En una revista Lienzo encuentro una inquietante entrevista de Jaime Urco a mi profesor y gran poeta, el recordado Pablo Guevara. Algunos temas que toca Pablo son discutibles, pues entra en terrenos cambiantes como el de la lingüística, o decididamente fangosos, como el del psicoanálisis; pero el gran aporte de la entrevista me parece que se da cuando el autor de La colisión examina a su propia generación, la del 50:
Mi generación podía hablar de cualquier cosa menos de teoría poética. (…) En gran parte (esto se debió) a la timidez, a la ignorancia. En ese tiempo nadie sabía que el poema era una construcción, que se trabajaba, por ejemplo, con espacios (…) que podía por momentos devenir en un ensayo explicativo de algo. Mejor dicho, los del 50 creían, ingenuamente, escolarmente, que la poesía no era más que lírica (…) y creían que la poesía no era más que una exhalación del sentimiento, ahí moría todo.
La entrevista es de 1987, y vista desde ahora es lógico disentir en un matiz: no todos ignoraban en el 50 el trabajo con el espacio: Jorge Eielson lo utilizó bien en varias ocasiones, aunque no en sus primeros libros. En todo lo demás, mi acuerdo es total y lamentablemente la crítica del poeta es muy actual... Seguimos, Urco se refiere a un salto de lo lírico a lo épico luego de los 50:
Yo diría que ese salto tiene sus graves peligros, aunque significó un avance. Poetas como Cisneros, por ejemplo, aprovecharon ese salto para pasar, en vez de lo lírico a lo épico, a un lirismo épico; es decir, pasaron a un yo monstruoso, a un yo macrocefálico que hablaba en una forma narcisista, gozosa y criolla de su yo, contando muy poco de la realidad.
Cierto. Más allá de los logros formales y los éxitos, no hay abandono real de la lírica rancia si no se pone entre paréntesis ese yo que actúa como espejo deformante, como elemento pixeleador de una comprensión muy pobre de lo real, y en tanto aún se entienda el acercamiento a una realidad -sea interna o externa- siempre dada a través del tamiz distorsionante de un yo que ahora ya nadie sabe como mantener en pie de letra (o de guerra). Luego, y antes también, Guevara cae en una curiosa actitud de ensañamiento con los 70, y en especial con Hora Zero (algo que deberá ser develado en otro post), pero apuntala la idea central:
Yo siempre he sentido que el poeta no es más que un médium. El poeta no es tanto un biógrafo de sí mismo sino un historiógrafo, un cronista, un sismógrafo de su sociedad, pero no un biógrafo de sí mismo, y ahí está el malentendido de la generación del 60.
Sorprendente: Pablo da en el blanco, pero digamos que los colores de su flecha no son los míos. Lo del médium es casi una boutade, no me sirve ahora. Pero más que historiógrafo o cronista, el poeta hoy (y Pablo, que murió hace unos años, no llegó a reconocer acaso las nuevas formas) es un deconstructor de su yo poético y de sus propias coordenadas.
Hoy, la poesía no me parece que pueda ser trabajada sino con la fenomenología poética de Ponge–“hay que leer filosofía”, me decía el recordado Luis Jaime Cisneros-, pasando por el anticonfesionalismo y radicalidad lingüística del neobarroso, y mirando hacia una vandalización de las letras que aún está por hacerse.
Por cierto, los libros más valiosos de Hinostroza escapan a la determinación de Guevara, y si ubicamos en esa categoría puramente explicativa (los 60) a Ojeda, pues la injusticia puede aún ser mayor. Sin embargo, Guevara, desde el ya lejano 1987, tensó su ballesta como el que más, y dio sonoro blancazo sobre las insuficiencias de la lírica. Algo que hoy solo los acomodaticios y ociosos de la poesía no quieren ver.
(Pablo Guevara, poeta.)




