24.5.11

Campos en el país de la cultura, el amor, la poesía



Por Víctor Coral*

Marco Antonio Campos (México, 1949) es uno de los poetas vivos más importantes de un país de poetas como México. En su reciente entrega, Dime dónde, en qué país (Visor, 2010), conjunto de poemas en prosa que mereció el XXXI Premio Internacional Ciudad de Melilla, confirma sus conocidas dotes de poeta multifacético, y anuncia, acaso, nuevos horizontes poéticos en su plena madurez creadora.

El libro está compuesto de 26 poemas en prosa y una suerte de cuento o fábula narrativa que cierra el conjunto, titulado “James Ensor en Palacio Nacional”. A contracorriente de lo que se manifiesta en la contraportada del libro, no es que haya una “aparente sencillez” en los textos de MAC, mucho menos una real sencillez; coexisten, más bien, tres vigorosas raíces que se entrelazan entre ellas y, además, engarzan los poemas dándoles unidad y cohesión: las referencias históricas y aun cronológicas, un suave eros amoroso y la presencia recurrente de homenajes poéticos (esto, desde el título, tomado de un verso de Françoise Villon).

Todo ello, por cierto, le otorga al volumen cierta textura y complejidad muy difíciles de hallar ahora en, por ejemplo, la poesía de muchos jóvenes creadores, sin que con esto quiera decir que aquellos noveles sean necesariamente deficientes en su creación. Para refrendar lo dicho, empezaré con algunas citas de la primera de las raíces citadas:

“Me despedí de los viajes sin regreso. En aquel 2001, con banderas rotas, con tañido de campanas apagado, percibía que entraba sin sed a un pozo oscuro de una larga enfermedad”. (Nótese el afán de fechar el suceso, rasgo que se repite a lo largo del libro).

“¿Estuviste aquí el otoño del ’86 como te dice Juan José? Solo recuerdas (…) los rostros de dos muchachas, una más hermosa que otra, una tan alondra y otra, y una estrofa de canción que te repercutía en las sienes…”. (Aquí asoma el eros amoroso).

“Abro el cuaderno y me veo con mi padre una mañana de 1956 en su recámara de calle 8 número 34. Padre pone en vinilo discos de 33 revoluciones para oír tangos de de los años gardelianos”. (otro rasgo, aunque minoritario, se revela: lo confesional).

Como se ve, hay un afán marcado del poeta por registrar, casi como en un diario, los sucesos poéticos que nos va revelando, todo ello imbricado con múltiples referencias culturales (“Regreso a Buenos Aires”, donde Bioy Casares tiene presencia notoria; “La joven del arete”, en torno al famoso cuadro de Vermeer; “Caminando con Juan Gelman por el barrio de La condesa”, entre otros).

En cuanto a la raíz erótica amorosa, los ejemplos son muchos. Baste con indicar uno de los más explícitos, y una pregunta:

“La recuerdo con sus jeans y su blusa abierta. Yo tenía 23 años y ella casi 17 (…) Sus nalgas y sus piernas estaban hechas para la desesperación de las manos. Fue un amor a primeros dientes y aún conservo en la boca el sabor de la transpiración de su piel”. (“Gaviotas en el Escalda”).

“Pero ¿te das cuenta? ¿Cuántas veces al día exactamente deseas a mujeres que pasean al azar?”. (“Alguien vigila”).


La raíz poética

“Noviembre en Madrid” es un poema-homenaje donde están presentes figuras de la poesía castellana como Ramón López Velarde, César Vallejo y Federico García Lorca. Lo mismo ocurre en un poema ya citado, “Caminando con Juan Gelman…”, donde concurren a la cita transhistórica Francisco Urondo, la maravillosa Olga Orozco, Rodolfo Walsh, San Juan de la Cruz, e incluso músicos como los tangueros Discépolo y Mazi.

Apenas hace falta señalar el conmovedor homenaje al gran poeta Efraín Huerta: “Quizás estas líneas se vayan (…) se irán, será así, nos iremos, nos veremos. Por esta vida que desérticamente es angustia y aflicción, tú escribiste, Efraín, con el puño a lo Huerta, con la pluma furiosa, unos poemas que uno lee de pie”. (“Insurgentes sur”).

En el poema que da título al libro, en poquísimas pero lúcidas líneas, se retrata a Jorge Borges, J. J. Arreola, Juan Rulfo, Jaime Sabines, Claudio Rodríguez, de una manera a la vez entrañable y magistral, configurándose de esta manera la raíz poética como la más consistente de las tres señaladas, sin demérito de las otras.

Coda

Dime dónde, en qué país, así, se configura en un universo donde lo personal, lo vivido, se conjuga con una admirable fluidez con las referencias culturales, las ansias del amor, los recuerdos poéticos y hasta con ciertas ráfagas –felizmente esporádicas- confesionales, que terminan por constituir una gravera sobre la que el poeta edifica su armoniosa maraña de sutiles modulaciones emocionales, de fijaciones activas de la memoria íntima e histórica, pero, sobre todo, de construcciones verbales donde la eufonía y lo humano concreto llevan lo poético a niveles pocas veces alcanzados dentro de la prosa poética en castellano.

*Lima, 1968. Estudió Ciencias Administrativas y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1998 fundó la revista literaria Ajos & Zafiros. He publicado los poemarios Luz de limbo (2001), Cielo estrellado (Santo Oficio, 2004), Parabellum (2008) y Poseía 2005-2010, y las novelas Rito de paso (Norma, 2006) y Migraciones (2009). Ha hecho crítica literaria y periodismo cultural en los diarios La República y El Comercio. Ha publicado poemas, artículos y ensayos en Letras Libres, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Hueso Húmero, Periódico de Poesía (UNAM), Quehacer, Letras S5, La Siega, y más.

(Marco Antonio Campos, poeta.)

4 comentarios:

  1. Banana Joe25.5.11

    Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

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  2. Anónimo25.5.11

    Me gustó la reseña. He leído poca poesía de México aunque me gusta José Emilio Pacheco. Me ha dado ganas de leer el libro de Campos. Saludos.

    M.I.D.H.

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  3. Claro, Pacheco es otro de los grandes poetas mexicanos vivos. Un maestro de la palabra.

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  4. Gracias por la muy buena semblanza de este importante poeta de mi país. Un gusto haber descubierto tu casa.


    Saludos...

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