14.9.11

Una pared vacía y la flor de la infancia



Texto leído por Carlos Morales Falcón en el Instituto Porras Barrenechea, para la presentación del poemario Von.


Carlos Morales Falcón

Como la canción homónima de la banda islandesa Sigur Ros, Von (2011) señala a la esperanza como el impulso que genera el vuelo etéreo y el deseo por hallar un bien que guiará la búsqueda en un espacio idealizado que, como los campos de Islandia, es también un estado del alma. La generación de este espacio primordial es gravitante y tangible en Von. Permanece señalada en los nombres de cada una de las secciones que van estableciendo escalas de quietud, privilegiando espacios cerrados y domésticos (“Estancias del ensueño”, “Jardín interior” y “Patio de espejos”), cuyas menciones hacen evidente la sombra abarcante de una casa cuya presencia se omite pero que se intuye en estas zonas parceladas donde el tiempo es detenido, el espacio un refugio y la vivencia interior.

El avance de este impulso va trazando una línea progresiva donde una presencia va señalando y despojándose de las referencias de su entorno en el cambio de atmósfera que genera el ingreso hacia habitaciones distintas. Los resplandores del alba y los reflejos boreales irán alumbrando las fuentes en donde la voz poética bebe y se reconoce (Pizarnik, Chagall, Hokusai, Chopin), el espacio mítico de contemplación donde ampara la amistad y el amor (la playa Waikiki), hasta acallarse, con una música ensombrecida, en una larga noche solitaria enfrentada solo al reflejo de la propia imagen y las duplicaciones de la palabra.

En ese sentido, Von grafica no solo el paso temporal del fulgor crepuscular hacia la noche inmutable, sino que este vuelo registra una parábola de ahondamiento interior y un movimiento de caída. Este movimiento de descenso y su contrario de ascensión, que oscilan constantemente en el poemario, trazarán además una concepción de vida, simbolizada por dos imágenes frecuentes y complementarias: la de un cometa atado al árbol de una casa y la de un ave sin vida quemada por el agua. En el caso de la segunda imagen, la caída que la hace asentarse en la realidad, se hace tangible con esta curiosa visión de la muerte que engendra otros matices de vida pues transfigura la materia inerte en algo bello que genera, a su alrededor, apelaciones sensibles.

De niña me enamoré
de un pájaro muerto,
el eco de su clamor brujo
golpeaba lirios en el jardín.

Sus ojos desbordaban
un río de espuma,
sus alas triangulares
campanadas de catedral
sobre el papel.


Al punto que la materia parece no tener esplendor sino en la corrupción de la carne. Por eso esta caída se vuelve, en realidad, la floración de la verdadera vida, pues la sensación de vitalidad es una inmovilidad rodeada por el silencio y perfumada de fragancias tristes. Y aún esta vida alada que ha naufragado, o ha varado en la superficie de un jardín, produce una resonancia, un “clamor brujo” que, a la vez que conmueve y hechiza a la realidad circundante, moviliza también la mecánica de la escritura con un reclamo de responso, con “campanadas sobre el papel” que activan el tono de letanía sobre aquello que tuvo vida y adquiere nuevos contornos. Estos golpes de sonido equiparan la inmovilidad de la materia con la fijeza de la estructura del cuerpo del poema que aprehenderá esta fragancia de vida y la fascinada aflicción de lo perecedero. No será la primera vez que la constitución del poema se revela también como una “carne triste”, ni que la decisión de la creadora señale los límites de su forma. En otro poema, de la sección “Jardín interior”, se leerá:

He naufragado sobre el ojo del mundo. He caminado como siamés perdida, buscándote en cada latido de mi órgano vital (azul), con una música feroz de fondo, yaciente sobre el borde de mi nuca. Estoy varada en medio del jardín donde persiste la razón. Los fríos estandartes del mundo han hecho de mí una niña sin muñecas, un pequeño animal borrado por el fuego. Anudo los hilos que confinan los ríos coagulados por la sangre de Ícaro. La tempestad no podrá hallarte. Voy a cargar el cielo verde que cae sobre ti con todo su peso. Seamos tú y yo: el génesis. Ven y sálvame.

La escena del inocente e insensato Ícaro cayendo al mar, formando ríos de sangre, como, en otro poema, la del joven guitarrista y cantante Jeff Buckley ahogado en el río Wolf, y corrompiéndose en una visión de belleza y soledad, son, nuevamente, la identificación de alguien incompleto que se sitúa en una zona de pérdida y que encuentra su paridad más esencial, limpia y dramática en los ecos que se reproducen en otros cuerpos alados y truncos. La primera imagen, en cambio, la del cometa atado al árbol de la casa (que, en realidad, permanece unida a la anterior pues inocencia y muerte se conjugan en cada rincón del poemario), es la ligazón hacia el universo afectivo de la infancia.

La morada de Von es una añoranza del espacio interior de la infancia y la prolongación de una etapa “petrificada” y aún “fraganciosa” que se resiste a ser interrumpida por la agresión de la realidad racional y mecánica y los límites formales de una vida adulta, como en el desarrollo del discurso del poemario los versos se verán enfrentados, constantemente, por la aparición de una pared vacía. Y esta sería una traba si los versos mismos no se encargaran de llenar su rostro blanco con trazos de colores, y si la pared misma no fuera un punto de enlace que apunta al cielo descubierto de estrellas y a la vez se afirma en un extremo de la tierra, creando así la imagen del cuarto interior de la poeta, liberado al movimiento de las constelaciones pero también enraizado en un palmo de realidad. Rincón sin techo, libre para el ensueño, y porción de tierra donde enlazarse a la infancia, aunque sin alas, con las alas de la imaginación y la añoranza. Así, adquiere relevancia la afirmación de un tiempo libre, es decir, aquel tiempo en el que se ejerce la libertad y no es cuantificado para fines prácticos, y también, con una contenida melancolía, la construcción de una zona de insularidad.

Aunque Von es un canto de añoranza que, en su vuelo, queda atado a una etapa de la vida, es también, en su revés, la aceptación de la propia imagen que refleja los claroscuros de un alma adulta, porque, a fin de cuentas, es la pulsión de este reconocimiento lo que propicia la necesidad de recrear un espacio idealizado en donde la constitución adulta no se opone sino complementa, prolonga y purifica la visión de la infancia que, desde siempre, la acompaña gravitando al lado suyo. En Von ha sido la inmovilidad lo que ha definido mejor esta sensación vital que trae como contrapunto la acechanza de la muerte al interior de los poemas que reproducen así los distintos reflejos de la imagen de quien escribe; y también ha sido la sensación de destierro de un territorio primigenio, irremediablemente perdido, lo que ha permitido poder habitarlo nuevamente, y esta vez, desde la escritura y el ensueño, de una manera más intensa y profunda.

Con Von, Laura Rosales se distingue como una voz definida y singular en la última promoción de nuestros jóvenes escritores y se inscribe en la mejor tradición de nuestra llamada poesía de la “otra margen”, pero siguiendo el propio rumbo de su barca de flores de la infancia.

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