27.7.11

Desgarros y contenciones en Latitud de Fuego, de Andrea Cabel



Que el dolor es una suerte de summa de la vida ya lo había dicho el Buda hace 2,500 años. Los poetas, desde siempre, intentan demostrarlo con sus emocionantes cantos. La poeta, con su verso “desgarrado y resonante”, confirma esta tendencia prestigiosa a su lograda manera, con aquello de sus amores descentrados, de sus amistades que aparecen y desaparecen con los estados de ánimo, de su vida transida y en verdad realzada por la soledad que, a veces, es la única prueba de que existimos, al menos en este mundo donde casi todos (sobre)viven, pero pocos existen.

Latitud de fuego. Es la topografía de una llama que se niega a extinguirse. Es la interioridad revelada como una flor aviesa que se ofrece como un puñal a la lectura. Y, por eso mismo, la lectura de este libro debe ser cuidadosa; suele engañarse el lector con sentimientos “compartidos”, con reminiscencias parecidas a las suyas, con versos que lo conmueven cuando lo que buscan es más que eso: destruir una idea común de la lectura poética, acaso. Latitud de fuego es también latitud del fuego, es decir, la dimensión en la que el fuego aún habita en el interior de la poeta y pulsa los contornos de su cuerpo expandiendo su corazón hasta el extremo de tener que darse un punto de fuga, de tiempo en tiempo, y ese punto de fuga es el libro que, con amor o desdén, nos entrega.

Pero este sería solo un buen poemario si apenas (a penas) expresara el dolor de quien lo escribe. La poeta lo sabe y nos ofrece un juego cuasi perverso de desgarramientos y contenciones, todo lo cual reconfigura el texto y lo enriquece empujándolo hacia conceptos más difíciles de tratar: el silencio (hay una sección entera dedicado a ello), la desesperación, el desasosiego, y esa soledad irremisible que empieza a alojarse en el eje de su trabajo poético:

el reflejo de tu respiración cuando olvidas los significados, cuando
inventas palabras para que encajen en tu rostro,
en el tamaño de tu muerte.
no tienes que rodear de alimento la desesperación,
La pobreza de un animal que habita una córnea.
La tarde llega igualmente al mundo cuando la tierra gira,
cuando el soplo y la tinta llena de fiebre, sepulta y acaricia,
el sonido del mar
latiendo
despierto.
(pp. 25)

Casi no necesito más citas, aunque abundan. Allí están la respiración y la muerte, la sepultura y la caricia, la desesperación y el mar latiendo despierto. Esas díadas que equilibran desgarros y contenciones, esas sabidurías de la escritura que la poeta va perfeccionando a medida que nos entrega sus enconados libros. Quiero decir que la monda confesión no tiene lugar para ella sin un respiro, mental o rítmico, que nos salve de estar frente a un poemario más, y que más bien nos instala frente a un sistema natural de compensaciones escriturales, elevando al lector a un lugar que puede parecer enrarecido –aunque interesante- para el lego, y que exige una lectura amplia y desprovista de presupuestos, de conocimientos (no saberes) retóricos que nos ofrecen siempre una salida demasiada fácil a los retos que un libro así nos plantea.

Es en esta dialéctica de desgarros y contenciones donde se apoya el arte mayor de la poeta. Porque la poesía se ha convertido hoy en una exigencia intratextual, en una construcción, sentida, de una topografía interior que tenga su modelo, o su correlato, en los seísmos del pensar, en los desplazamientos íntimos de una interioridad vivida a lo máximo sin necesidad del aspaviento vitalista, ni de la orfebrería polvorienta de lo libresco. Y ese es su mejor valor, tal vez:

como la noche en el instante que te pierdes
hecha hoyo negro en la habitación de al lado
abrazada al volumen infinito de tu nombre
al color migala de tu eco nombrado.
como engarce entre mis manos
y grillete muriendo
agobio en tálamo de piel que te usurpa
periférica sombra que emerge.
(pp. 43)

Si, como dice la poeta, “ningún naufragio regala mariposas”, en tanto que la catástrofe tiene como rasgo definitorio su irreversibilidad, su radicalidad destructora, en el caso de la poesía no estamos frente a un naufragio, sino frente a un evento regenerador que implica -como en la tradición hindú- destrucción y regeneración a la vez (el dios Shiva). No hay poema ni poesía que pueda apreciarse, con justicia, como absolutamente destructivos, así como no hay muerte que no enseñe algo, o vida que sea por completo inútil. Los absolutos solo habitan nuestra mente superficial; no tienen mucho que ver con la realidad.

Pero lo que importa aquí es que Latitud de fuego se configura como un notable naufragio –pues quién puede afirmar: “este texto ha logrado decir lo que quiere”- que no solo libera versos alados, y aun textos que permanecen a flote; también es una oportunidad de reconstituir la relación entre lo humano, y lo humano mismo enajenado (sí, Marx); la opción que regenera nuestro sentido (muchas veces re-sentido) del mundo para devolverle su brillo prístino y valeroso. Latitud de fuego apunta, de pronto, en ese sentido, y nos recuerda, nos enseña, deja una seña sobre la posibilidad de sobreponerse a los naufragios personales y familiares, tal vez aun a los sociales, para elevar un ritmo que puede ser percibido por todos -con mayor o menor esfuerzo- sin apelar a concesiones fáciles. La poeta, con este libro, y parafraseándola, nos ha regalado a manos llenas el fuego que pasea junto a su espejo. Junto al nuestro.

3 comentarios:

  1. Anónimo30.7.11

    Una muy buena reseña sobre un muy buena poemario. Cada vez más Andrea Cabel se va consolidando como una de las voces más representativas de su generación y de su país.

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  2. Anónimo1.8.11

    Es un excelente libro!!!! y la autora es como sus poemas...nostalgica y como dice la reseña del Sr. Coral, "es capaz de sobreponerse a los naufragios personales y familiares, tal vez aun a los sociales..." esa es Cabel, y esa es su poesía.

    M. Zanelli

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  3. Anónimo2.8.11

    Dan ganas de leer el libro leyendo esta reseña. ¡Felicitaciones!

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