarme de que en EE. UU. es un best-seller un libro que no tiene letras sino solo páginas en blanco, me animaron. Va.


“El triunfo de la artesanía es la muerte de la artesanía”, dijo Mirko Lauer alguna vez. Lo mismo, mutatis mutandis, se puede decir de la poesía contemporánea. De diversas formas, ser exitoso –y vamos: ¿qué puede significar en concreto tener éxito en un género tan venido a menos?- en poesía implica haber renunciado a la búsqueda, haber logrado un juego de moldes sobre los cuales el poeta se inclina de cuando en cuando y ¡pum!, otro premio. Pues para nadie debe ser raro que hoy se premian -cuando no los libros de los amigos- conjuntos de anecdotarios, voces encontradas (sic), o a poetas transmisores de experiencias, eficientes y claros como un buen celular…

Frente a ello se levanta la idea de una poética del fracaso. No una celebración del fracaso ni un levantamiento de la mala poesía en contra de la considerada buena. Más bien un desentenderse el poeta de las medianías de lo que exige el mercado, pues, como dice Derrida: “Es cierto que ir hacia el otro es también negarse, y el sentido se aliena en el pasaje de la escritura”.

La preocupación por el otro, por el lector, modifica la intención inicial y nos desvía de la diversidad de caminos poéticos. En ese afán termina el poeta negándose en su esencia y posibilidades. Si uno ha comprendido que la poesía hoy solo puede ser una búsqueda incesante, una revelación (un rebelar) de poéticas, en lugar del antiguo paradigma de “buscar tu propia voz”, entonces resulta claro que lo último que debe preocuparnos es tener éxito en la “llegada” al lector; escribir, más bien, se convierte en un escribir para sí, que solo a posteriori tiene que ver con el lector.

Ello, no lo duden, asegura el fracaso editorial del libro, incluso el fracaso lectural, a veces. Pero pone en primer plano uno de los aspectos que más importa a la escritura poética, en palabras del poeta Edison Simons, el ritmo, pues

más allá de sus figuras, tropos y conceptos, la poesía tiende, en las modulaciones de su articulación, a la condición de la música. No se trata de imitarla, sino de dar un paso más acá para estudiar los supuestos que la hacen posible en nuestra lengua.

En la autopista, trajinada y caliente, pero muy afirmada, de la poesía vista como búsqueda del éxito personal, se pierden más estros, se estropean más cuerdas vocales (por atrofia, por supuesto) que en el camino abismal y pedregoso de la búsqueda incesante con el lenguaje vinculado a lo real, en la tarea sisífica de la invención de poéticas alternas que nos digan que estamos frente a un creador que ha asumido el nuevo paradigma con claridad. Nuevo en el sentido de inefectivo para el éxito, se quiere decir.

“Para obedecer a ese ritmo, hay que abandonar las anécdotas”, nos dice Simons. Sabemos, si embargo, que para muchos es difícil evitar una historia, una confesión, un deseo expresado. Pero si tan solo pudiera el poeta abandonar una cierta lírica adocenada que enrarece el aire literario actual, ya sería bastante. Eso --¡cuidado ilusos!-- implica renunciar en un 80% o más al supuesto y candoroso éxito que todo vate cree ver en su horizonte inmediato.
(Baudelaire.)

4 comentarios:

  1. De Valdivia18.3.11

    Querido hermano Coral
    Somos poetas chilenos, de Valdivia.
    Nos comunicamos contigo a ver si nos puede ayudar a convencer a su paisa Harold Alva a cumplir con el envío de libros por el cual ya le hemos pagado.

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  2. Dejo la palabra al poeta Alva para que haga el descargo respectivo, o tal vez sea esto una maniobra para distraer la atención de un seudoeditor acusado de estafa.

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  3. Anónimo18.3.11

    Harold trabaja en Contrapoder y para editorial Altazor, no tiene tiempo para más. El no tiene nada que ver con las malas acciones de otros editores.

    Gonzalo

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