10.5.11

LA NOVELA MODERNA Y SUS PELIGROS (II)

Escribiendo un artículo sobre William Gaddis para una revista extranjera, reparé en algo aparentemente trillado: la complejidad no necesariamente es sinónimo de calidad literaria. No lo pensé por Gaddis, a quien admiro, sino por algunos compatriotas suyos, y algunos epígonos latinoamericanos, que han concebido la novela moderna, o si quieren posmoderna, como un atiborramiento sígnico, una proliferación semántica sin ton ni son, un oscurantismo lingüístico que no esconde nada más que una triste y profunda carencia de algo por decir.

Retomemos a Ulises, de James Joyce*. Esta novela tiene un poco de todos los elementos negativos que he señalado. La diferencia es que Joyce tuvo la suficiente fuerza (y talento) para tomar un argumento trivial y elevarlo a niveles pocas veces alcanzados luego. Aun cuando no hubiera en su novela referencias a la Odisea, seguiría siendo un gran libro, porque en él se encuentra como necesidad la vocación por parodiar –es decir, saldar cuentas- los estilos literarios ingleses de diferentes siglos, porque ironizó a la gente de su tiempo y la retrató con vivacidad, porque mejoró y afino el monólogo interior descubierto por Dujardin antes que él, porque sus personajes son, muchas veces, más humanos que seres de carne y hueso, entre ellos muchos “escritores” dispuestos a todo por un poco de figuración.

Mas Ulises no se agota allí. Si lo consideramos uno de los paradigmas de la novela moderna**, tendríamos que pensar en escribir una novela que entretuviera, profundizara en la existencia real, buscara voces diversas en lugar de encontrar una sola voz (esto vale también para la poesía), se enfrentara a toda su tradición con alegría, desfachatez y, sobre todo, valentía… Nada de eso vemos hoy. Cada vez más novelistas surgen con novelitas bien escritas, previsibles, contenidas, “sólidas”, con un estilo uniforme, cumplidor y… viejo. Es una pena decirlo, pero hoy Ulises es más joven que muchas novelas escritas apenas el año pasado.

Por ello, el gran reto de la novela contemporánea hoy radica no solo en escapar a las estupidizantes exigencias de las grandes corporaciones editoriales internacionales; también se trata de darle forma, tal vez, volviendo a los grandes paradigmas de la novela del siglo veinte (Jonathan Franzen hace ello con los del siglo diecinueve, y no le va nada mal) pero reciclándolos para engarzarlos con nuestra alarmante realidad, ya sea interior o exterior. La novela de hoy sería entonces la novela del simulacro, del mal, de la corrupción, de los sinsentidos con disfraz de verdad, de los amores enfermizos, efímeros y ya ni siquiera ridículos (Kundera), sino sospechosos de inautenticidad.

En un mundo lleno de ciudades que reúnen el primer y el quinto mundo en sí mismas (Toni Negri dixit), insistir con cómodas historias parciales, sectorizadas socialmente, lenguajes pulcros y personajes delineados y sosos, es un crimen contra la propia racionalidad del ser artista, contra su ser más especial. Eso, no podemos permitirlo ni permitírnoslo, porque es abonar al adocenamiento y a la trivialización que carcome actualmente el mundo occidental. Y para ese sucio papel ya tenemos a nuestros políticos.

*Me permito recomendarles el ensayo sobre Ulises de Luis Loayza, publicado en Libros extraños (Pre-Textos, 2010)-
** Algunos paradigmas serían:
En busca del tiempo perdido, Manhattan Transfer, Viaje al fin de la noche, Bajo el volcán, Berlín Alexanderplatz, Petersburgo, etc.

4 comentarios:

  1. Anónimo11.5.11

    "como un atiborramiento sígnico, una proliferación semántica sin ton ni son, un oscurantismo lingüístico que no esconde nada más que una triste y profunda carencia de algo por decir", igualito que los poetas neobarrocos, o neobarrosos o mejor dicho NEOBORROSOS...

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  2. Banana Joe11.5.11

    Recorcholis!!!!!!

    Oye Pichi de diablo, ¿quién es William Gaddis????

    No me hablaron de él en Boston!!!!!

    Ñam Ñam

    Ta weno este tamalito de chancho

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  3. Anónimo12.5.11

    para el primero anónimo: el pstel no está hecho para los burros.


    Perlongher

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  4. Anónimo14.5.11

    Por ello, el gran reto de la novela contemporánea hoy radica no solo en escapar a las estupidizantes exigencias de las grandes corporaciones editoriales internacionales; también se trata de darle forma, tal vez, volviendo a los grandes paradigmas de la novela del siglo veinte (Jonathan Franzen hace ello con los del siglo diecinueve, y no le va nada mal) pero reciclándolos para engarzarlos con nuestra alarmante realidad, ya sea interior o exterior. La novela de hoy sería entonces la novela del simulacro, del mal, de la corrupción, de los sinsentidos con disfraz de verdad, de los amores enfermizos, efímeros y ya ni siquiera ridículos (Kundera), sino sospechosos de inautenticidad.

    Como para ponerlo en un cuadro. Excelente propuesta.

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